Por Laura Gutiérrez Franco
A unos días del Informe Presidencial, la superproducción propagandística del régimen se le desmorona en vivo al oficialismo. Lo que vendían como un equipo indivisible en “La Casa de los Mañosos” se ha convertido en una sala de urgencias donde la narrativa de “unidad y honestidad” se estrella de frente contra las carpetas de investigación, las licencias forzadas y el control de daños.
El guion oficial pretendía llegar al Informe con una escenografía perfecta, pero los verdaderos protagonistas se están saliendo del libreto. En Sinaloa, la caída de Rubén Rocha Moya es la prueba más contundente de que el manto de impunidad tiene límite cuando el costo político se vuelve insostenible. Al solicitar su segunda licencia al cargo, el gobernador no solo abandona el estado sumido en la ingobernabilidad; confirma que la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y la dirigencia de su propio partido le han retirado el respaldo. El “cuarto” que antes lo blindaba decidió dejarlo solo para evitar que el escándalo termine por salpicar la tribuna presidencial.
Pero la grieta de la narrativa no se detiene en los estados. En las altas esferas del movimiento, donde se presumía una autoridad moral intachable, las revelaciones sobre el negocio del combustible robado alcanzan el corazón de la familia real. La aparición del nombre de Andrés Manuel López Beltrán, “Andy”, en testimonios vinculados a las redes del huachicol, derrumba el mito de la pureza gubernamental y deja al descubierto que los hilos del poder económico y la influencia política corrían en paralelo al discurso de austeridad.
Esta es la verdadera dinámica de “La Casa de los Mañosos”: cuando las evidencias desbordan a la propaganda, la lealtad se acaba y empieza el sálvese quien pueda. Mientras la maquinaria gubernamental sigue gastando fortunas en publicidad mañosa para promocionar una realidad de fantasía, la opinión pública observa cómo los personajes clave van perdiendo el fuero, la protección y el disfraz de inocencia.
A las puertas del Informe, el discurso triunfalista se lee totalmente falso. No se puede hablar de un país sin corrupción ni complicidades cuando los propios habitantes de la casa de poder están saliendo por la puerta trasera o siendo señalados en expedientes de alto impacto. La realidad económica y la justicia terminaron por reventar la transmisión.
Lo más grave de este teatro de sombras es que el espectáculo no sale gratis. El presupuesto multimillonario invertido en la promoción del Informe Presidencial —desplegado en espectaculares, espacios digitales y pautas oficiales— sale directamente del bolsillo de una ciudadanía acorralada por la inflación y la pérdida de poder adquisitivo. Mientras el erario sostiene la maquinaria publicitaria para maquillar el fracaso gubernamental, áreas prioritarias como la infraestructura carretera, el acceso a la salud y la seguridad pública sufren recortes brutales para financiar la narrativa del régimen.
En el fondo, la crisis de “La Casa de los Mañosos” retrata la inviabilidad de un proyecto que pretendió sustituir los resultados de gobierno con estrategias de comunicación masiva. Las familias mexicanas y las micro, pequeñas y medianas empresas no comen de discursos triunfalistas ni se protegen del crimen con otros datos. La inversión privada se contrae y la incertidumbre laboral crece precisamente porque el capital y los generadores de empleo no atienden a la propaganda, sino a las señales objetivas de un país donde el Estado de derecho se disuelve en beneficio de las cúpulas partidistas.
El Informe Presidencial pasará y los aplausos hechos desde la línea oficial se disiparán rápidamente, pero el costo de este tiradero institucional se quedará con los ciudadanos. La lección que deja esta temporada de derrumbes políticos es clara: por más dinero público que se gaste en controlar la pantalla, no hay guion publicitario capaz de ocultar la ingobernabilidad, la corrupción ni la factura económica que este espectáculo mañoso le está cobrando a México.
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