Por Amaury Sánchez G.
Yo, un simple observador de la vida pública —lector diario, radioescucha pertinaz, y corrector sin sueldo de la política nacional—, me veo en la obligación de alzar la voz. Porque cuando un editorial como el de don Pedro Mellado señala que la presidenta Claudia Sheinbaum paga una deuda injustificable, el pueblo tiene derecho a saber quién contrajo esa deuda, a nombre de quién y para beneficio de quién.
La doctora Sheinbaum llegó a Palacio Nacional con una legitimidad democrática que no se había visto desde que Lázaro Cárdenas hizo temblar al poder del dinero. Ocho de cada diez mexicanos la respaldan, y lo hacen no por inercia, sino porque ven en ella una nueva forma de hacer política: racional, científica, sin estridencias ni caprichos.
Pero el poder heredado trae facturas que no firmó. Vaya ironía: la mujer más votada de la historia carga hoy con los pasivos morales de quienes se asumen como sus aliados, pero actúan como sus verdugos.
Los hombres del “proyecto”… que ya no es el suyo
El texto de Mellado lo dice sin tapujos: Adán Augusto López y Ricardo Monreal son piezas que huelen a traición y a restauración del viejo régimen. ¿Cómo justificar que el primero haya cedido al Partido Verde —sí, ese reciclador de intereses— para posponer la prohibición del nepotismo hasta el 2030? ¿Cómo digerir que Monreal siga dudando, maniobrando, esperando el momento para cobrar facturas?
A eso se le llama sabotaje interno.
Y si el lector quiere nombres y fechas, que los tenga. 26 de junio de 2024, Andrés Manuel López Obrador deja claro que el acuerdo fue entre morenistas, aunque Gerardo Fernández Noroña (quien sí tiene méritos propios) haya sido ungido presidente del Senado. ¿Qué clase de proyecto progresista ignora a uno de sus militantes más combativos para entregarle el mando a quienes hace meses coqueteaban con la derecha legislativa?
La deuda de los acuerdos cupulares
Claudia Sheinbaum no necesita repetirle al país que ella no es AMLO. Sus decisiones, su talante, su estilo técnico pero sensible, ya lo dejan claro. Pero a ella sí le heredaron los compromisos cerrados en cenas frente al Templo Mayor, donde no se servían mole yucateco ni birria tapatía, sino repartos de poder disfrazados de unidad partidista.
La “deuda” de la que habla Mellado es esa: la hipoteca del pacto político que sostenía al obradorismo, pero que ahora amenaza con ahogar al sheinbaumismo en su cuna.
El respaldo popular como capital político
Ahí está la gran diferencia: Sheinbaum no depende de los acuerdos entre élites, sino de su conexión con el pueblo. Los jóvenes la entienden. Las mujeres la admiran. Los priistas la toleran. Los panistas la respetan. Los ciudadanos, incluso los apolíticos, le creen. Y en estos tiempos, creer es un acto revolucionario.
Con ese respaldo tiene todo el derecho —y la obligación— de hacer un corte de caja histórico. No para dividir al movimiento, sino para purificarlo. No para castigar disidencias, sino para frenar las simulaciones. No para repetir el presidencialismo autoritario, sino para darle dignidad a la Cuarta Transformación.
¿Tirar lastre? Sí. Y cuanto antes.
En el mar de la política, el lastre se tira no por capricho, sino para que el barco no se hunda. Y Sheinbaum lo sabe. El dilema no es si debe hacerlo, sino cuándo. Si es cierto que el país exige reformas profundas —como eliminar los plurinominales o enfrentar el nepotismo partidista—, entonces ya no caben en la nave quienes reman para atrás.
Si Adán Augusto o Monreal quieren jugar a la resistencia institucional, que lo hagan desde la banca. Si el PVEM quiere poner condiciones, que lo haga desde el margen. Pero la columna vertebral del gobierno debe ser la congruencia, no la complacencia.
Conclusión: la hora del quiebre necesario
La presidenta Sheinbaum tiene el respaldo, la inteligencia y el momento histórico. El editorial de Mellado no es una crítica destructiva, sino una alerta inteligente: hay dentro de su gobierno quienes trabajan para minar su legado antes de que termine de nacer. No se trata de vendettas ni de venganzas, sino de proteger el mandato popular que le fue confiado el 2 de junio de 2024.
Tirar lastre, señora Presidenta, es una forma de respetar al pueblo que la eligió.
Y a quienes aún piensan que la continuidad del proyecto obradorista justifica seguir cargando traidores, que no olviden una cosa: hasta el Sol tiene que romper con las nubes si quiere alumbrar el horizonte.
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