Por Amaury Sánchez G.
Hay decisiones que no se entienden con cifras, sino con la memoria. Porque en este país aprendimos que lo que empieza como un centavo menos por kilo, acaba siendo una escuela menos en la sierra o una familia sin comida en la mesa. Lo que para el norte son “medidas comerciales”, para nosotros son angustias sembradas en la tierra.
Donald Trump, el mismo que hace unos años amenazaba con levantar muros y castigar con impuestos a quien cruzara la frontera con esperanza, ha regresado con su viejo lenguaje: aranceles, acusaciones, castigos colectivos. Esta vez, el blanco es el campo mexicano: jitomate, aguacate, chile, fresa… productos que no conocen ideología, pero sí geografía; nacen aquí, cruzan la frontera y alimentan a millones allá.
Trump justifica la medida con una retórica que repite como mantra: México no ha hecho lo suficiente para combatir el narcotráfico. Lo dice como si nuestros muertos por el crimen organizado fueran hologramas. Como si nuestras madres buscadoras, nuestros militares en retenes, nuestros jóvenes desaparecidos, fueran parte de una narrativa ficticia escrita desde la Casa Blanca.
Pero esta vez encontró respuesta. Una respuesta distinta. Firme, serena, civilizada. Una respuesta con rostro de mujer y voz de Estado.
Claudia Sheinbaum no cayó en la trampa del grito. No respondió al exabrupto con otro. Habló al pueblo y al mundo con la tranquilidad que da la convicción. En un video breve pero cargado de mensaje, desarmó una a una las acusaciones, recordó las acciones concretas que su gobierno ha tomado en seguridad y cooperación internacional, y cerró con una frase que no por repetida deja de tener filo: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.
No fue sólo una cita de Benito Juárez. Fue un límite. Un hasta aquí.
Y es que Trump no busca justicia ni cooperación. Busca votos. Busca encender a su base rural y conservadora. Necesita que el votante de Ohio crea que el tomate mexicano es culpable de sus males. Que el jitomate sinaloense es más peligroso que la crisis de opioides que su propio sistema financiero promueve por debajo de la mesa.
El problema es que cuando Trump usa los aranceles como metralleta electoral, los que reciben las balas no son los cárteles, sino los campesinos.
Los pequeños productores de Michoacán, los jornaleros de Sinaloa, las mujeres empacadoras de San Quintín, los transportistas de Zacatecas. Ellos son los que hoy, sin discursos ni cámaras, enfrentan la posibilidad de que su trabajo valga menos, de que su cosecha se quede en la tierra.
Pero la historia no termina ahí. México tiene opciones. Y eso es lo que Sheinbaum ha empezado a explorar. Su gobierno ha activado los mecanismos diplomáticos del TMEC, ha buscado alianza con Canadá, y ya se habla de diversificar exportaciones hacia Europa y Sudamérica. Esto no es sólo defensa. Es estrategia. Es la posibilidad de que por fin entendamos que nuestra economía no debe girar únicamente alrededor del capricho del vecino.
Porque si algo ha demostrado este episodio, es que la dependencia alimenta la sumisión. Y México no está para arrodillarse.
Tampoco Estados Unidos está en su mejor momento. Los supermercados estadounidenses ya anticipan un alza en los precios de frutas y verduras frescas. Las asociaciones de importadores están presionando a Washington para detener el golpe antes de que impacte al bolsillo del consumidor. Incluso los agricultores de Florida, que celebraban los aranceles, empiezan a dudar cuando se dan cuenta de que no tienen capacidad para cubrir la demanda interna.
Así, el conflicto puede crecer, convertirse en guerra comercial, y con ello arrastrar al TMEC, a las cadenas de suministro y a la estabilidad regional.
Trump juega con fuego. Pero esta vez, México no llegó a la hoguera con los ojos vendados.
En el ajedrez geopolítico, cada movimiento tiene eco. Sheinbaum lo sabe. No está buscando un aplauso fácil ni responder golpe por golpe. Está trazando una narrativa: México como nación soberana, como socio digno, como potencia pacífica pero decidida. No es poca cosa. En un mundo de insultos y populismos ruidosos, la sobriedad también es resistencia.
Hoy, el tomate se ha convertido en símbolo. Un fruto que nació para alimentar, no para dividir. Que no entiende de fronteras, pero sí de raíces. Y es desde esa raíz —la tierra, el trabajo, la dignidad— desde donde este país debe responder.
Si el precio de mantener nuestra soberanía es alto, habrá que pagarlo.
Porque hay cosas que no tienen descuento: el respeto, la memoria, la justicia. Y también el valor de una respuesta que, sin escándalo, le dice al mundo: México no se vende. México se planta.
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