Por Amaury Sánchez G.
El gusano barrenador no apareció de pronto. No es una plaga nueva ni ajena. Es una vieja sombra que cada cierto tiempo vuelve para recordarnos que la soberanía también se defiende con bisturí y microscopio. Que hay amenazas que no portan bandera, pero afectan tratados. Y que un animal enfermo en Sonora puede ser más letal para la economía que un decreto mal firmado en la Ciudad de México.
Julio Berdegué lo supo desde el primer informe que llegó a su escritorio. No venía con grandes titulares ni alertas mediáticas. Era apenas una ficha técnica, como suelen ser las advertencias que importan. Una plaga detectada en zonas clave del norte del país. El gusano barrenador, enemigo silencioso, había cruzado las líneas sanitarias y amenazaba con algo más que ganado: amenazaba con cerrar los puertos de exportación, congelar divisas, quebrar pequeños productores, y con ello, sembrar otro mal: el del desánimo.
Pero a diferencia de otros secretarios que han usado el escritorio como escudo, Berdegué hizo de la técnica una forma de política. No hubo aspavientos, sino protocolos. No hubo discursos rimbombantes, sino llamadas silenciosas pero eficaces con su contraparte estadounidense, Brooke Rollins. El resultado de esos diálogos discretos hoy es noticia: Estados Unidos reabrirá gradualmente los puertos fronterizos al ingreso de ganado mexicano a partir del 7 de julio.
Douglas, Columbus, Santa Teresa, Del Río y Laredo volverán a ser lo que siempre debieron ser: puertas abiertas al intercambio y no murallas disfrazadas de prevención. Pero esta reapertura no es concesión. Es conquista técnica. Fue la gestión de un secretario que entendió que en la diplomacia sanitaria no se gana con saliva, sino con moscas estériles.
Sí, con moscas.
La renovación de la planta en Metapa, Chiapas, para producir hasta 100 millones de moscas estériles por semana para 2026, no es un dato menor. Es la verdadera trinchera de esta guerra microbiológica. La plaga no se elimina con decretos, se combate con ciencia, constancia y voluntad de Estado. Y Berdegué, sin reflector y sin ambición electoral, encarna ese tipo de funcionario que, como decía Spota, sabe que la eficacia es la única forma de permanencia.
El Consejo Nacional Agropecuario lo reconoció. Los consultores del mercado también. Pero el aplauso más real está en el norte, donde los productores de Sonora y Chihuahua vuelven a tener certeza. Donde el becerro volverá a cruzar la frontera con un papel sellado, y el pequeño ganadero podrá dormir sin miedo al embargo.
Porque en un país donde se aplaude el escándalo y se olvida la gestión, lo que ha logrado Julio Berdegué merece más que un comunicado: merece una línea en la historia.
Tal vez no sea popular. Tal vez no lo nombren presidenciable. Pero ha hecho algo que pocos pueden decir sin sonrojarse: defendió al campo desde la ciencia, no desde la ocurrencia.
Y en estos tiempos, eso ya es una hazaña.
Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que A Fondo Jalisco no se hace responsable de los mismos.







