
Por Violeta Moreno Haro
En política pública, casi todo el mundo dice estar a favor de la cultura, hasta que llega el momento de presupuestarla. Ahí se ve quién la entiende como infraestructura y quién la trata como accesorio. Desde la Comisión de Educación, Cultura, Deporte y Juventud del Congreso de Jalisco, el diputado Enrique Velázquez González ha insistido en un punto que vale la pena tomar en serio, si de verdad queremos hablar de reconstrucción social: el presupuesto cultural no puede seguir siendo marginal cuando lo que está en juego es el tejido.
Su argumento es simple y, por eso mismo, potente. La cultura no es solo entretenimiento ni “eventos”, es una política de comunidad. Es donde se forma pertenencia, donde se aprende a convivir, donde se baja la tensión social sin sermones, donde las diferencias pueden convertirse en conversación y no en pleito. Cuando un estado invierte en cultura, invierte en capacidades colectivas: en hábitos, en civilidad, en lenguaje común, en confianza mínima. Eso es tejido social.
En ese marco, Velázquez ha subrayado un dato que funciona como termómetro del lugar que se le está dando a este tema: el presupuesto destinado a cultura en Jalisco representa apenas 0.43 por ciento de los recursos estatales, y él lo ha señalado como un nivel que dificulta sostener y recuperar con fuerza la actividad cultural después de los impactos de los últimos años. No es un reclamo de moda, es una discusión de prioridad: cuánto vale, de verdad, la cultura para un proyecto de estado.
Lo valioso del enfoque es que no se queda en la queja. En la comparecencia del secretario de Cultura ante la Comisión, el propio diputado planteó que estos ejercicios sirven para identificar retos reales del sector y tener una visión más clara de necesidades sociales vinculadas a la cultura. Traducido: si cultura es tejido, entonces cultura se evalúa, se planea, se corrige, se sostiene, no se improvisa.
Y hay otro punto que conviene decir sin dramatismos. Cuando el presupuesto cultural se queda corto, la cultura se vuelve frágil, intermitente, dependiente de coyunturas. Y una sociedad no reestructura su tejido con intermitencias. Lo hace con continuidad. Por eso la discusión presupuestal no es “a ver quién grita más”, es un debate sobre futuro: si queremos municipios con vida pública, con comunidad, con identidad compartida, la cultura tiene que tener un lugar acorde a esa ambición.
En paralelo, su trabajo en comisión también ha empujado una visión donde cultura y formación cívica se conectan con prevención y paz. Por ejemplo, desde la comisión que preside se avalaron reformas vinculadas a cultura física y deporte como herramientas para la prevención del delito y la cultura de la paz. No es lo mismo, pero sí es parte de la misma lógica: política social que construye comunidad, disciplina, pertenencia y horizonte.
Basta entender la idea central: cuando un diputado pone el presupuesto cultural en el centro de la conversación, está diciendo que la reestructuración del tejido social no se logra solo con patrullas, ni con discursos, ni con ocurrencias; se logra también con instituciones culturales vivas, con programación constante, con espacios de formación, con acceso real y con continuidad.
Si Jalisco aspira a un futuro más cohesionado, la cultura tiene que dejar de ser el renglón tímido del presupuesto. No por estética, por estrategia. Porque una sociedad que invierte en cultura invierte en su capacidad de convivir, de pensar, de crear, de reconocerse. Y eso, al final, es la materia prima del orden social más difícil de construir: el que no depende del miedo, sino del sentido.
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