Por Laura Gutiérrez Franco
En el teatro político de las mañaneras, el lenguaje no es un accidente; es un síntoma. Este lunes, la presidenta Claudia Sheinbaum volvió a incurrir en un clásico de su repertorio verbal: llamar sencillamente «presidente» a Andrés Manuel López Obrador, omitiendo el incómodo y formal prefijo de «expresidente». Y no fue un tropiezo aislado de pasillo, sino una constante que repitió al menos dos veces en vivo, sin pausa, sin corrección y sin el menor atisbo de pena.
Para la narrativa oficial, se tratará de una simple inercia del lenguaje o de un mero hábito del discurso. Sin embargo, en la lectura fina del poder, el subconsciente no traiciona: simplemente revela la jerarquía real. A ver, por qué no se refiere a Felipe Calderón como presidente, ¿verdad que no?
Mientras el país asiste a las conferencias matutinas para escuchar a quien ostenta el título institucional, las palabras terminan por delatar la estructura del régimen. Que la mandataria le siga rindiendo ese homenaje cotidiano al de Macuspana —nombrándolo en presente y con el cargo pleno— no es una falta de atención, sino el reflejo de una relación política donde la titularidad formal parece reservada para la gestión diaria, mientras que la autoridad moral y el mando de fondo permanecen intactos en el origen.
Esta deferencia simbólica cobra aún más relevancia en momentos donde la agenda pública intenta marcar distancia o matizar decisiones clave, como las declaraciones vertidas sobre la situación de Rubén Rocha Moya y los presuntos distanciamientos entre Palacio Nacional y el retiro tabasqueño. Por más que se insista en que las decisiones se toman de forma independiente, el lapsus repetido expone lo evidente: la sombra del antecesor sigue marcando la línea, el ritmo y el tono del proyecto.
Lo verdaderamente paradójico es cómo este «detalle» pasa desapercibido en la discusión cotidiana o se reduce a un dato anecdótico. En cualquier otra administración, que el titular del Ejecutivo federal se refiera sistemáticamente a su antecesor como el mandatario en funciones encendería todas las alarmas sobre la titularidad del poder. Aquí, en cambio, la repetición del término «presidente» opera casi como una confirmación implícita de las funciones: una gerencia dedicada a la ejecución y una figura tutelar que, aun a la distancia, sigue dictando el rumbo de la política nacional.
El fenómeno no es menor ni se limita a una simple distracción frente al micrófono. Para diversos analistas políticos, esta constante referencia en presente expone la paradoja de un mandato que busca proyectar autonomía mientras mantiene una lealtad narrativa absoluta hacia la figura que lo originó. Al evitar sistemáticamente la etiqueta de «expresidente», el discurso presidencial transmite, de manera implícita, que la investidura no terminó con la entrega del bastón de mando, sino que se ha transformado en una presencia permanente que tutela las decisiones estratégicas de la autodenominada Cuarta Transformación.
Mientras tanto, en la opinión pública y en las filas de la propia militancia, este hábito verbal refuerza la percepción de una jefatura compartida. El hecho de que ni la propia mandataria ni su equipo de comunicación consideren necesario rectificar en pleno evento en vivo demuestra hasta qué punto está naturalizada esa relación de subordinación política. Lejos de ser un detalle menor, cada mención a López Obrador como mandatario en funciones alimenta la tesis de una presidencia dividida entre la operatividad administrativa en Palacio Nacional y el peso político que se sigue ejerciendo desde Palenque. Claudia siempre será Amloísta, nunca independiente.
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