
Por Amaury Sánchez
En algún rincón de la historia de México —ese país tan aficionado a los héroes con sombrero ancho y bigote firme— alguien dejó olvidada la posibilidad de que una mujer llevara las riendas de la nación. No fue por falta de talento, ni de coraje, sino porque los relojes del poder siempre estuvieron calibrados al ritmo de los hombres.
Y sin embargo, aquí está ella. Claudia Sheinbaum, la mujer que no levantó la voz para ser oída, sino que se impuso al silencio con el peso suave, pero irrevocable, de su inteligencia. La presidenta que ha preferido la diplomacia al grito, el argumento a la amenaza, la ciencia al dogma.
Dicen los diarios —esos mismos que ayer la ignoraban y hoy la escrutan como a un eclipse raro— que su partido no le responde con la obediencia automática que se esperaba. Que los líderes de Morena —con el alma aún prendida a la camisa de su fundador— le dan la espalda en los actos públicos y le cambian de fecha sus reformas. Que hay quienes, desde dentro, no aceptan su autoridad, no por lo que hace, sino por lo que es: una mujer.
Y uno se pregunta: ¿cuántas veces más tendrá que demostrar el talento una mujer para que la escuchen al primer intento? ¿Cuánto del “estilo democrático” que le achacan no es más que un reflejo de la condescendencia con que la tratan sus propios correligionarios?
Gabriel García Márquez escribió que el poder es una peste solitaria. Pero también dijo que la ternura, bien administrada, es más efectiva que la represión. Sheinbaum, que ha aprendido a negociar con un Estados Unidos impaciente y a enfrentar la violencia sin pactar con ella, parece estar apostando por un poder menos contaminado de testosterona y más impregnado de responsabilidad. Lo suyo no es debilidad, es resistencia civilizada.
La paradoja es bella: mientras la presidenta avanza con pasos prudentes, los hombres de su partido se atrincheran en las formas añejas del poder, como si obedecer a una mujer fuera un agravio a su hombría. Mientras ella pone el cuerpo ante Trump para evitar aranceles, ellos defienden a un diputado acusado de violación con el silencio cómodo de los cómplices.
Pero los pueblos no se equivocan tanto como creen los políticos. México ve en Sheinbaum una líder distinta, no solo por el género, sino por el gesto. Por eso la quieren, por eso no pierde popularidad, aunque le saboteen desde dentro. El pueblo no necesita que una presidenta grite como general; necesita que gobierne como madre, como científica, como estratega.
Y si algún día los hombres que hoy le disputan el espacio entendieran que la historia no se detiene por su miedo, que el país no les pertenece más que a ella, entonces tal vez veríamos a México al fin reconciliado con su propia promesa: la de ser un país que no le teme al cambio, ni al liderazgo, ni a la ternura con autoridad.
Como diría el coronel Aureliano Buendía al ver a su madre tomando decisiones que los hombres no se atrevían ni a pensar: “Esta mujer no gobierna con el fusil, sino con la memoria. Y eso, compadre, es mucho más peligroso.”
Porque el futuro, querido lector, tal vez no se impone con puños… sino con la paciencia de quien sabe que tiene razón.
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