
Por Amaury Sánchez
Ah, Sello Rojo, esa marca que nos ha acompañado desde los desayunos con chocomil hasta las enchiladas bañadas en crema. No hay quien no reconozca su logotipo y su sabor que, digan lo que digan, ha sido un orgullo jalisciense. Pero, ¡ay, caramba!, lo que está pasando con esta empresa es digno de una telenovela. Y no de cualquier telenovela, sino de esas donde hay herencias, traiciones, villanos con bigote retorcido y, claro, la típica intervención del “padrino político”.
Resulta que dos de los socios de esta empresa familiar, que más bien parecen primos mal portados de una película de los Almada, decidieron que eso de trabajar en equipo no era lo suyo. ¿Y qué hicieron? Pues nada menos que aplicar la vieja confiable del “me lo quiebro y luego lo compro barato”. Así es: comenzaron a descarrilar a la empresa desde adentro, deteriorando su imagen y llevándola al borde de la quiebra para después comprar las acciones restantes por centavos. ¿Ingenioso? Tal vez. ¿Desalmado? Definitivamente.
Pero esperen, que esto apenas empieza. En el proceso de su maquiavélico plan, estos “genios” no solo están dañando a Sello Rojo, sino también a los pequeños productores de leche que dependen de la empresa para subsistir. Y si esto fuera poco, los despidos masivos de trabajadores en la cadena de distribución han provocado un lío social que ni con toda la crema del mundo se puede untar.
¿Y qué dice la autoridad? Bueno, el exgobernador Enrique Alfaro, al parecer, decidió aplicar la técnica del “no vi, no sé, no opino”. Pero claro, eso tiene una explicación muy sencilla: resulta que es compa de los sobrinos de Don José Luis González (QEPD), el fundador de Sello Rojo. Porque, como todos sabemos, en México no hay nada más sagrado que la amistad… aunque eso implique hacerse de la vista gorda mientras el barco se hunde.
Pero, ¡esperen, hay más! Entramos al fascinante mundo del sistema judicial, donde las cosas parecen funcionar con un ritmo tan peculiar como un mariachi borracho. Medidas cautelares sin pies ni cabeza, magistrados que siempre fallan a favor de los mismos (coincidencia, claro que no), huelgas que llevan más tiempo pendientes que una novela de García Márquez y carpetas de investigación que, aunque completas, siguen acumulando polvo en los escritorios.
Eso sí, no faltará quien diga: “Es que estas son cosas de familia”. Y puede que tengan razón, porque los conflictos entre parientes suelen ser los más despiadados. Pero cuando el chisme familiar escala hasta quebrar una de las principales empresas lecheras del país y, de paso, afecta a miles de personas, ya no es solo problema de ellos; es problema de todos.
Así que aquí estamos, viendo cómo el orgullo lechero de Jalisco pasa de ser un emblema a convertirse en un triste ejemplo de cómo las ambiciones personales pueden destruir un legado. Mientras tanto, los jalisciences seguimos desayunando nuestras quesadillas, aunque ahora, en lugar de crema Sello Rojo, le pongamos un poco de indignación.
Y, como diría mi tía: “Ni modo, mijo, a seguirle”. Pero eso sí, no nos quedemos callados. Porque las vacas pueden ser flacas, pero la justicia no debería serlo.
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