Por Manuel Gutiérrez.
El New York Times confirmó la serie de ataques realizados contra la antes segura ciudad de Nizhnekamsk, Rusia, en este mes de agosto con 13 muertos y 39 heridos en la ofensiva, atacando centros industriales y civiles de Rusia, lo que incluyó la refinería de Taneko, todo ello a 885 kilómetros al este de Moscú, la refinería dicen más grande del mundo.
Parecería ya un hecho sobresaliente, pero la historia se repitió con drones marinos y aéreos en la base naval de Novorossiysk, uno de los principales puertos del mar Negro, a donde se retiró la flota rusa, dado que Crimea y Sebastopol ya estaban en el radio de alcance de los ataques de Ucrania; ahora la flota necesita irse más lejos de Krasnodar, a Novorossiysk, un puerto de 8.3 kilómetros de largo, con una gran línea de atraque de los barcos, pero ya no es seguro, tampoco los astilleros dedicados a reparar naves de guerra, de carga y submarinos.
Pero el mundo está en cambios a velocidad del rayo en materia de geopolítica. Ucrania ha tenido la inteligencia de mostrar que su guerra contra Rusia es la misma que sostienen Israel y Estados Unidos contra Irán, e incluso versiones no confirmadas hablan de un ataque de sabotaje a 6 mil kilómetros de Ucrania, muy cerca de la frontera de Corea del Norte, lo cual no se ha podido confirmar; pero la existencia del eje Rusia-Norcorea-Irán, con China detrás sin aparecer en la obra, pero suministrando apoyos determinantes, ha creado un frente mundial que nadie imaginó que podría darse y que está afectando las decisiones geopolíticas del mundo, y era de esperarse que Ucrania buscara represalias adicionales al frente.
Uno de esos hechos fue la visita de Putin a las islas Kuriles, 4 de ellas que tienen reservas de oro y plata, otros valiosos minerales y zonas de rica pesca. Estas islas se anexionaron al término de la Segunda Guerra Mundial en que Stalin intervino en Asia, para lograr dos cosas: la primera, quitarle esos territorios en disputa a Japón, por los que hubo ya una guerra naval antes de la Primera Guerra Mundial, con la célebre batalla de Port Arthur en que Japón humilló a la naval zarista.
Stalin intervino en Asia, para luego con sus tanques acelerar la caída del Kuomintang de Chiang Kai-shek, debilitado por la lucha de liberación contra Japón, apoyando a Mao Tse-tung que realizó la Larga Marcha, pero evadiéndose de la batalla contra el Japón; luego, con el apoyo ruso, se volvieron contra los nacionalistas que se refugiaron en Taiwán.
Luego, con gran oportunismo, el gobierno soviético giró para crear la China Comunista, que Rusia supuso y mantuvo bajo su control político por lo menos hasta los años 80 del siglo XX en que las cosas cambiaron radicalmente y China emergió como una gran potencia.
Incluso hubo fricciones fronterizas y la amistad sino-soviética era más de teatro que de realidad, pero conformaron las guerras de Indochina, Vietnam y Camboya incluidas.
Putin asistió a grandes maniobras navales conjuntas con China en Sajalín, y luego pasó a las islas Kuriles, de las cuales 4 son consideradas territorio del norte de Japón, en tanto que Rusia sostiene que son territorio sur de ellos.
Putin comió caviar y alabó el grato clima de Iturup, donde sostuvo que garantiza la seguridad de las fronteras orientales, aunque sus promesas se rompieron en Ucrania.
La respuesta de la primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, calificó la presencia de Putin como “absolutamente inaceptable” y que “hiere los sentimientos del pueblo japonés”, en tanto el ministro de Japón de Relaciones Exteriores, Toshimitsu Motegi, presentó una enérgica protesta, y Japón reiteró que es su territorio con las otras tres islas: Kunashir, Shikotan y Habomai. La situación es vista en Japón como una fuente de amenaza para su seguridad.
Corea del Norte, por su parte, movilizó más tropas y suministros militares, entre ellos misiles norcoreanos que está usando Rusia en sus ataques a ciudades de Ucrania, por lo que haber ocurrido el ataque abre posibilidades de un conflicto mucho mayor partiendo de la guerra de invasión a Ucrania.
María Zakharova, portavoz diplomática de Rusia, consideró que Japón externa una política “antirrusa rayana en la hostilidad” y que Tokio vuelve a “estar obsesionado con discursos revisionistas”; parece discurso de la era soviética.
Las mociones y gestiones legales y en la ONU para la devolución de esos territorios fueron presentadas oficialmente desde 2003; para colmo, las islas Kuriles, como algunos estrechos del mundo que hemos citado (Ormuz), son de enorme importancia geopolítica porque quedan muy cerca de Vladivostok, puerto oriental de Rusia, entonces son un teatro natural si estallan las hostilidades.
En 2026 Japón se ha rearmado, tiene submarinos suficientes, aviones F-35 y ha convertido barcos amplios de buques transporte en portaaviones de bolsillo, y tiene un formidable surtido de misiles de crucero y otro tipo de armas, y es un ejército moderno, por lo que no hablan carentes de fuerza real.
La geopolítica se está alterando por todas partes: no se trata de mapas y fronteras o de estadísticas de cuántos aviones, soldados y tanques tiene cada quién; nuevos bloques se forman en todo el mundo como construcciones políticas derivadas de antagonismos irreconciliables y de una Rusia de Putin que, aún sin ganar en Ucrania, insiste en crear más frentes.
Hay pensadores geopolíticos que afirman lo anterior, como el europeo Gérard Toal, pero esto es motivo de estudios de diversos organismos dedicados a estrategia e incluso integrados en las más serias universidades.
Por otra parte, Aleksandr Dugin, de alguna manera prorruso, espera una nueva era de un neo-eurasianismo en que el orden mundial será regentado, supone él, por Rusia; pero China está rebasando sin guerra oficial el protagonismo y su propia carrera militar para lograr la hegemonía mundial y está por encima de Rusia, lo cual no creo que le agrade a Putin.
Dugin considera que la civilización europea es marítima (España, Portugal, Inglaterra, Francia y otros países fundamentaron en su expansión comercial y naval de guerra el crecimiento de sus aspiraciones territoriales o de prosperidad, crearon imperios de ultramar).
Esto choca con la esfera asiática-rusa, una contradicción profunda y estructural; pero al chocar en Ucrania, la convirtieron en la bisagra.
Su resultado determinará el equilibrio de poderes del mundo próximo. La geopolítica ya no es una ciencia teórica, se está convirtiendo en una interpretación fáctica, con capacidad normativa, de un orden mundial nuevo que reta al poder de Occidente.
La acción de Europa, separada de los Estados Unidos, colocó en Ucrania la idea de que estamos ante una confrontación definitiva en esta parte del siglo XXI en que Rusia se convierte en una amenaza real estructural. La legitimidad de las acciones que pueden concurrir en el uso de fuerzas armadas son narrativas elaboradas para explicar la movilización.
Por ejemplo, Rusia está buscando una intervención en Moldavia para romper el mapa de apoyos de Europa y de Ucrania; eso amenaza al Báltico, a los países nórdicos, como si la guerra estuviera saliendo exitosamente.
Moldavia es objeto de un sabotaje híbrido a gran escala, con subvenciones a clérigos ortodoxos que, aparte del soborno, con facilidad aceptan a Putin como un defensor de la moral decadente de Occidente; entonces es un salvador de las buenas costumbres.
Políticos, partidos, todo para lograr que Moldavia se descarrile en su camino a Europa, aunque la población prefiere, como toda Europa Oriental, unirse a ese modelo. Incluso Bielorrusia, pero no puede hacerlo por la dictadura de Lukashenko y está uncida a la suerte de Moscú.
Por otra parte, Trump movió el orden geopolítico al orientarse contra China, buscando el apoyo inverosímil de Rusia en una jugada que permita la hegemonía industrial, económica, comercial y una notable superioridad militar.
Europa reaccionó ante Ucrania como una guerra incómoda, pero es preferible pelear en Ucrania y con ucranianos que con sus fuerzas en un choque directo y con bombas cayendo en sus propiedades y en sus ciudadanos; pero al ampliarse las aspiraciones de Putin, haría que la chispa estalle en Polonia o Alemania, que son objeto de violaciones a su territorio por drones furtivos de Rusia, e incluso proyectiles que han explotado en Rumania.
Las sanciones internacionales no resultaron suficientes porque Ucrania ha demostrado tecnologías occidentales en los misiles que las atacan, los cuales fueron comercializados y disfrazados y llegaron por vía de China. Incluso marcas como Texas Instruments son parte de los misiles de Rusia.
Estados Unidos, que pretendió sacudirse el peso de la defensa de Europa y su ayuda, ahora enfrenta en este conjunto de 32 a 22 países otro bloque con ideas propias, y eso lo llevó a revisar si no está equivocado con Rusia, que sabe perfectamente la realidad de los resultados de su guerra.
Zelenski, por su parte, ha jugado la carta de que quien llegue al frente es enemigo y hay que dispararle, sea iraní, norcoreano o chino. Su acción le mostró a Trump que Ormuz es parte de la misma ecuación, y este ya no pudo negarla; eso cambió el concepto de la guerra actual.
Mientras tanto, la economía de guerra se dispara en el mundo: Rusia aplica ya un 7.5 % del PIB y paga lo necesario a los intermediarios para conseguir los insumos tecnológicos que le permitan mover su guerra. Su cambio a una economía de guerra de manera aparente resuelve el desempleo al obligar a todos a participar en la producción de objetos militares, pero los efectos inflacionarios y los bloques de capitales incautados en Europa por 300 mil millones de dólares son bastante dolorosos. Las sanciones siguen llegando, pero las amenazas de Trump contra Putin no se cumplieron en esta administración.
Sin embargo, Putin continúa acelerando porque si se detiene será el fin de su guerra; incluso, de ser preciso, hay que abrir más frentes. La guerra es un motor.
La visita a Japón fue un acto de provocación deliberado; Putin sabía que encendería el ánimo nipón, pero lo hizo con la intención de agregar otra presión sumada a la de China en Taiwán, por el Pacífico.
La geopolítica se está tornando en una repetición de lecciones de la Segunda Guerra Mundial. Hitler en plena guerra logró escalas de producción increíbles con Albert Speer, pero como parte de una economía de guerra. Cuando vio que era imposible invadir a Inglaterra, supo buscar la salida al Oriente con la Operación Barbarroja para invadir Rusia.
Parecía un acto descabellado, pero nada es tan rigurosamente frío como la mente de los dictadores, que saben que detenerse paraliza el proyecto de economía de guerra que llevó a los nazis a resistir por 5 años una guerra mundial en dos frentes gigantes, con bombardeos monstruosos a diario; pero la guerra a la vez daba trabajo para todos y las fábricas no paraban.
Hoy Putin aplica el mismo concepto, la “economía de guerra”, y hará lo que sea necesario para que la máquina no se detenga; eso es lo peor que puede pasarle. Cuando eso sucede se caen los engranes de la economía, y eso lo sabe a la perfección.
Por ello, en plena adversidad de resultados plantea otra colosal ofensiva o provoca a países fronterizos a iniciar otra escaramuza que se convierta en otro frente.
Porque, por increíble que parezca, la guerra se alimenta de sí misma; si se tienen materias primas, tecnología y aliados, es un impulso que por el momento parece ser autónomo, automático, pero que mantiene a un país operando.
Cuando esta etapa termine, el desplome económico será de antología; pero quizá en esas se ganen nuevos territorios, botín compensatorio o, al menos, se mantenga Putin en el poder como el supremo dictador; en China, en tanto, Xi Jinping asume mantos de emperador personal que gobierna a 1,500 millones de seres… en un entorno de cambios estructurales.
La geopolítica es una realidad, es un hecho. Negarla es navegar en un mundo convulso sin brújula.
El frente de batalla de Ucrania-Rusia es ya una guerra mundial: en ambos bandos mueren asiáticos, africanos, europeos, latinoamericanos, con engaños o por ideología, pero más por la promesa de jugosos pagos se alistan en una aventura final. Y ya engloba lo mismo al Medio Oriente tan distante, pero tan cercano.
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