
Por Laura Gutiérrez Franco
Vaya circo mediático y qué narrativa tan desgastada la que presenciamos con motivo del segundo aniversario de su gobierno, presidenta Claudia Sheinbaum. En lugar de rendir cuentas claras sobre el rumbo económico, la alarmante inseguridad o el nulo crecimiento de oportunidades, prefirió recurrir al viejo manual del nacionalismo de pacotilla para agitar fantasmas: la supuesta amenaza de una invasión extranjera.
Hay que decírselo con todas sus letras, señora Presidenta: *nadie nos va a invadir a los mexicanos.* No se preocupe, pierda cuidado. Si acaso existe el riesgo de una “invasión”, esta no será contra la soberanía del pueblo de México, sino contra el partido Morena y aquellos miembros de su régimen que presuntamente están coludidos con el narcotráfico. A esos sí que los van a ir a buscar, pero para llevárselos a juzgar a donde sí hay ley, porque lo que es aquí, en su gobierno, no se les toca. Bajo su gestión, el crimen organizado goza de total impunidad, con toda la libertad para actuar, apoderarse de territorios y seguir arrebatándole la vida a miles de mexicanos.
Es una total mentira que usted defienda la soberanía. ¿Cuál soberanía, Presidenta? Si el territorio nacional está entregado y vendido a los capos de la droga ante la total pasividad del Estado.
Su discurso de odio pretende, de manera irresponsable, poner a los mexicanos en contra de los Estados Unidos. Es una ceguera política imperdonable. Por Dios, piense por un momento en los millones de compatriotas que viven y trabajan allá; hombres y mujeres que tuvieron que huir de México porque aquí no hay una sola oportunidad para que vivan con la dignidad que allá sí encontraron.
En lugar de lanzar diatribas contra el vecino del norte, lo que debería hacer es agradecer. Agradezca que la economía mexicana se mantiene a flote gracias a esos millones de migrantes que envían miles de millones de dólares en remesas cada mes. Esas remesas que su gobierno presume como logro propio, cuando en realidad son el reflejo de su fracaso interno.
Si usted tiene gentuza en su administración vinculada al crimen organizado —o si de plano su estructura ya es parte de él—, simplemente reconózcalo. Deje de armar circos teatrales citando a funcionarios a la Fiscalía General de la República (FGR) sólo para simular. Todos sabemos que esos personajes van a la Fiscalía meramente a saludar y a tomar café; no van en calidad de acusados, no van a rendir testimonios reales y no habrá consecuencias.
No nos engañe. Usted piensa que los mexicanos somos tontos y que nos va a manipular con discursos de campaña electoral permanente, llamando a “defender la patria”. Deje las mentiras, guarde el guion del enemigo externo y póngase a trabajar en lo que verdaderamente le toca: pacificar al país y gobernar para todos.
La doble moral presidencial: Injerencia afuera, debilidad adentro

El discurso oficialista de la Presidenta sobre la “no intervención” y la soberanía nacional se cae a pedazos por su propio peso. Resulta paradójico —por no decir hipócrita— que acuse a medio mundo de injerencista mientras ella misma se empeña en meter las manos en la política de otros países.
¿Con qué calidad moral se queja de la mirada extranjera si no pierde oportunidad para opinar sobre los procesos electorales en Colombia? ¿Con qué autoridad defiende la soberanía cuando corre a respaldar activamente a personajes como Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, ignorando sus cuentas con la justicia, o cuando se alinea sistemáticamente en favor de los regímenes de Nicolás Maduro y la dictadura cubana? La mandataria predica una doctrina de respeto que solo aplica cuando le conviene; cuando se trata de sus aliados ideológicos, la injerencia es su deporte favorito.
El enemigo en casa y la falta de autoridad
Pero mientras la Presidenta se distrae jugando a la geopolítica de izquierda, la realidad del país le estalla en la cara. Tanto nos repitieron que “nadie iba a invadirnos”, para que al final resultara que la invasión venía desde adentro.
La reciente toma y el bloqueo de Paseo de la Reforma a manos del CNTE —un grupo que se supone cercano a su propia base— es el vivo retrato de la ingobernabilidad. No conformes con estrangular la capital, los manifestantes derribaron estatuas emblemáticas y referentes del próximo Mundial, dando un espectáculo lamentable ante los ojos del mundo.
La gran pregunta que queda en el aire es: ¿Dónde está la autoridad? ¿Dónde está el poder del Estado para poner orden?
Es una vergüenza internacional que su propia gente humille de esa manera a las instituciones y al espacio público sin que nadie mueva un dedo. La inacción presidencial ante estos atropellos no es prudencia, es debilidad. Al final del día, la Presidenta demuestra que carece de la fuerza y del liderazgo para controlar incluso a los suyos, dejando al país en un total estado de indefensión y vulnerabilidad frente al caos. Ya no más.
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