Por Amaury Sánchez G.
El Banco de México, en su carácter de órgano autónomo, enfrenta una encrucijada que no sólo es técnica, sino profundamente ética. Ante la inminencia de un nuevo ajuste a la tasa de interés —el décimo en el actual ciclo de política monetaria—, la Junta de Gobierno debe preguntarse no sólo qué conviene al mercado, sino qué es justo para la nación.
Porque gobernar la economía no puede reducirse a fórmulas numéricas, sino que debe ser, ante todo, un acto de responsabilidad histórica con los millones que viven del salario, del pequeño comercio, del campo o del crédito popular.
Un descenso visible, pero insuficiente
Los datos disponibles reflejan un descenso de la inflación general: la primera quincena de julio arroja un 0.25% de variación quincenal, con una tasa anual estimada en 3.63%, por debajo del 4.32% de junio. La inflación subyacente, sin embargo —la que expone los procesos estructurales de la economía—, permanece en 4.00%.
El descenso de la inflación general es una buena noticia, pero no debe interpretarse como licencia para relajar el juicio. La persistencia de la inflación subyacente revela un problema aún no resuelto, que podría afectar, como tantas veces en nuestra historia, a los más vulnerables.
El papel de Banxico en el equilibrio de los poderes económicos
Banxico ha reducido su tasa de referencia en 9 ocasiones desde que comenzó este ciclo de flexibilización. De concretarse el recorte de 25 puntos base en agosto, la tasa quedaría en 7.75%.
El dilema no es trivial. En un país con desigualdades tan arraigadas, las tasas de interés no son sólo una herramienta de estabilización macroeconómica: también son un factor de inclusión o exclusión financiera, de estímulo o de freno al desarrollo regional, de protección o desamparo ante la especulación.
Reducir la tasa puede estimular el crédito y dar un respiro a pequeñas empresas, familias endeudadas y productores agrícolas. Pero una reducción precipitada podría comprometer la estabilidad de precios y devaluar la moneda, afectando justamente a quienes no tienen cómo blindarse ante una nueva ola inflacionaria.
Contexto global y soberanía nacional
No debe olvidarse que la política monetaria de México no ocurre en el vacío. La Reserva Federal de Estados Unidos ha mantenido su tasa sin variaciones, a la espera de señales más robustas. Si México se adelanta en su relajación monetaria, corre el riesgo de atraer presiones sobre el tipo de cambio, con efectos regresivos en los precios de los alimentos, los combustibles y los medicamentos.
La soberanía monetaria, como toda soberanía, debe ejercerse con sentido estratégico, no con voluntarismo técnico ni complacencia con los grandes intereses financieros.
¿Qué significa actuar con prudencia?
Actuar con prudencia no significa inmovilismo, sino responsabilidad. Si Banxico decide recortar la tasa, debe hacerlo con claridad en su diagnóstico, firmeza en su mensaje y compromiso con la estabilidad.
No se trata de congraciarse con los mercados, sino de honrar su mandato constitucional: mantener el poder adquisitivo de la moneda, en beneficio del pueblo de México.
Conclusión
El verdadero reto del Banco de México no es acertar en una cifra, sino demostrar que su autonomía no lo ha separado de su deber con el país.
La tasa de interés es una herramienta; la justicia económica, una obligación moral.
Y el pueblo mexicano, que ha sabido resistir políticas injustas y crisis impuestas, tiene derecho a esperar de sus instituciones no tecnocracia, sino responsabilidad republicana.
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