
Por Amaury Sánchez
Sergio Negrete Cárdenas ha lanzado una diatriba apocalíptica contra Claudia Sheinbaum, a quien acusa de inepta y subordinada, de carecer de liderazgo y de estar rodeada de un “reino fragmentado” de señores feudales. No es una crítica nueva: es el mismo tono con que se juzga, desde ciertas élites, a cualquier liderazgo popular que no responde a sus códigos. Pero vamos por partes.
1. La legitimidad de origen y ejercicio
Claudia Sheinbaum no heredó nada en lo oscuro. Ganó con más de 35 millones de votos, una cifra histórica. Es la primera presidenta mujer de México, electa por una ciudadanía que mayoritariamente confía en su proyecto. Esa legitimidad de origen no puede minimizarse con analogías forzadas como la de Ortiz Rubio, un presidente impuesto tras un fraude electoral bajo el Maximato callista. Sheinbaum no es un títere; es el producto de una lucha social de décadas y de un movimiento que ha logrado articular demandas sociales largamente postergadas.
2. ¿Continuidad o subordinación?
Confundir continuidad con sumisión es una simplificación interesada. Sheinbaum comparte principios con López Obrador, pero ya está delineando su propio estilo. Su gabinete, por ejemplo, es más técnico que político; el nombramiento de Juan Ramón de la Fuente en Cancillería y de Omar García Harfuch en Seguridad evidencia pragmatismo, no culto personalista. Sheinbaum es científica, no caudilla. Su forma de construir poder no es la del manotazo, sino la del acuerdo. Y eso, para algunos, luce como debilidad porque no entienden el poder si no es vertical.
3. Comparaciones históricas mal calibradas
Citar a Cárdenas o López Portillo como modelos de ruptura con sus antecesores es, cuando menos, capcioso. Lázaro Cárdenas depuró el aparato gubernamental de callistas porque el maximato era una dictadura informal. López Portillo sacó a Echeverría del país, sí, pero no para gobernar mejor, sino para evitar el ruido político de un expresidente incómodo, mientras él mismo hundía al país en una crisis petrolera. Claudia no necesita montar una purga simbólica para demostrar autoridad. Gobernar con estabilidad y resultados le será suficiente.
4. ¿Ineptitud? ¿Dónde?
Negrete lanza la palabra “ineptitud” como si se tratara de una diagnosis objetiva. Pero los hechos no acompañan la narrativa. En la CDMX, Sheinbaum dejó una capital con finanzas sanas, aumento de inversión extranjera, disminución en delitos de alto impacto y mejoras en movilidad. Ya como presidenta electa ha anunciado un ambicioso plan de expansión energética, más trenes de pasajeros y una agenda ambiental clara. Apuesta por la planeación, no por la ocurrencia.
5. Morena y sus tribus: ¿crisis o normalidad democrática?
Sí, Morena es un mosaico de intereses. Pero eso no es un defecto exclusivo: es un signo de su magnitud. El PRI y el PRD fueron, en su momento, partidos de tribus. El PAN tampoco escapa a sus grupos internos. Sheinbaum está lidiando con actores como la CNTE porque su gobierno no se basa en la represión. Eso no es cobardía, es estrategia: buscar acuerdos antes que balazos. López Obrador cooptó a varios actores sociales; Sheinbaum busca institucionalizar esa relación. Es una diferencia de fondo, no de capacidad.
6. Desgobierno imaginario
Negrete pinta un país desmoronándose porque se acabó el presupuesto de los museos y no hay agua en el AICM. Pero omite el contexto: finanzas públicas sanas, baja inflación, récord de remesas, crecimiento económico sostenido. ¿Qué otro país con elecciones puede presumir estabilidad macroeconómica, certidumbre política y una ciudadanía movilizada como México? Criticar con lupa el síntoma e ignorar el diagnóstico global es una vieja trampa retórica.
7. El deseo oculto de los críticos: la ruptura
Lo que muchos como Negrete desean no es una presidenta fuerte, sino una presidenta enfrentada a AMLO, que se desdibuje entre el escándalo interno y la fractura del movimiento que representa. No buscan que gobierne mejor, sino que deje de ser popular. Esa es la verdadera molestia: que Sheinbaum no solo ganó, sino que puede gobernar bien con otro estilo. Un estilo que no grita, pero ejecuta.
—
Conclusión:
La narrativa del “claudismo inepto y subordinado” no se sostiene más allá del deseo editorial de ver fracasar un proyecto político que incomoda a las élites tradicionales. Claudia Sheinbaum ha optado por una forma de gobierno más horizontal, científica, legalista y con sensibilidad social. A ocho meses de iniciado el proceso de transición, ni hay caos, ni hay sumisión. Hay otra forma de ejercer el poder. Y eso, más que debilidad, es madurez política.
Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que A Fondo Jalisco no se hace responsable de los mismos.







