
Por Amaury Sánchez
En alguna esquina polvosa del alba, mientras la ciudad bosteza y se sacude las últimas telarañas del sueño, hay un niño que despierta entre cartones húmedos y el aliento tibio del asfalto. No tiene nombre para el Estado ni acta que le garantice haber nacido. Es una sombra más entre los pliegues de una ciudad que aprendió a mirar sin ver. A veces se llama Santiago, otras Juana, otras nadie. La ciudad lo nombra “niño en situación de calle”, como si al ponerle un título académico a su tragedia se conjurara el dolor de vivir sin casa, sin madre, sin escuela, sin futuro.
Nadie sabe cuántos son. Las cifras, como los fantasmas, se desvanecen según quién las cuente y para qué. El gobierno capitalino dice que hay 118; las organizaciones civiles, que muchos más. Y mientras tanto, El Caracol—esa pequeña arca de Noé para los náufragos urbanos—atiende a más de 160. Entonces, ¿en qué rincón de la estadística quedó escondido el resto?
Son niños que nacieron rotos. No porque fueran defectuosos, sino porque el mundo no les dio oportunidad de armarse. Fallaron las redes familiares, los vecinos, las iglesias, las escuelas, los gobiernos. Falló incluso esa cuarta transformación que prometió no dejar a nadie atrás y que hoy, por omisión o por ceguera, deja a estos pequeños marchar sin zapatos por los rieles oxidados de la exclusión.
Hay dos tipos de niños en la calle, dice Unicef: los que están “en” ella y los que son “de” ella. Pero aun esa clasificación, tan pulcra y funcional como una ficha de biblioteca, se queda corta ante la profundidad del abismo. Porque estos niños no caben en definiciones ni encuestas. Viven entre sombras. Algunos nacieron ya en el empedrado, hijos del viento y la desmemoria. Otros huyen de hogares donde el amor se volvió golpe, grito o vacío. Y todos ellos crecen más deprisa que los demás, porque en la calle el tiempo no se mide en calendarios, sino en instintos de supervivencia.
Los censos los omiten. No se los puede contar porque no están en casas; y sin casa, según el Inegi, no se existe. La burocracia los ignora con la misma frialdad con que un cura pasaba de largo frente a un leproso en la Edad Media. No hay datos, no hay rostro, no hay historia. Pero ahí están. Bajo los puentes. En los paraderos. En los cruces donde el tráfico y la prisa los vuelven parte del paisaje.
Durante la pandemia, el Estado—ese mismo que no los ve—realizó operativos para limpiar las calles. Y en esa limpieza se arrancaron madres de brazos de sus hijos, se dispersaron familias ya rotas, se multiplicó el miedo. Los niños aprendieron a escapar como si jugaran a las escondidas con el lobo. Diseñaron rutas de huida. Conocieron de memoria los rincones seguros. Aprendieron a correr antes que a leer.
No son casos. Son biografías. Cada uno lleva en los ojos un relato que haría palidecer al más recio escritor. Algunos fueron separados de sus madres en hospitales, apenas nacidos, porque su único crimen fue haber nacido donde nadie los esperaba. Otros encontraron en El Caracol no solo un refugio, sino el único abrazo verdadero de sus cortas vidas.
Y mientras todo eso ocurre, la ciudad sigue caminando. Sigue comiendo tacos al pastor, yendo a conciertos, votando, yendo a terapia, y celebrando días como el de hoy: el Día Internacional de los Niños de la Calle. Un día en que se les recuerda, como si un solo día bastara para reparar décadas de silencio.
El drama no está en que haya niños en situación de calle. El drama es que llevamos generaciones permitiéndolo. Que ya hay familias completas que han vivido tres generaciones en el olvido. Que creemos que la calle es un lugar y no una condena. Y que aún así, todavía hay quien se atreve a decir que el problema está menguando porque las cifras oficiales lo dicen, mientras los niños se multiplican como maleza entre los escombros de un sistema que los desecha antes de aprender a pronunciar su nombre.
Quizá algún día, si todavía nos queda algo de humanidad, dejemos de contar niños y empecemos a mirarlos. No como estadísticas, sino como lo que son: personas completas, con un corazón que también late, con una voz que también sueña, con un derecho inviolable a una vida digna.
Ese día, y solo ese, la ciudad podrá mirar a sus hijos a los ojos sin agachar la cabeza.
— Como diría un viejo coronel de Macondo, la dignidad no se cuenta en censos, se siembra en el alma de un pueblo.
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