Por Manuel Gutiérrez
No está en cartelera por ahora, tal vez en breve tiempo. Se trata de una película francesa hecha hace un año, basada en una novela de Giuliano da Empoli. Y aquí viene el dato que me conmueve y me motiva a que tengo que ir a ver la película “El mago del Kremlin.
El guion de cine fue hecho por EMMANUEL CARRÈRE, con la dirección de Olivier Assayas. El primer punto es que debió llamarse El Mago de Oz del Kremlin, porque su planteamiento es como el cuento que se oferta como infantil, pero en realidad es un estudio de ciencia política y económica, porque la historia de L. Frank Baum de 1900 representa el choque entre el patrón oro y la plata para regir el tesoro de la nación.
La Ciudad Esmeralda, en una ficción irreal de propaganda, una especie de sociedad que vive mitos, en la que el Mago es un engaño que ejerce el poder mediante mentiras; incluso muchos han encontrado significados ocultistas a esta historia llevada a revisión en fechas recientes con la obra y las dos películas de Wicked, con la Bruja del Oeste que es la mala, pero buena, y la buena no lo es en realidad. Pero titularla así generaría conflictos de interés y de marca registrada.
Obvio tengo que explicar por qué Emmanuel Carrère resulta tan importante: Primero, es hijo de Hélène Carrère d’Encausse, y su padre fue un general de los rusos blancos que lucharon contra los bolcheviques. Hélène fue eurodiputada e integrante vitalicia de la Academia Francesa; eran descendientes de aristócratas de Georgia.
Hélène impartió cursos en la Sorbona, así como en el Instituto de Estudios Políticos de París; fue destacadísima como intelectual europea y una autoridad completa en materia de estudios relacionados con Rusia, desde el zarismo al régimen soviético y lo que sucedió posteriormente, y fue autora de 15 obras sobre historia de Rusia (todas con título en francés, no las citaré) y, adicionalmente, biografías muy profundas sobre Catalina II de Rusia, Lenin, Nicolás II y Stalin, entre lo más reconocido.
Hélène se casó con un empresario de seguros, Edouard Carrère, hijo de prestigiados concertistas, pianistas y directores del Conservatorio, y tuvo como hijo a Emmanuel, que es un descollante escritor y, para variar, un experto en el tema de Rusia hasta la actualidad, con una obra abundante y destacada.
Su hermana es Nathalie, abogada destacada, y Marina, que es doctora en medicina y presentadora de televisión. Emmanuel ha escrito bastante, veamos sus aportes: es diplomado por el Instituto de Estudios Políticos de París. Entre sus obras de ficción están: La amiga del jaguar, editada en 1983; Bravura, en 1984; El bigote y Una semana en la nieve.
En sus novelas históricas tiene: El adversario, en el 2000; Una novela rusa, en 2008; De vidas ajenas, en 2009; Limonov, en 2011, sobre un personaje similar a su padre; Yoga; El reino; V13 y la más reciente de este año, Koljós, en la que usa la figura del colectivo agrícola ruso porque en Georgia es una forma de referirse a la familia, y presenta una semblanza de los antepasados y actuales Carrère.
Entonces, al convertirse en guionista de cine, pues hay que verlo.
*EL MAGO DEL KREMLIN*
Con un sabor orwelliano, la cinta francesa plantea que el poder actual, político y económico, actúa sobre una serie de pantallas y manipulación emocional. De hecho, crea un estado de enajenación en las sociedades modernas que terminan adorando al caudillo, aunque arroje al país al abismo.
Para Emmanuel, Rusia es un laboratorio colosal de propaganda que sigue hipnotizando al pueblo, el cual acepta la narrativa oficial de los hechos sin críticas o cuestionamientos. Mediante el recurso de un narrador, se realiza un viaje a Moscú para buscar al hombre que creó el sistema propagandístico; se trata de Baranov, un productor de televisión que entendió que en el siglo XXI la política es cuestión de… entretenimiento, control mediático, promotion emocional de primitivas características, creando mitos, enemigos y creencias que son reales porque son televisadas.
Baranov crea a un personaje (Putin) que es presentado como un burócrata de pura cepa, bastante común, pero que con el manejo del sistema se convierte en el caudillo esencial. La cinta empieza con la provocadora escena de una científica rusa que puede citar de memoria a Pushkin, de memoria, pero cree firmemente en el monumento digital que controla todo y, por tanto, declara que “Putin devolvió la dignidad de ser rusos”, interpretada como personalidad rusa de conquista, de superioridad, de control total y deseos imperiales.
Para Carrère es una víctima de la enajenación, pero el esquema de la cinta va un poco al estilo de las películas de horror, con un sistema que se convierte en un monstruo incontrolable que vive por sí mismo, y hasta fuera de las ideas del caudillo.
Luego de Gorbachov vino una era de incipiente democratización de la sociedad rusa, alineada con Europa y el mundo occidental hasta casi el año 2000, en que adicionalmente se impulsó para el desarrollo un capitalismo en fase de supercapitalismo, y se esperaba que Rusia siguiera dentro de ese modelo.
Pero de 1990 al 2000 los resultados aterraron a la sociedad rusa conservadora y tradicional. La juventud se mostraba rebelde, sin guía alguna o control, y sin seguir ninguno de los principios del Estado o ideales de la patria. Adicionalmente, la drogadicción se extendió y un espectro de Sodoma moderno se presentó en la sociedad rusa, lo que aterró a la Iglesia ortodoxa, mientras la prostitución crecía, la falta de oportunidades aumentaba, y los militares que habían sido condecorados estaban ahora de limosneros en las calles.
Es decir, Rusia rompe con los valores europeos a los que, desde Catalina e Iván, aspiró, siguiendo un camino de transferencia tecnológica y militar, así como estilos de vida. Rusia optó por el ruso salvaje, excesivo, superior, y Carrère retrata todo eso, pero con profundidad, no como simple observador de lejos.
La cinta, por cierto, está hablada en inglés, y Jude Law es el protagonista de Putin. Carrère plantea el encanto de Europa que modela el centro de Rusia, como Moscú y San Petersburgo, que son lo más versallesco de las latitudes orientales: el arte, los museos, las catedrales, el boato y el estilo de vida.
Aquí entra el nudo de la cinta, que no puedo anticipar porque no se debe y porque no la he visto, pero por las cartas de credencial de Emmanuel, es obvio que se trata de un trabajo interesante para los observadores de los fenómenos de esa zona, en particular la guerra de invasión a Ucrania.
Carrère arriesga a ser comprendido o incomprendido, porque muchos, incluso cineastas que han analizado la película como Fernando Zamora en Milenio, no entienden la pugna emocional que se percibe en Dostoievski, en la música de Músorgski o de Tchaikovsky, en el ballet y en todo el arte ruso.
Es decir, existe un elemento de aspiración europeo en lo ruso, y existe lo genuinamente ruso, tal vez primitivo pero esencial; debemos aspirar a entender que lo ruso es resultado de esos encuentros culturales. Si bien Rusia no es un país tan oscuro como Corea del Norte, que es el extremo del extremo, sí padece pugnas internas y de identidad todavía a estas alturas.
Porque hasta Marx y el propio Lenin llegaron a lamentar que la revolución bolchevique fuera rusa, más que alemana o inglesa. Porque los marxistas sostienen que pasaron del feudalismo medieval a la sociedad del futuro, según Mijaíl Bakunin, Pitirim Sorokin y otros pensadores, algunos desahuciados por trotskismo. Lo cierto es que el juguete del poder que representa en la cinta tiene que ofertar ángulos agudos y lúcidos de un conocedor tan profundo de la vida rusa.
Emmanuel Carrère, en las últimas fechas, pasó a ocupar los grandes espacios noticiosos con una revelación: que su madre Hélène (ya fallecida) fue invitada por la KGB de Rusia a unirse como espía en favor de la lucha de la revolución mundial, para lo cual le ofertaron halagos, dinero a raudales, honores y una preponderante carrera política en Europa, apoyada en el dinero de dólares o euros rusos.
Hélène no aceptó. Pero el reto de esta reconversión, dado que es una familia que escapó con su abuelo como un general enemigo del bolchevismo, no obstó para que los rusos buscaran en la era de Putin sumarla a sus agentes en la red mundial conspirativa.
De ahí a entender los sueños imperiales de Putin, es muy interesante cómo entre el director y el guionista retratan el mundo ruso, así como a su caudillo actual. Por ello, cuando llegue, estoy obligado por curiosidad a ver a Jude Law, que me parece un actor completísimo y admirable darle vida a un Putin de celuloide.
El planteamiento, que encima recorre la historia del populismo que ha triunfado en el mundo, desde Trump, López Obrador, Lula, Petro y otros personajes (algunos de ellos ya de salida), encarnan un retrato de un método de conquista del poder, de mentir para obtener votos y de ofertar paraísos imposibles. Espero haber dicho por qué me siento atraído a ver El Mago del Kremlin, porque en ocasiones el cine sintetiza sistemas de ideas, argumentos fabulosos y frases que pasan a formar parte del arsenal y de los clichés que quedan en la memoria de las personas.
Para Zamora no es tan creíble. Pero para quienes tenemos 5 años siguiendo los datos que llegan de diversas fuentes en relación a ese país y su guerra en Ucrania, sí puede darnos un boceto realista. Se espera que la cinta corra con suerte en los festivales; quizás llegue a México y se corte su estancia, porque no recibimos mucho de cine francés, ya sea como parte de festivales o de salas de iniciados. Incluso, con el tiempo terminará en el canal Europa, como muchas producciones incluso rusas que se hicieron recientemente y algunas son terribles denuncias de genocidios, como Insolación: de cómo eliminaron a la cepa de oficiales zaristas, siendo más que los bolcheviques, pero muy correctamente obedecieron la orden de desarmarse y desmovilizarse; y en los conflictos del siglo XX, esta etapa suele ser precedente de la aniquilación total (mueren más que en las batallas).
En el caso de Insolación, en un barco atiborrado de oficiales zaristas, los rojos hundieron el navío en el Volga luego de encerrarlos para que no pudieran huir, y de hecho nadie lo hizo; una operación de la Checa, abuela de la KGB y hoy FSB.
Y en eso, el cine ruso, como el francés, oscila entre los directores y guionistas, y en ocasiones se desvirtúan a sí mismos como objetos propagandísticos, pero ofrecen memorables obras que no figuran realmente más que en el Óscar a mejor película extranjera, lo que es poco porque se deja todo al mundo de Hollywood; pero el cine europeo y de otras latitudes vale la pena, como algunos productos polacos o alemanes, por ejemplo, El curandero.
El Mago del Kremlin, cuando la encuentre, véala; otra opción es que llegue por medio de servicios digitales.
Espero haberlo contagiado del interés.
Y curiosamente, una aclaración: John le Carré es un autor británico, autor de un libro muy bueno, dicen los críticos en contexto, pero lento en el ritmo, aunque alaban la tenacidad de leerlo, La Casa Rusia, por su trama de espionaje entre Inglaterra y Rusia. La verdadera lucha que no representa el osado casi superhéroe que representa el 007 de Ian Fleming, el verdadero agente que encarnó a James Bond y que creemos fue deformado por Craig, Dalton y Pierce Brosnan y otros intérpretes; aunque con acción a raudales y éxitos de taquilla garantizados, no son el verdadero medio en que debió jugar Bond, con más intrigas que piruetas. Muchos confunden que lo hizo Emmanuel Carrère, pero él no es autor de La Casa Rusia.
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