
Por Amaury Sánchez
Hay días en que la historia no se queda quieta. Se arrastra por los pasillos del poder como un fantasma con cuentas pendientes, y en la vieja casa del México político, ese espectro tiene nombre de tecnócrata y apellido de olvido: Ernesto Zedillo Ponce de León.
De pronto, como si los años noventa no estuvieran frescos en la memoria de los que no han perdido su sentido de indignación, Zedillo reaparece —plumón en mano, voz de púlpito, traje de salvador— denunciando un “asalto contra la democracia” desde las páginas de Letras Libres y Nexos, esos templos modernos del conservadurismo ilustrado. Se ajusta la corbata, enciende la luz de su estudio neoyorquino, y señala con dedo tembloroso a la presidenta Claudia Sheinbaum como heredera de un proyecto autoritario.
Pero la historia no es sorda. Y Claudia, mujer de ciencia, de calles y de convicción profunda, no responde con la furia de los caudillos ni con la frialdad de los burócratas. Lo hace como quien sabe que la dignidad es una forma de memoria.
“¡Ahora resulta que Zedillo es el paladín de la democracia!”, ironizó con una sonrisa que era más punzante que mil editoriales. Y con razón. ¿Cómo no le va a parecer grotesco que el mismo hombre que endosó a los mexicanos el Fobaproa —esa hipoteca generacional disfrazada de rescate bancario—, que disolvió la Suprema Corte como si fuera un club de dominó, y que se sentó a ver la masacre de Acteal desde la altura gélida del cálculo político, venga hoy a dar lecciones de moral pública?
Es como si el verdugo escribiera el manual de derechos humanos.
Sheinbaum no se limitó al gesto sarcástico. Dio un paso más allá. Lo miró de frente, sin temblor ni temor, y le recordó que en los anales del cinismo político, su nombre ocupa una página central. Lo desnudó con datos, con episodios, con heridas aún abiertas. Le recordó su pasado no como vendetta, sino como deber pedagógico: porque el pueblo que olvida es un pueblo al que le volverán a robar.
Y no lo hizo desde el rencor, sino desde un humanismo implacable. Porque Claudia no es una presidenta de escritorio; es una mujer que viene del temblor, del aula, de la marcha. Sabe lo que significa un país dolido, y sabe también que la democracia no se hereda: se construye, se arriesga y se defiende con la piel.
Ernesto Zedillo, mientras tanto, ensaya su papel de Cassandra neoliberal, augurando la muerte de la democracia en un país donde fue él quien la puso en cuidados intensivos. Se presenta como voz legítima mientras guarda silencio ante las sombras que su sexenio dejó: los ferrocarriles vendidos como baratijas, la electricidad entregada al mejor postor, la deuda eterna que aún pagan los nietos de aquel sexenio infame.
Pero Claudia le respondió con la dignidad de quien no olvida. Lo llamó vocero del PRIAN, no por moda discursiva, sino porque la historia reciente ha demostrado que cuando las urnas ya no les sirven, el pasado se convierte en su último refugio. Lo acusó, sí, de prestarse a la narrativa del privilegio derrotado, pero lo hizo sin cerrar el debate: “Que sigan hablando, eso también es democracia”.
Y en esa frase sencilla se encierra toda una tesis política. La verdadera democracia no teme a las voces contrarias, pero tampoco se somete a la impostura. Porque hay quienes confunden libertad de expresión con derecho al engaño. Zedillo podrá escribir cartas desde el confort extranjero, pero la memoria colectiva se escribe desde abajo, donde el Fobaproa nunca fue un concepto abstracto, sino la causa de miles de despidos, embargos y desesperanzas.
La presidenta, en cambio, apuesta por algo más profundo que un ajuste de cuentas: apuesta por la justicia histórica. Por eso no rehúye el debate, sino que lo convierte en tribuna. Por eso convoca auditorías públicas, desmenuza megaproyectos pasados y presentes, y promete abrir los archivos que los poderosos quisieran mantener bajo llave.
En esta pugna, Zedillo representa la nostalgia de los poderosos; Sheinbaum, la esperanza de los que aún creen que este país merece justicia. Él habla desde el Olimpo del privilegio blindado; ella responde desde la plaza pública, con la fuerza tranquila de quien sabe que está en el lado correcto de la historia.
Y tal vez por eso molesta tanto.
Porque cuando una mujer recuerda, el poder tiembla. Y cuando esa mujer gobierna, el pasado no tiene dónde esconderse.
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