
Por Manuel Gutiérrez
La guerra no se detiene. Ucrania mantiene posiciones en los territorios recuperados y los ataques siguen siendo exitosos contra refinerías de Rusia. Pero la presencia de la guerra de Irán ha afectado de manera sensible la suerte de este conflicto.
Rusia ha recibido de Trump, de nuevo, la concesión de vender petróleo libremente por el cierre del estrecho de Ormuz y con la finalidad de no crear un mayor caos inflacionario. Sin embargo, Europa cierra filas con Ucrania bajo el enfoque realista de que es la guerra que realmente les importa, en tanto la de Irán representa costos del combustible.
Pero todo ha pasado a un segundo plano. La demanda de misiles antiaéreos, acrecentada por las nuevas acciones de Israel y Estados Unidos, requiere una entrega de producción que no se tiene, y otro tanto opera en el aprovisionamiento de materiales de guerra. La guerra de Ucrania se ha vuelto fortuita, sujeta a otros fenómenos geopolíticos, al margen del esfuerzo de los contendientes.
La siguiente mala noticia es que los ataques de Rusia continúan. Han comenzado a desplazar una nueva ofensiva de primavera, pero aún no se producen los puntos de contacto en el frente tras la aparición de los nuevos contingentes. Sin resolverse nada, Ucrania pasa —como Cuba, Venezuela y hoy Irán— al juego de treguas y manipulación de la administración Trump, que mediatiza y no resuelve nada de fondo porque en ninguno de los casos se ha perdido; pero el triunfo, como lo entiende Trump, no corresponde a ningún parámetro habitual.
Los sistemas de política, de economía y de poder militar en los casos de Venezuela, y con el bombardeo que era factible realizar, siguen intactos. La apuesta de Ormuz se juega en dos bandas: una en la mesa en que Estados Unidos oferta una rendición casi incondicional y la renuncia a tener sistemas defensivos que pongan en peligro la región o, concretamente, a Israel. Nunca se le permitirá a Irán tener armas nucleares. Irán responde que, sin garantizar la seguridad de su país, no puede haber paz y eso pasa por mantener una considerable cantidad de misiles: la autodeterminación.
En tanto, en los últimos cinco días, el teatro pasa por Ormuz. Las lanchas rápidas de Irán han encontrado en los viejos A-10 Warthog una forma constante y segura de ser eliminadas. De hecho, la amenaza de minar el paso de Ormuz es una de las variables que esgrime Irán. Mientras tanto, Estados Unidos retiró al Lincoln, que se dice resultó dañado en los ataques de Irán con drones y misiles, incluso torpedos. Los portaaviones estadounidenses han mostrado vulnerabilidad; si bien no han sido hundidos, la larga temporada de despliegue les cobra factura. Incluso en asuntos tan simples como los residuos humanos en los WC de la nave, que se encuentran saturados y descompuestos en gran parte, obligando a hacer filas para aliviar esa situación.
No es una forma gloriosa de ganar la guerra, pero Estados Unidos ve que sus once portaaviones —con el Nimitz, que debió ya ser retirado y mejor lo desplazaron a un paseo por los mares de América del Sur— están sintiendo que los requerimientos son excesivos. Irán sí bombardea, pero con misiles a Israel, a las bases aliadas y a las instalaciones incluso de los ricos vecinos árabes como Qatar, Omán, etc., que si bien no sufren daños espectaculares, sí sufren lo suficiente para incomodar y ahuyentar el turismo.
La guerra, Irán la hace con equipos abundantes pero baratos, como sus drones Shahed que fabrica por montones. Y al desplazarlos, Estados Unidos sufre una contradicción: mueve aviones como el F-35 que cuestan un dineral en su operación y más de 200 millones de dólares por unidad, o misiles Patriot que resultan carísimos. Es decir, la factura de costos hace que Estados Unidos se pregunte cómo es posible que una “guerra de pobres” lo afecte con tan altos costos de operación.
No está preparado Estados Unidos para tener aviones baratos, drones simplones o armas incluso anticuadas pero muy operativas. El avión Warthog, por ejemplo, había sido desahuciado por los expertos que no encontraban escenario útil. Hoy lo tiene en Ormuz. Entonces, las ideas de diseño de guerras de los Estados Unidos están fracasando por hacerlas “de ricos”, con altos costos y tecnología compleja y delicada. La carencia de elementos simples —como un avión Embraer Super Tucano de Brasil, de hélice, ideal para operar en Ormuz— simplemente no los tienen. Aviones simples no los hay: el Scorpion no ha tenido números significativos y realmente, aunque hace lo mismo que el Tucano, es más complicado de operar y más sofisticado en sus motores, sistemas de radar y opciones de fuego.
Curiosamente, el arsenal norteamericano está fallando frente a lo simple. De hecho, sorprende que no aprendan nada de la guerra de Ucrania, que está convertida en una potencia productiva de drones en su defensa, en opciones de ataque y en cantidades abundantes: se habla de más de diez mil piezas e incluso de cientos de miles como objetivo.
Es una guerra que, como la de Vietnam, los tomó mal parados. Sus reactores como el Phantom o el F-111 estaban diseñados para una guerra casi del espacio, no para lanzar bombas con precisión en la selva. Incluso el armamento de los aviones norteamericanos pasó al misil, pero enfrentaron como rivales aviones que les disparaban con cañones y ametralladoras pesadas y les causaron daños. Lo otro fueron los misiles SAM antiaéreos. La especulación de alta tecnología ha imperado en Estados Unidos y les da ventajas globales, pero hay escenarios en que deben recurrir a sus aliados que tengan aviones subsónicos más simples y armas menos modernas.
El plan de Trump, si fallan las negociaciones, es audaz pero riesgoso. Es tomar las costas de Irán con los Marines, con una cifra muy alta de ellos (más de 5 mil que ya se enviaron). Tener destructores que acompañen en labor de ataque en pequeña escala pero intensa al Tripoli, un barco de desembarco anfibio que lleva a los Marines al escenario. Es decir: menos misiles y más armas tradicionales que suelen no fallar y cuestan menos.
La idea naval, entonces, no es llenar de barcos aliados esas aguas, aunque se dice que 20 países afectados por los costos de combustible están ansiosos de “liberar” a Ormuz. Francia, Inglaterra, Italia y algunos otros están listos para participar; incluso se menciona con insistencia a las fuerzas navales de Japón. En resumen, la operación del Tripoli puede dar lugar a que logren quitarles el control de esa zona y la conserven para asegurar la navegación, pero será a un costo alto de marines de diversas naciones.
Los dictadores populistas como Trump tienen ocurrencias y, en ocasiones, aciertan; este puede ser el caso, pero no será sin riesgos altos. Incluso hay gente que propone el uso de deslizadores blindados y armados para que pasen por encima del agua y de las minas y puedan operar en Ormuz. Mientras eso sucede, Inglaterra sigue aplicando controles a los petroleros de Rusia y confisca tanqueros, por lo que Rusia ya considera darles escoltas armadas de barcos o naves de guerra. Otros proponen que los grandes tanqueros sean usados como plataformas y lleven armas a bordo, lancen misiles y cuenten con equipos de destrucción contra las marinas que, como las de Inglaterra y Francia, los están incautando. Muchos de esos barcos son, por ejemplo, africanos, pero tendrán que recibir Spetsnaz de Rusia (sus comandos, la versión rusa de Navy Seals, Deltas o Boinas Verdes). Y se convertirán en pequeñas pero sangrientas batallas navales a pequeña escala.
Sí, Zelenski adivinó y tuvo razón al advertir que lo de Irán favorecería a Rusia con sus planes y giros inesperados, sobre todo porque Occidente, y principalmente Estados Unidos, quiere mover tantos escenarios múltiples que poco puede apretar en ellos; porque “mucho abarca” y se olvidó realmente de ellos. Además, la inclinación pro-rusa de Trump es nociva.
El Nimitz, que ya debería ser desguazado, ahora asustará a los puertos latinoamericanos a los que visitará en plan de maniobras y de hermandad naval con las fuerzas armadas australes. Pero la verdad, la guerra real tomó a Estados Unidos con un problema: matar moscas a cañonazos o usar misiles para destruir mosquitos. Ciertamente, el regreso a las operaciones de guerras anteriores, como la que pretenden en Ormuz, es sintomático: la guerra no está en condiciones tecnológicas altas en todas partes como para una aplicación exitosa. Si ejecutaron más de 7 mil operaciones de bombardeo, destruyeron todo lo que era posible destruir, pero al final de cuentas van a depender de un “golpe de mano”.
Fuentes internacionales estiman que el objetivo puede ser la isla de Kharg, sede de los principales depósitos petroleros de Irán, y controlarla militarmente. Irán, en tanto, aprovechó la tregua —porque dicen que sería infantil no hacerlo— para fortificarse para lo que vien
Eso va a suponer paracaidistas, hombres que llegarán de las profundidades del mar y desembarcos de Marines. Pero será una guerra a pistola, rifle y cuchillo, granadas y estrategias de comandos, en lo que finalmente Irán no está tan mal preparado, porque es lo esencial.
Ese es el pronóstico, porque los arreglos fueron para mover piezas de ambas partes. Y el Tripoli, con sus helicópteros, no fue enviado ahí por mero turismo, pero tienen que tener un nivel respetable de fuerza antes de empezar. Toda invasión debe ser de 3 a 1 para tener éxito, considerando que se pierden dos para asegurar una posición con el tercero. Y repito: los portaaviones, aunque claves, no las tienen todas consigo, aunque su poder aéreo puede devastar otra vez ciudades enemigas y destruir de nuevo lo que ya se eliminó.
Los costos de la guerra son billonarios para los Estados Unidos aun sin ser bombardeado, y hasta un F-35 ya les derribaron. Sí, destruyeron a la élite del gobierno iraní para encontrarse con que ahora negocian y combaten con desconocidos que pueden ser impredecibles. Piensan igual que sus antecesores y, por lo menos, los iraníes sí están en la línea de fuego con sus líderes principales.
Al término de la tregua vendrá la operación de Ormuz y será una espectacular historia, pero no deja de tener variables de alto peligro para los estadounidenses. Israel, en tanto, se apodera de territorio libanés con mucha visión de lo que querían: la expansión del territorio y la eliminación de sus enemigos regionales. Trump fue un peón, pero ahora se separa de los planes de Israel por las disyuntivas que trajo la guerra, que la verdad nunca debió ser iniciada.
Los poderes ocultos mundiales movieron las piezas y una de ellas fue Trump, no tan estable como quisieran. Los Marines de Estados Unidos e Inglaterra, los aerotransportados y la caballería aérea esperan el momento. Con las tropas del mar de Francia, la Legión y muchos cuerpos legendarios tendrán su momento de atención mundial. Podrán incluirse hasta los japoneses (pero no los envidio, y no pocos de ellos no conocerán el desenlace porque van a morir o quedar lisiados). En fin, poco consuelo será que mueran diez iraníes por cada uno de ellos, lo cual contará demasiado en la realidad de su país.
Trump, en tanto, juega a ser el “hombre del destino”, pero seguro, lejos de la guerra de la que sabe que solo tiene que ordenarla. ¡Qué cómodo!. Como lo está Putin y otros grandes líderes mundiales que mandan al holocausto del siglo XXI a sus tropas. Pero si logran quedarse con Ormuz, para ellos la jugada valdrá la pena, porque el mundo demanda este paso: son simples 170 kilómetros de largo y un ancho de 33 a 57 kilómetros de agua, con canales navegables de 6 kilómetros de ancho (3 por cada dirección) y desierto extremo en torno.
Y el costo no importa por los millones de dólares que este paso representa en precios y en las economías del globo. Las vidas son más prescindibles. Luego está la política de Trump en juego, y luego dicen que hay mucha población en el mundo… como ocurrió en la Segunda Guerra Mundial, pero nadie la lee, nadie la analiza y pocos la toman de referencia, aunque se repita.
Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que A Fondo Jalisco no se hace responsable de los mismos.








