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En la real politik de la economía, toda la posibilidad teórica, política, transexenal y de república ideal de la Cuarta Transformación (4-T) depende sólo de una variable: el crecimiento económico, el maldito PIB. Y de nueva cuenta, los documentos hacendarios para 2020 y hasta 2025 niegan la meta lopezobradorista de 4% promedio anual y fijan una meta de 2.3%, apenas una décima arriba del 2.2% del largo periodo neoliberal.
El problema radica en el hecho de que el PIB nunca ha sido asunto de cálculo al ahí se va o fijado por criterios de expectativas políticas de gobierno. En este sentido, la cifra más importante de todos los documentos presupuestales y de política económica para 2020 está en el PIB previsto para el resto del sexenio. La exceptiva del FMI y de Hacienda señaló 2.6% para 2021-2025 (incluye primer año del próximo sexenio) y Banco de México es más racional y señala 2.1%.
La razón principal para el baño de agua fría en las expectativas de la 4T radica quizá en la parte más importante de la estrategia lopezobradorista: la meta de PIB se fijó como ideal y no en función del desarrollo previsible de la economía. Es decir, la propuesta de la 4-T quiere crecer el doble de sexenios anteriores, pero con el mismo modelo de desarrollo.
Pero no se puede lograr más con lo mismo. El mismo modelo de desarrollo estaría enfrentando las mismas restricciones del pasado, por lo que sería muy difícil lograr otras metas que necesitarían de otro modelo de desarrollo. Todos los gobiernos neoliberales, de Salinas de Gortari a Peña Nieto, soñaron con crecer a tasa mayores al 2%, pero sin modificar la capacidad productiva del modelo de desarrollo. El Tratado de Comercio Libre ha dejado escapar la posibilidad de detonar mayor desarrollo, en tanto ha mantenido e inclusive agudizado el viejo modelo productivo capitalista subsidiado. Al diseñar el TCL, Salinas de Gortari se centró en el atractivo de corto plazo de multiplicar las exportaciones, pero sin mayor aportación nacional.
La planta productiva del viejo modelo de desarrollo –vigente en la 4T– ha requerido desde la apertura en 1985 de una reconversión industrial para poder producir más y ha necesitado de un mayor mercado interno. Sin esa modernización, México multiplicó por 10 su comercio exterior, pero manteniendo ritmos bajos de crecimiento económico.
Ahora la 4T fija en teoría una meta de 4% de promedio anual de PIB –2% en 2019-2020, 4% en 2021 y 2022 y 6% en 2023 y 2024–, pero por segunda ocasión los Criterios de política económica se colocan en la realidad. Si el PIB estimado para 2020 es de 2% –hoy imposible por el cierre de 2019 y las restricciones del 2020–, la tasa anual aceptada por Hacienda en los Criterios 2020 es baja: 2.3% en 2021, 2.5% en 2022, 2.6% en 2023, 2.7% en 2024 y 2.7% en 2025. El promedio en las cuentas de Hacienda sería de 2.6%.
Lo demás será lo de menos. Y, en términos de expectativas sociales, las metas de aumento del bienestar estarán basadas en asignaciones presupuestales directas, sin ningún efecto multiplicador en la economía. Es decir, populismo puro. Pudo haber sido un populismo productivo si la prioridad de beneficios sociales se hubiera basado en el aumento del producto; pero la tasa promedio anual optimista de 2.6% no alcanzará para una verdadera política de bienestar social y se quedará en una estrategia de dinero subsidiado, no productivo, a sectores específicos que le interesen al presidente de la república.
El dilema de todo presidente de la república ha estado en decidir una estrategia de reforma productiva para sentar las bases de un crecimiento sano mayor o justificar su sexenio con el mismo modelo de desarrollo, la misma política fiscal recaudatoria y la misma planta productiva obsoleta e incapaz de crecer más de 2%.
Los candados de la política económica del gobierno posneoliberal actual son las mismos de la estrategia neoliberal: inflación de 3%, déficit presupuestal de 0% a 2%, política fiscal restrictiva y gasto social sin aumentar dinero circulante ni deuda. Y el ancla principal del neoliberalismo se mantiene en el posneoliberalismo: un PIB bajo para no generar presiones inflacionarias. Estas variables explican por qué los técnicos de Hacienda no se preocupan por buscar un PIB mayor a 2.3% y falta por saber por qué la 4T no se ha echado a cuestas la reforma del modelo de desarrollo para una modernización productiva que sí permitía, sin inflación, crecer a una tasa promedio de 5% anual.
Mientras no se reforme el modelo de desarrollo, el discurso del 4% de PIB se ahogará en el pantano del neoliberalismo vigente.

Desdén a Toledo. Como siempre ocurre, la muerte de una persona famosa despierta los sentimientos de todos. Así ha ocurrido con Francisco Toledo. En Oaxaca y a nivel federal Toledo fue desdeñado, perseguido, humillado, acotado y atacado por el establishment del sistema priísta-perredistas. Sus luchas por la cultura fueron aplastadas por los últimos seis gobiernos priístas. Y hoy sobran homenajes que se le negaron en vida. Pero queda el Toledo rebelde, hosco, anti PRI, anti sistema y anti clase política. Ojalá no se olvide.
Política para dummies: La política es la búsqueda de la estabilidad, no de la justicia.

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Nacido en la ciudad de Oaxaca en 1951, Carlos Ramírez comenzó su vida profesional en el periodismo en 1972. Y desde entonces ha estado ininterrumpidamente en el periodismo mexicano. Además de la práctica periodística, ha sido profesor de periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad Iberoamericana, además de ser un conferencista cotidiano en universidades de todo el país. Autor de la columna; Indicador Político Twitter: @carlosramirezh Página Web: http://indicadorpolitico.mx

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Carlos Ramírez

Morena no importa para 4T; eje de poder en presidencialismo unitario

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Cuando amenazó con salirse de Morena y crear un nuevo organismo partidista si seguían las rencillas internas entre las tribus, el presidene López Obrador estaba definiendo la estructura del poder de su presidencia: el Ejecutivo unitario y no repetir el modelo del PRI como partido-sistema.
La diferencia ente Ejecutivo unitario y partido-sistema también forma parte de las definiciones de lo que sería o quisiera ser la 4T: una estructura de ejercicio del poder ajena a las corrientes políticas.
El partido-sistema es un modelo de sistema político definido por el politólogo canadiense David Easton. El sistema se define como el espacio físico de distribución autoritaria de valores y beneficios, dándole a ese espacio la noción de caja negra. El PRI fue el sistema, en cuyo seno el presidente de la república como poder superior dirimía conflictos y distribuía valores. El funcionamiento de la caja negra mexicana fue fácil al aglutinar en el PRI a las clases productivas, los trabajadores y campesinos como sectores corporativos y los empresarios como sectores invisibles.
López Obrador ha reorganizado el sistema político, no lo ha incluido en su partido Morena y todos los acuerdos y conflictos se deciden y resuelven en las oficinas presidenciales. Este modelo se conoce como Estado unitario.
Morena seguirá como partido del presidente, pero sin asumir ninguna función vinculada a decisiones del ejecutivo. Por eso las órdenes presidenciales de aprobar la iniciativa de presupuesto 2020 “sin cambiarle una coma” o sacar a como diera lugar el nombramiento de la presidenta de la CNDH o los recortes a organismos autónomos del Estado forman parte del estilo institucional de gobernar del presidente López Obrador: el Ejecutivo central. En este primer año de gobierno Morena como partido no contó para nada, la presidencia de Yeidckol Polevnsky fue irrelevante y el relevo en la presidencia del partido servirá sólo para elegir a un administrador de la organización.
Lo mismo está ocurriendo con el gabinete presidencial, como nunca sometido al mando del Ejecutivo unitario: México no tiene ministros y tampoco ya secretarios de Estado; se ha regresado al modelo de la Constitución de 1857 de secretarios del despacho presidencial, inclusive cortándole presupuestos para contrataciones que ahora se hacen en la Oficialía Mayor de Hacienda.
Morena nació como una estructura electoral para impulsar la candidatura presidencial de López Obrador después del fracaso del PRD como partido electoral. El candidato quedó atado en 2006 y 2012 a las tribus perredistas. Como necesitaba de una estructura electoral funcional, fundó Morena y jaló al aparato electoral del PRD, pero ya bajo el mando lopezobradorista.
Morena servirá para seleccionar candidatos a legisladores, alcaldes y gobernadores afines al modelo lopezobradorista; es decir, se constituye sólo como un aparato electoral. El proyecto ideológico y político de gobierno lo define el líder López Obrador; así ocurrió en el 2018 y por eso el presidente sólo solicita lealtades presidenciales a los legisladores, no representaciones de clase, de grupo o de tribus ni desequilibrios internos.
Lo que se juega la elección de nueva dirigencia de Morena es el modelo de partido para el Ejecutivo unitario. Polevnsky se ajustó a esa estructura de centralización del poder, pero quiso construir un liderazgo propio dentro del partido con incondicionales. Mario Delgado representaría los intereses del canciller Marcelo Ebrard Casaubón para la candidatura presidencial del 2024 y Bertha Lujan reproduciría el modelo anticlimático de partido.
Los enojos de López Obrador contra Morena se basan en que el partido podría reproducir los vicios del PRI: un partido para corrientes internas y construcción de grupos de poder y de presión que pudieran reducir margen de maniobra al presidencialismo unitario. La disputa por partidas presupuestales para organizaciones campesinas y grupos políticos contradicen la propuesta de López Obrador de evitar que el partido y sus representaciones legislativas disminuyan sus apoyos al presidente y busquen consolidar corrientes parciales. La crisis en la votación aprobatoria del presupuesto “sin quitarle una coma” radica en que legisladores morenistas quieren partidas para sí y no para el presidente. Y ahí han fallado Polevnsky y Delgado, los dos jefes políticos del partido y de la bancada.
El presidente necesita solucionar ya la crisis de Morena y evitar que se extienda hasta mediados del 2020. Polevnsky ya cumplió su etapa y Palacio Nacional requiere de otros mandos partidistas que enfríen la configuración de tribus para evitar el colapso en el 2021 que afecte el 2024.

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Política para dummies: La política es, al final de cuentas, la centralización del poder.

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Carlos Ramírez

Presupuesto 2020 y el eje de la 4T: muerte del corporativismo

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Si se parte de la certeza de que el presupuesto de egresos de la federación es política pura, entonces los jaloneos por la distribución de los dineros entre grupos corporativos organizados y la asignación directa podría ser el primer gran paso de la 4T para construir su propio sistema político.
En los hechos, se estaría pasando del corporativismo cardenista de organización de las clases en gremios subordinados al Estado a un presidencialismo unitario de relación directa con los beneficiarios. El primero constituyó la estructura de organización del PRM en tres sectores –el militar fue disuelto en 1941– que representaban a las clases obrera, campesina y profesional, base de organización del partido del Estado para negociar con la clase empresarial burguesa, pues el PAN como oposición a la Revolución Mexicana nació después de la expropiación petrolera.
El modelo de corporaciones de clase dentro del partido del Estado constituyó la fuerza política y social operativa del presidencialismo, pues enfrentaba a las diferentes expresiones de la burguesía. Pero el corporativismo fue eliminado por el neoliberalismo para sacar al presidencialismo del arrinconamiento de intereses. El último que usó el corporativismo como instrumento de lucha contra la clase empresarial fue Echeverría.
Los organismos de intermediación del Estado eran funcionales al modelo sistémico mexicano con el PRI como la caja negra –propuesta de David Easton– en cuyo seno se resolvían las contradicciones y disputas para llegar resueltos al ejecutivo. En este sentido, el presidencialismo mexicano se fortaleció por facultades constitucionales o metaconstitucionales o de fuerza autoritaria, pero también por la existencia de cuando menos dos instancias de intermediación: las corporaciones sociales y las cámaras industriales. De manera paralela, el Estado tuvo otro espacio de intermediación social: las organizaciones sociales que derivaron en organismos autónomos del Estado y en organizaciones no gubernamentales con poder de negociación con las instituciones.
En este contexto, el presidencialismo fue reduciendo su movilidad atrapado en una pinza de grupos sociales corporativos y organizaciones sociales. Y la reestructuración del presidencialismo lopezobradorista en el modelo de Estado unitario –centralizado, sin intermediaciones grupales– tiene que pasar por la anulación de interlocutores y la negociación directa con los beneficiarios del gasto público.
Este modelo político es el que explica la decisión presidencial de eliminar los organismos de intermediación de la presidencia con la sociedad, lo mismo en derechos humanos que en asignación de gasto. El enfoque presidencial tiene toda la razón: los organismos autónomos se burocratizaron y convirtieron en constructores de poderes fácticos reales y las agrupaciones sociales de intermediación también derivaron en grupos de presión ajenos a sus representados. Lo que queda por ver es la eficacia de un presidencialismo unitario manejando todos los asuntos del Estado de manera directa.
El debate del gasto no debería centrarse en las organizaciones campesinas que quieren intermediar el gasto al campo, sino en la reasignación del gasto para quitarles a unos y dárselos a otros. La decisión presidencial enfatiza en disminuir salarios, prestaciones y plazas, para aumentar el gasto asignado a sus programas asistencialistas a sectores vulnerables no productivos.
Pero el modelo de la cobija de zapa –versión Balzac– aporta datos de que esas reasignaciones no constituyen multiplicadores de demandas y por tanto no incidirán en el crecimiento ni en la producción. El PIB de 0.0 a -0.5% para 2019 y de 0.5 a 1% en 2020 no creará empleo ni bienestar; peor aún, tampoco aportará fondos fiscales para éstos y otros programas.
Los problemas de estructura del sistema se están probando en la realidad: los grupos campesinos de representación corporativa están usando la presión social de sus agremiados para doblar al Estado. De ahí que el conflicto entre organizaciones y el presidente López Obrador va a constituir la primera prueba de fuerza de la 4T, pero al mismo tiempo tendrá que mostrar mecanismos de relaciones sociales directas que fortalezcan al Estado.
Lo mismo ocurrirá con los organismos autónomos: la CNDH, el INE y otros se burocratizaron y se convirtieron en propiedad de una casta de poderes fácticos con recursos crecientes del Estado; su reorganización era necesaria, pero el riesgo está a la vista: convertirlos en apéndices del Estado unitario que no respondan a intereses sociales; es decir, pasar de una dependencia a otra, aumentando los problemas de movilidad de la presidencia de la república.
 
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Política para dummies: O la política es no ver… viendo.
 

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Carlos Ramírez

La Revolución Mexicana, populista; la mató Salinas de Gortari en 1992

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La fecha simbólica de la Revolución Mexicana, que se inició en 1908 con el libro de Francisco I. Madero, en realidad se fue apagando hasta consumirse en 1992 cuando el presidente Carlos Salinas de Gortari decretó su muerte para imponerle al PRI el discurso gelatinoso del “liberalismo social”.
El golpe mortal de Salinas contó con todo el apoyo de los priístas, en ese año capitaneados por Luis Donaldo Colosio. No hubo ninguna voz disidente, ni siquiera los creyentes en la Revolución se habían salido del PRI en 1987 con Cuauhtémoc Cárdenas para llevarse el proyecto histórico de la Revolución Mexicana al PRD, aunque ahí también la mataron en el 2006 cuando López Obrador fue candidato presidencial de un PRD sin proyecto ideológico.
La Revolución Mexicana fue, ante todo, discurso ideológico. Bajo sus alas se refugiaron todas las versiones del espectro ideológico, desde el socialismo obregonista-callista-cardenista, hasta el neoliberalismo capitalista de Miguel Alemán y el populismo de Echeverría y de López Portillo y el mercantilismo de Salinas y De la Madrid. Refugiada en el PRI, la Revolución Mexicana fue enterrada por el presidente Ernesto Zedillo en 1995 cuando separó al PRI de la Revolución del gobierno de la Revolución. Si el PRI había nacido como el eje ideológico de la Revolución, entre Salinas y Zedillo rompieron ese enlace y en el 2000 ganó la presidencia el PAN que nació en 1939 para oponerse a la fase revolucionaria cardenista.
Salinas, Colosio y Zedillo mataron una Revolución que ya estaba muerta. En 1947 el historiador Jesús Silva Herzog había decretado su muerte: la Revolución era ya un hecho histórico. En 1946 Miguel Alemán había enterrado el PRM cardenista que logró unificar a las clases sociales productivas en un aparato ideológico partidista y el populismo de los setenta sólo rescató el asistencialismo, no el proyecto de clase proletaria. La Revolución Mexicana que impulsó la lucha de clases y la educación socialista derivó en un simbolismo decreciente hasta su disolución en la conciencia política e ideológica de una sociedad que nunca creyó en ese movimiento; en todo caso, la muerte de la Revolución afectó a los campesinos y obreros como clase productiva y los subordinó a un modelo económico capitalista-neoliberal-de mercado.
Pese esos destellos socialistas en el discurso y en la dinamización de la lucha de clases como forma de control del empresario, el PRI y la Revolución nunca pensaron en una revolución proletaria para llevar al obrero al poder, nunca el modelo soviético, aunque sí sus prácticas. El partido fue el mecanismo de intermediación y administración negociada de los conflictos sociales entre las clases, teniendo al sector obrero controlado en el PRI con Fidel Velázquez de 1941 hasta su muerte en 1997 y a la clase burguesa empresarial como sector invisible del PRI.
Si bien el proceso de aburguesamiento de la Revolución y del PRI comenzó el día de su fundación, la Revolución Mexicana fue populista. En pleno populismo echeverrista el politólogo Arnaldo Córdova publicó en 1973 su libro La ideología de la Revolución Mexicana y ahí presentó de manera formal su tesis de una Revolución populista en tres pasos: controló las clases para conjurar una revolución social, construyó un sistema de gobierno paternalista y autoritario y propuso un modelo de desarrollo capitalista.
Otros mecanismos de control subordinaron los significados de la Revolución Mexicana: el Estado absolutista unitario, la Revolución como ideología oficial, el PRI como aglutinador de los conflictos de clases, anulación de lucha de clases, reformas sociales para subordinar a las clases populares y nacionalismo conservador como esencia cohesionadora.
Si la Revolución fue producto de una alianza entre los campesinos y obreros explotados –y más por la rebelión agraria–, el saldo real revolucionario está en un campo desolado, despoblado y produciendo droga y una clase obrera abandonada, con salarios precarios y en condiciones iguales a las prerrevolucionarias.
A la vuelta de 111 años desde el llamado de Madero, el México de la Revolución Mexicana vive un neoporfirismo.

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Buen fin. La ansiedad por las compras parece no entender lo que pudiera ser una trampa detrás del Buen Fin. Todas las empresas inscritas ofrecieron, en promedio, 40% de descuento. Como son empresas y no hermanitas de la caridad, quiere decir que con esos descuentos aún tienen ganancia. Lo que lleva a concluir que los precios reales fuera de temporada tienen utilidades para las empresas de más de 60% y que los descuentos, sobre precios de venta no supervisados, engañan a los consumidores que se vuelven locos comprando para aumentar las tasas de utilidad de las empresas comercializadoras.
Política para dummies: La política es ver sin ver.

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