Por Laura Gutiérrez Franco
Ahora resulta que el “humanismo” no conoce fronteras, pero curiosamente, tampoco conoce auditorías. La reciente ocurrencia del expresidente Andrés Manjuel López Obrador, de organizar una colecta para Cuba, bajo el pretexto de un bloqueo externo, no es más que otra función del teatro político al que nos acostumbró. Sin embargo, antes de sacar la cartera, vale la pena aplicar un poco de memoria técnica.
¿Con qué autoridad moral se pide el dinero de los mexicanos para enviarlo a otra nación? ¿Quién va a garantizar que ese recurso llegue realmente a la mesa del ciudadano cubano y no se quede en las manos de la estructura burocrática de la isla o, peor aún, en las de los operadores que aquí lo recaudan? La historia reciente nos da la respuesta y no es alentadora.
Hay que recordarle a la audiencia que la “solidaridad” de este grupo político tiene facturas pendientes. Ahí está el expediente del fideicomiso “Por los Demás” de 2017, aquel fondo supuestamente destinado a los damnificados del sismo que terminó bajo la lupa por depósitos de origen dudoso y retiros en efectivo que beneficiaron a cuadros del partido. O miremos hacia Veracruz, donde las colectas para desastres naturales parecen haberse evaporado en el camino, dejando a los verdaderos afectados en el mismo lodo de siempre.
El problema de fondo no es la ayuda, es el engaño. ¿Qué derecho tiene un exmandatario para movilizar recursos ciudadanos bajo una bandera ideológica mientras su propio entorno familiar ha sido señalado por un enriquecimiento que no cuadra con la “austeridad republicana” que tanto predican?
Pedirle a la gente que aporte para Cuba, mientras en México persisten el desabasto y la inseguridad, no es diplomacia: es propaganda financiada por los de siempre para beneficio de los mismos. Al final, la caridad con dinero ajeno siempre termina siendo el mejor negocio para quienes la promueven, mientras los hijos de la retórica siguen saqueando la confianza —y las arcas— del país.
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