Por Laura Gutiérrez Franco
En la narrativa oficial del segundo Informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, México navega por mares de prosperidad absoluta. Se presume una inflación supuestamente bajo control ubicándola en un “módico” 3.1 por ciento anual, una tasa de desempleo históricamente baja del 2.7 por ciento y una estabilidad financiera que, en el papel, suena impecable.
Sin embargo, basta con salir a la calle, hacer la compra de la semana o pagar la renta del mes para constatar que el discurso del Ejecutivo y la realidad del bolsillo ciudadano corren por rieles completamente opuestos.
El primer gran abismo entre el escritorio oficial y el mercado de la esquina es precisamente esa inflación del 3.1 por ciento que presume la presidenta Sheinbaum. Mientras en el Informe se aplauden los promedios y los porcentajes moderados, en la vida real la canasta básica no deja de encarecerse y el dinero alcanza para menos. Quien paga una renta sabe que los alquileres se han vuelto sofocantes; los servicios básicos —agua, luz, gas— suben de manera constante y silenciosa, mientras el costo del alimento no da tregua.
Presumir una cifra inflacionaria tan baja como trofeo político es una burla para las familias que ven cómo su salario real se evapora antes de llegar a la quincena. Pero el malabarismo estadístico más severo se da en el mercado laboral. Presumir una tasa de desempleo del 2.7 por ciento requiere de una dosis muy alta de cinismo o de una contabilidad sumamente tramposa.
Lo que no se dijo con la misma elocuencia en el Informe es que más del 50 por ciento de la población ocupada en México sobrevive en la informalidad: sin seguridad social, sin prestaciones, sin estabilidad y al día.Las cuentas que entrega el INEGI responden a criterios metodológicos que terminan por maquillar la tragedia: para las métricas oficiales, basta con que un ciudadano haya trabajado tan solo una hora o un día al mes —vendiendo algo en el crucero o haciendo un trabajo eventual— para ser catalogado formalmente como “empleado”.
Convertir la precariedad y el subempleo en una cifra de éxito es un engaño monumental.Esta desconexión institucional no es casualidad, sino un modelo de comunicación enfocado en maquillar el estancamiento.
Mientras la Presidenta enumera con orgullo montos multimillonarios destinados a los programas sociales, omite mencionar que la falta de inversión productiva y el deterioro de los servicios públicos de salud y educación obligan a los ciudadanos a gastar de su propio bolsillo lo poco que reciben del gobierno. Es un círculo vicioso donde el dinero regresa al mismo punto: a intentar cubrir deficiencias que el Estado prometió resolver.
Por si fuera poco, el sector empresarial y las PYMES —verdaderos motores de la economía nacional— continuán asfixiados entre una tramitología voraz, el cobro de piso por parte de la delincuencia y la falta de estímulos fiscales reales.
Sin embargo, en el informe presidencial este México trabajador no existe; solo se ven cifras globales de inversión extranjera que benefician a unos cuantos sectores y que jamás percolan hacia la tienda de abarrotes, el taller o la pequeña oficina de la esquina.
El país no se mide por las cifras macroeconómicas pulidas para la foto presidencial, sino por la capacidad de compra de la gente de a pie. La economía real no se vive en los boletines gubernamentales ni en los aplausos del Congreso; se sufre en la carnicería, en el camión y en el recibo de la luz. Que no nos engañen con cuentas alegres: la prosperidad del discurso oficial jamás ha llenado la mesa de los mexicanos.
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