Por Laura Gutiérrez Franco
Lo ocurrido la tarde del pasado miércoles en la Terminal de Almacenamiento y Servicios Portuarios Pajaritos, en Coatzacoalcos, Veracruz, no es un hecho aislado ni una simple jugada del azar. Aunque el discurso oficial de Petróleos Mexicanos (Pemex) se apresuró a responsabilizar a las inclemencias del tiempo —atribuyendo el incendio en la cúpula de un tanque a la caída de un rayo por una tormenta eléctrica—, la realidad operativa cuenta una historia mucho más preocupante: la peligrosa obsolescencia y el abandono sistemático en las instalaciones de la petrolera estatal.
Resulta irónico que, en la narrativa del gobierno, los rayos parezcan tener una extraña predilección por impactar justo en las zonas más vulnerables de las plantas petroleras. Lo que la versión oficial suele omitir es que las normas internacionales de seguridad industrial en el sector hidrocarburos exigen sistemas de pararrayos, tierras físicas y redes de contención atmosférica en perfecto estado, precisamente para evitar que un fenómeno meteorológico común desencadene una emergencia de grandes proporciones. Cuando un rayo provoca un incendio de esta magnitud, la pregunta no es por qué cayó la tormenta, sino por qué fallaron las defensas que debieron neutralizarla.
Una cadena ininterrumpida de “accidentes”
El siniestro en Pajaritos se suma a una larga y conocida lista de contingencias que se han vuelto cotidianas en la geografía petrolera del país. De norte a sur, las refinerías, complejos petroquímicos, plataformas marinas y redes de ductos de Pemex operan bajo una presión constante y con un margen de seguridad cada vez más delgado. Fugas, explosiones, paros no programados e incendios recurrentes ya no sorprenden a la opinión pública; se han transformado en la sintomatología evidente de una empresa a la que se le exige producción máxima pero se le escatima el mantenimiento preventivo básico.
Especialistas del sector energético y auditores independientes han advertido de forma insistente que los recortes presupuestales y la postergación de las labores de rehabilitación en la infraestructura existente pasan factura tarde o temprano. Las plantas operan con equipos golpeados por el paso de las décadas, parches temporales y una carencia crónica de refacciones originales, convirtiendo a los centros de trabajo y a las comunidades aledañas en zonas de riesgo permanente.
La quiebra técnica y la factura del abandono
El trasfondo de esta fragilidad operativa es financiero. Pemex sigue arrastrando el estigma de ser una de las empresas petroleras más endeudadas del mundo, un gigante con pies de barro que sobrevive gracias a recurrentes inyecciones de capital público, exenciones fiscales y rescates del erario. Sin embargo, estos millonarios recursos no se han traducido en una reestructuración financiera ni en una modernización integral de sus procesos de producción y almacenamiento.
El dinero público canalizado a la empresa parece diluirse en el pago de pasivos y en la cobertura de gastos corrientes, mientras la capacidad instalada se degrada a la vista de todos. Se habla de soberanía energética en el papel, pero en la práctica se mantiene una infraestructura vulnerable donde cualquier contingencia paraliza procesos, pone en riesgo vidas humanas y destruye valor económico.
El incendio en Pajaritos —que afortunadamente no dejó víctimas mortales esta vez— debe leerse como una llamada de alerta sobre el modelo con el que se administra la empresa más importante del país. Renunciar a una reingeniería profunda de Pemex y continuar administrando los accidentes bajo la narrativa de la “fatalidad” o el “mal clima” solo pospone una crisis industrial mayor. La infraestructura nacional no requiere justificaciones meteorológicas; exige inversión real, mantenimiento técnico sin regateos y una gestión financiera que deje de apostar al riesgo.
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