
Por Amaury Sánchez
Pues que ya tenemos nuevo casero gringo, perdón, embajador. Se llama Ronald Johnson, pero no se emocionen: no es el de los pañales, ni el de los tenis, ni el de las hamburguesas. No, este Ron viene con otro tipo de envoltura: la militar, la de boina verde, y con un currículo que huele más a cuartel que a cóctel diplomático.
Este Johnson no trae diplomacia de Harvard, ni sonrisa de Kennedy. Lo que sí trae es una hoja de vida tan clasificada que uno sospecha que su entrevista con Biden fue en código morse. Coronel retirado, experto en inteligencia, exespía de la CIA y embajador en El Salvador (donde más que embajador parecía comisario de seguridad de Nayib Bukele), este gringo llega a México más blindado que convoy de la Guardia Nacional.
Y viene a presentarle sus credenciales a Claudia Sheinbaum, quien apenas se está acomodando en la silla presidencial y ya le están mandando emisarios con cara de serie de Netflix. ¿Cartas credenciales? Más bien parecen órdenes de misión.
Eso sí, no podemos negar que el señor Johnson tiene experiencia en América Latina: vivió años acá, habla español, y probablemente sabe más de nuestras sierras que muchos de nuestros propios gobernadores. Pero también es cierto que donde pone un pie, de pronto aparecen helicópteros, operativos y tratados firmados en letra chiquita. Lo de la diplomacia estilo mariachi, tequila y buenos modales, parece que esta vez no será la tónica.
Y mientras México enfrenta broncas como el nearshoring, el fentanilo, la deuda de agua con Texas y la presión por cerrar el paso a los migrantes, Johnson aparece como una mezcla de sheriff texano y negociador duro. Porque si alguien pensaba que iba a venir un embajador suavecito, tipo abrazo y selfie con Sheinbaum, mejor váyase desengañando: este Ron no trae flores, trae tácticas.
Así que, mexicanas y mexicanos, no se confundan. El nuevo embajador no viene a vendernos democracia, sino a revisar si la reja está bien cerrada. Que no se nos olvide: donde hubo boinas verdes, quedan cicatrices diplomáticas.
Y aunque Johnson asegura que viene en son de paz, como quien trae una charola de pan dulce a la primera reunión, más vale revisar que no haya micrófonos debajo del bolillo. Porque con embajadores como este, uno nunca sabe si lo están saludando o escaneando el iris.
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