
Por Amaury Sánchez
Hay en México una pedagogía del crimen que ha sustituido a la educación, un sistema de aprendizaje donde la materia prima no es el conocimiento, sino la carne humana. No es el kínder de la infancia, de los colores y los cuentos, sino el kínder de la muerte, donde los alumnos son jóvenes reclutados por la fuerza y donde la graduación se paga con sangre.
Los criminales han hecho lo que el Estado ha sido incapaz de hacer: organizarse, estructurarse y ofrecer una educación, aunque sea para la aniquilación. En el kínder del horror, no se enseña a leer ni a escribir, sino a obedecer o morir. Aquí, la deserción escolar se paga con crematorios clandestinos y fosas comunes.
Los 400 pares de zapatos encontrados en Jalisco son el testimonio mudo de un sistema que ya no necesita esconderse. No son metáfora ni alegoría: son la prueba material de un país donde el asesinato masivo ha dejado de escandalizar. Cada par de zapatos es una ausencia, cada ausencia es una vida que pudo haber sido y que el crimen organizado engulló sin resistencia.
Pero no nos engañemos: la indignación dura lo que dura un trending topic. Se publican los hallazgos, se viralizan las imágenes, se escriben informes que nadie leerá y después… nada. Pasamos a la siguiente atrocidad con la naturalidad de quien hojea el periódico en la sobremesa. En este país, la violencia ha dejado de ser noticia.
Mientras tanto, el narcotráfico sigue haciendo cuentas. No sobre las vidas que destruye, sino sobre la rentabilidad del negocio. Si un kilo de fentanilo cuesta 1,500 dólares y puede venderse por millones, ¿qué importan los muertos en el kínder? Son pérdidas operativas, material desechable, daños colaterales de una industria que se cotiza en Wall Street sin que nadie se escandalice.
La pregunta es la misma de siempre, la que se repite en cada crisis, en cada matanza, en cada fosa clandestina: ¿cuánto vale una vida en México? Si las cuentas se hacen bien, si se considera el precio real de la sangre derramada, el saldo del narcotráfico no es positivo. No hay ganancia cuando la sociedad entera está en quiebra moral.
Pero el problema no es la contabilidad del narco. El problema es que, mientras seguimos discutiendo números, en este país se sigue muriendo de muerte natural… de muerte naturalizada.
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