Primera parte
Por Amaury Sánchez G.
En México todo delito adquiere rostro político. Lo que ayer se llamó huachicol —ese ordeñar los ductos como si fueran ubres de vaca— hoy mutó en fraude fiscal, disfrazado de importaciones legales y facturas inmaculadas. La sofisticación del crimen no lo hace menos ruin: ahora se roba con sellos, permisos y papeles membretados.
No empezó con López Obrador, mucho menos con Claudia Sheinbaum. El origen se encuentra en la reforma energética de Peña Nieto, cuando el país, en nombre de la modernidad, abrió la puerta de par en par a intereses privados. En ese festín se repartieron miles de permisos de importación. Nadie vigiló quién los tomaba, ni con qué propósito. Entre los beneficiarios aparecieron políticos de los de siempre: priistas de vieja escuela, panistas disfrazados de empresarios. Y con esos papeles en mano comenzaron a entrar millones de litros de gasolina extranjera que nunca pagaron impuestos. Contrabando con etiqueta de legalidad.
Hoy se llama huachicol fiscal. Antes eran mangueras pinchando ductos, ahora son agentes aduanales con pluma en la mano y militares que miran hacia otro lado. El daño no se mide solo en cifras —aunque las pérdidas fiscales se cuentan por cientos de miles de millones— sino en la corrosión institucional: aduanas podridas, marinos detenidos, políticos que niegan mientras sus nombres circulan en los expedientes.
La 4T presume que combate el fenómeno. Es cierto: han caído cargamentos, se han decomisado buques, incluso se habla de casas de bolsa implicadas. Pero el crimen no se agota en los decomisos. El verdadero desafío es romper la red política que lo alimenta. Y aquí, en el fondo, está la pregunta que nadie quiere responder: ¿puede el gobierno combatir un negocio que nació precisamente en las entrañas del Estado?
Porque detrás de cada litro de combustible robado hay un político con apellido de prestigio, un empresario bien vestido y una autoridad que calla. El huachicol ya no es la estampa rural de hombres con bidones; es el retrato de un sistema político que nunca aprendió a vivir sin robar.
El país asiste a la misma obra con distinto escenario: antes las ordeñas de ductos, ahora el contrabando disfrazado. Los actores son los mismos. El guion, también. Y lo más doloroso: los espectadores seguimos siendo los contribuyentes.
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