
Por Manuel Gutiérrez.
Aferrado al poder por 16 años, el derechista extremista Viktor Orbán fue derrotado con su partido en las elecciones de Hungría, que se sacudió el populismo que aplicó este gobierno, pero cuyo triunfo fue planteado como favorable para aproximarse a Europa y en contra de la expansión de Rusia.
Hoy lo celebra Hungría, que logró sacudirse al partido Fidesz, ya que la población prefirió la propuesta del partido Tisza, que postuló al hoy triunfador Péter Magyar. En Hungría, un hermoso país en que las ideas persisten luego de que en Europa se fueron, el gobierno de Orbán dio un giro para ser incondicional de Putin; en su presencia en la Unión Europea y en la OTAN, obstaculizó las iniciativas de ayuda que hoy podrán ser liberadas.
Putin sufrió una nueva derrota no militar, pero sí le afectará perder a un aliado no oficial que lo representaba ante Europa y que se ensañó en obstruir la ayuda a Ucrania. Como buen populista, pese a presentarse como derechista y anticomunista, giró todo a promesas de estatización de la economía, que se estancó desde su primer año de gobierno hasta llegar a números alarmantes; a la vez, dispuso de operaciones políticas para operar en los procesos electorales.
Orbán concentró, como buen populista, todo el poder en su mano. Por ello, los húngaros reaccionaron sintiendo que era como volver a salir de la era de la URSS, con toda la dependencia que implicaba de Rusia y las directivas comunistas que, curiosamente, llegaban tarde pero permanecían más tiempo en Hungría siendo aplicadas.
El Danubio, que es imponente y majestuoso pero no azul, fue escenario de las celebraciones, dado que los dictadores del mundo quisieron engatusar a los húngaros. Trump publicó la orden en su Truth Social: “Salgan y voten por Viktor Orbán, es un verdadero amigo, un luchador y ganador”; incluso el ultranacionalista, que se presentó como defensor radical de Hungría, terminó al servicio de los dictadores. Putin no pronunció mensaje alguno en su favor porque sabe que provocaría un rechazo aun mayor.
Hungría, por ejemplo, no se enteró de que la Segunda Guerra terminó en abril, y planteó con la Guardia de Hierro y otros organismos juveniles fascistas una resistencia a muerte a la llegada de las divisiones de Rusia. Los nazis se dieron vuelo eliminando a algunos de la resistencia, a los que añadieron algunos judíos notables; por ello existe un monumento a las riberas del Danubio: son zapatos tirados de hombre, de mujer y de menores, porque los lanzaron al Danubio para que se ahogaran y así ahorrar balas que necesitarían para su última batalla.
Y la dieron por todo un mes adicional, convirtiendo a Buda y Pest en un escenario de pesadilla para los rusos que, finalmente, pese a la sangría sufrida, terminaron ocupando Hungría. El país se estabilizó en la era de Stalin dentro de la Cortina de Hierro, pero los húngaros comenzaron a resentir la nueva forma de vida, las limitaciones y el sistema opresivo contra la libertad.
En 1956, entre el ejemplo del obispo Joseph Mindzenty y, por el lado activista, Pal Maleter y otros patriotas, se levantaron en armas contra la URSS, lo que era descabellado. Por radio pidieron ayuda a los estadounidenses y anglo-franceses, pero pese a sus llamados, nadie acudió; solo los miles de tanques T-34 llegaron con puntualidad a sofocar la resistencia, que fue cruenta y más sangrienta de lo esperado.
Hungría cayó en una era de oscuridad y poco se sabía de ellos. Tan oscura era que, cuando llegó Gorbachov, el glasnost y las aperturas democráticas, en Hungría siguieron peor que en Alemania Oriental. Quizá solo Albania estaba tan primitivamente dogmática en las ideas de Stalin, los más avanzados en la era de Jrushchov. Por eso digo que Hungría tiene un atraso en su reloj político e ideológico.
Finalmente, Hungría vio retroceder a los rusos y recuperó su país casi a fines del siglo XX. Nuevamente las dos tendencias que dominan a los países de Europa Oriental resurgieron: la búsqueda de Europa o la búsqueda de Rusia, con todo lo que eso implica. Para haber sido escenario de grandes batallas, Buda y Pest se levantaron con sus edificaciones, que son de un paisaje glorioso tan buscado como Praga.
Y en eso llegó Orbán con manto de derecha, como izquierdista en la práctica; de nacionalista pasó a la devoción de los dictadores como Putin e incluso Trump, y ambos lo usaron contra Europa. El problema es que Hungría había tenido interesantes avances. Por ejemplo, ser sede de la F1 con un circuito muy bello, el Hungaroring, rápido y bien diseñado. Y buscó mejorar sus sectores económicos básicos a la par de la educación.
Siempre debatiéndose entre los dictadores de todo tipo, desde el siglo XX Hungría encierra una historia milenaria de escudo, como Polonia, de la vida occidental. La fantástica Plaza de los Héroes, en la que Orbán ascendió y luego cayó, es evidencia de una historia legendaria, rica y llena de episodios de todo tipo. Ahora tardan en salir de sus episodios lamentables, pero siempre lo hacen.
Péter Magyar, que de alguna manera simboliza a los magiares —como son conocidos los húngaros— es un nuevo principio; no de magia, sino de trabajo y claridad política. Por ahora, Hungría jugará en el tablero de la geopolítica por su cuenta. La solidaridad con Ucrania es natural por la frontera que tienen y la vivencia de una realidad compartida con la historia de Rusia.
Hoy, Ucrania suma un nuevo aliado, en tanto que Putin, al igual que Trump, se queda sin un títere que operaba en el corazón de Europa. Ursula von der Leyen celebró que Hungría retome su lugar en Europa; una historia repetida por todo el mundo, excepto por México, que al parecer esperaba que Orbán triunfara porque es “hermano populista”. No tenemos buenos reflejos en política exterior porque vemos con ojos de la ideología y no entendemos que el pueblo puso a quien deseaba, pese a los dictadores.
Merz de Alemania, Macron de Francia, Starmer de Inglaterra, Orpo de Finlandia… en general, hasta el socialista Pedro Sánchez de España se dio tiempo y manera de felicitar a Hungría y a Magyar, su nuevo líder. Hace 16 años todos tenían grandes esperanzas en Orbán, pero acabó ahogándose en un populismo y servilismo a los poderes de Estados Unidos y Rusia, y eso no se lo perdonaron.
Incluso Giorgia Meloni, la fascista que en origen se identificaba con Orbán en cuanto al asalto del poder —y aunque lo considera su amigo personal—, no tardó en felicitar al nuevo gobierno. Meloni es un poema de pragmatismo, de adaptación a la realidad sin dejar de ser lo que la llevó al poder por gusto de los italianos. Un gobierno que ve por el interés de Italia por encima de los anteojos de las ideologías es lo que la hace admirable y desconcertante, pero símbolo real de lo que un gobernante en la *Presidencia* significa: servir a todos, sean de los que sean, al costo de sacrificar conceptos.
Las causas de la derrota: un sistema populista necesita de enemigos constantes en una campaña permanente. Eso lo logró echándose encima a las universidades, a los intelectos liberales y a otras instituciones; incluso adoptó la política antihomosexual de Putin y Trump, enardeciendo a los LGTB de Hungría. Siguió sumando con el desabasto de medicinas y pésimos servicios de salud, a los que se unió una política de indiferencia con su campo.
Somos más parecidos, entonces, con Hungría de lo que creemos. Luego buscó enemigos; buscó polemizar con Soros y con las finanzas mundiales. A la par, de nacionalista, su política pasó a basarse en la situación exterior; intentó convencer a los húngaros de que Zelenski y Ucrania pretendían conquistar su país, así de ridículo. Las mentiras se volvieron en su contra y su abyección con Trump fue el colmo; entonces los húngaros decidieron que ya estaba bueno de demagogia y de mentiras.
Y ni sus controles en organismos electorales —como en México, que tanto nos parecemos— le alcanzaron para evitar una derrota clara de un gobierno que aspira a ser eficiente, proeuropeo, proucraniano y, a la vez, dar buenos servicios médicos y apoyo a la educación sin condicionamientos.
Los colores de la bandera de Hungría son verde, blanco y rojo en franjas horizontales, colores que también resultan familiares; es un país de sorprendente belleza con mucho atractivo para el turismo mundial. Esperemos que de verdad el fantasma populista haya quedado sepultado y que el nuevo gobierno aspire solo a restaurar las cosas y dejar listo todo para el siguiente. Incluso estima que su administración no será histórica o transformadora, simplemente dejará todo bien para un progreso y prosperidad de Hungría en todo sentido, para el siguiente gobierno y no para retener el poder o torcer la democracia.
No van a refundar nada. Metas congruentes, propuestas mesuradas y realistas; incluso un gobierno con un plan preciso de lo que buscará sin pretender ser protagonista o modificar los textos oficiales para aparecer como el mesías. Magyar, por tanto, empieza bien restableciendo los puentes con Europa que Orbán bloqueó en sus últimos 8 años, y eso ya es motivo de celebración.
Moscú y Washington se pusieron negros de coraje.
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