Por Manuel Gutiérrez
Hay fechas felices en nuestro calendario histórico que en el pasado valoraban de otra forma los sucesos. Hoy veremos unos breves relatos del Abrazo de Acatempan y luego de la entrada a México del Ejército de las Tres Garantías, una fecha por demás gloriosa que se suma a la coronación del primer emperador de México, Don Agustín de Iturbide, pero no la incluiremos, aquí no es novela.
Va el relato: El abrazo de Acatempan-10 de febrero de 1821. El virrey Apodaca nombró a Agustín de Iturbide comandante del sur para terminar con Vicente Guerrero, último insurgente que no se había rendido.
Después de varias batallas, Iturbide vio que no podía vencerlo. Le escribió una carta el 10 de enero de 1821, pidiéndole que se rindiera. Guerrero contestó que no, que él lucha por la independencia de América.
Iturbide le volvió a escribir el 4 de febrero y ahí le puso por primera vez: “No dudo en darle a usted el título de amigo, porque la firmeza y el valor son las cualidades que constituyen el carácter de un hombre de bien, y me lisonjeo de darle a usted en breve un abrazo que confirme mi expresión”.
Se citaron en Acatempan, Teloloapan, hoy Estado de Guerrero. Sigue el relato:
Iturbide: “No puedo explicar la satisfacción que experimento al encontrarme con un patriota que ha sostenido la noble causa de la independencia y ha sobrevivido él solo a tantos desastres y manteniendo vivo el fuego sagrado de la libertad”.
Guerrero: “Yo, señor, felicito a mi patria porque recobra en este día un hijo cuyo valor y conocimientos le han sido tan funestos”.
Luego Guerrero presentó a Iturbide con sus soldados: “¡Soldados! Este mexicano que tenéis presente es el señor don Agustín de Iturbide, cuya espada ha sido por nueve años funesta a la causa que defendemos. Hoy jura defender los intereses nacionales; y yo, que os he conducido a los combates… soy el primero que reconoce como Primer Jefe de los Ejércitos Nacionales: ¡Viva la independencia! ¡Viva la libertad!”.
Y sellaron la alianza con un abrazo. De ahí nació el Ejército de las Tres Garantías. (Iturbide propuso 3 cosas que unieron a todos entre sí:
Religión – La religión católica como única y oficial. Garantizaba al clero y a los creyentes que la independencia no sería una revolución anticlerical como en Francia. La Iglesia no dudó en apoyar a Iturbide).
Independencia – México como nación independiente, monárquica y constitucional. Insurgentes, criollos y mestizos veían que se rompía con España. (En ese momento en severa crisis, invadida por José Napoleón y sujeta a vaivenes liberales antimonárquicos y antirreligiosos).
Unión – De todos los habitantes: españoles, criollos, mestizos, indígenas, sin distinción Todos serían mexicanos. Se garantizaba a los peninsulares que no los iban a degollar, ni a expulsar. Todos hermanos. Colores: Verde – Independencia (esperanza); Blanco – Pureza de la fe, unidad por la religión; 3. Rojo – Unión (La sangre que nos une, hijos de España y de América), aunque el orden de los colores original era blanco, verde y rojo, además de una estrella de 6 puntas de oro en cada franja. La primera bandera la cosió a mano una mujer, de nombre Magdalena, a quien su hijo le dijo: “Mamá, si juntas esos tres colores, ya no nos van a matar por ser de un lado o de otro. Otros seremos de esos colores”.
Otro relato: Entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México el 27 de septiembre de 1821. (El 28 se firmó el acta de independencia reconocida por el último virrey, Don Juan O’Donojú, Iturbide, Guerrero y muchos ilustres de su época; por tanto, la fiesta nacional que no es fiesta, es el 28 de septiembre).
“La plaza de la Constitución de la Ciudad de México vivió algo inusitado, bajo el cielo azul que la cobijaba. Una multitud expectante, compuesta por personas de todas las clases sociales, trepidantes de alegría, esperaba la llegada del Ejército Trigarante, comandado por el coronel Agustín de Iturbide. (Actualmente sus restos están en una modesta urna, que se puede ver en la Catedral de la Ciudad de México; Bustamante como presidente le confirió máximos honores póstumos y finalmente llegó a ese lugar).
“Hombres y mujeres de todas las edades lucían en el pecho distintivos con los colores de la nueva bandera como emblema de independencia. El Ejército Trigarante entró a la ciudad, marchó por Bucareli, dio la vuelta a la derecha por la calle del Calvario y en la calle Corpus Christi (hoy avenida Juárez) prosiguió su marcha por un costado de la Alameda. Cruzó la calle de Santa Isabel (hoy Eje Central Lázaro Cárdenas), pasó junto al convento de San Francisco y frente a la Casa de los Azulejos, y por Plateros (hoy Madero) finalmente entró a la Plaza Mayor (hoy conocida como Zócalo).
“Durante el trayecto, Iturbide y su ejército estuvieron acompañados por aclamaciones de júbilo de la multitud. A lo largo del recorrido las calles lucían imponentes y engalanadas. Los balcones de las casas ricas estaban adornados con colgaduras, destacando los colores de la bandera tricolor.
“En su camino, el jefe del Trigarante se apeó de su caballo bajo un arco triunfal, en la esquina del convento de San Francisco. Allí lo recibieron los regidores del Ayuntamiento para entregarle las llaves de la ciudad entre aplausos, marchas militares, salvas de artillería y el repique de campanas de las iglesias de la capital, que al unísono celebraban el triunfo de la independencia.
(Iturbide, de frac, botas altas, sombrero de tres plumas, y con una banda tricolor, irradiaba gallardía; era conocido como el mejor jinete de México. Guerrero le regaló un excelente caballo, y lo montó ese día, [blanco, otros dicen que negro]).
Así nos lo contaron. Usted lo leyó, era la Historia del Libro de Texto Gratuito de entre 1960-1970 y más, con la portada de la patria de Jorge González Camarena. Textos que sí enseñaban, que narraron cómo con sigilo los vencedores, 17 mil hombres y los 300 fieles de la sierra que seguían a Guerrero, todos con la cinta tricolor. Un silencio se hizo cuando un capitán español se acercó al contingente de Guerrero, y compartió el agua de su cantimplora con un soldado descalzo.
Hay muchos matices y bellas historias en torno a este día y al 28 de septiembre. Pero nos quedamos con el Libro de Texto Gratuito, que por lo visto sí enseñaba y mucho. Así venía, sobre todo en Historia de 4.º año, usando el texto de Editorial Trillas/Montenegro, que se usaba antes de los textos gratuitos y luego los tomaron como parte de los textos de los 80.
Los autores de la narración que usted leyó desde su pupitre en un aula con olor a lápiz, con cuadernos sin espiral, fueron ISABEL TOVAR DE TERESA y MAGDALENA MAS, aunque breves, con mucho contexto.
Iturbide se fue con Guerrero a comer mole a una fonda con muchos soldados. El último reducto armado, la Acordada de la Ciudad de México, entregó sus armas y nadie disparó. Once años de tragedia y de una destrucción y matanzas que arruinaron al naciente país, luego de la prosperidad envidiable del siglo XVIII cimentada en la colonia desde los siglos XVI y XVII, ya tenía harta a toda la población.
El virrey Don Juan había llegado el 3 de agosto de 1821 por Veracruz. Portaba la orden real de acabar con Iturbide. Desde su desembarco le dijeron que el país era de Iturbide y de Guerrero. No tenía ejército alguno. Los realistas de la CDMX le cerraron la puerta; Iturbide lo invitó a Córdoba, Veracruz, a comer. Don Juan llegó con 2 ayudantes tan solo. Iturbide con gesto amable lo recibió de pie, lo invitó a la mesa rebosante de pan dulce. Se dice que le dijo: “Viene usted a ser virrey de un país que ya no existe”.
O’Donojú entendió perfectamente. El 24 de agosto firmó los Tratados de Córdoba, en la casa de un comerciante; le prestaron una pluma y tinta. Firmó el reconocimiento de que México era soberano e independiente.
Dos semanas después entró con el Trigarante, pero no en carruaje, a pie, entre el pueblo. El 14 de octubre murió solo, pobre, y fue sepultado en el Convento de San Fernando. Fue español siempre, pero entendió que México ya no era colonia, y esto no viene en el libro de texto.
Creo que los libros de texto de antes eran mejores por mucho, mucho más que las piltrafas de la Nueva Escuela Mexicana. Bellos textos, rigor histórico sin sesgos tendenciosos, la historia de bronce caminando por el centro, imágenes coloridas de ilustración, y pequeños párrafos esenciales que se debían aprender. Toda esa belleza se perdió, y no les cuento del libro de lecturas, exquisito, completo, universal, bellísimo.
Nos empobrecieron culturalmente, con el pretexto de la Transformación, y nos llevaron muy atrás en el rango de PISA. La reforma educativa última planteada con Peña Nieto se truncó para dar lugar a la pobreza y desconexión editorial, al mal gusto. Los Libros de Texto Gratuito no empezaron de cero, ni quemaron los textos anteriores; lo que servía, lo que gustaba lo preservaron, y durante 30 años nos enseñaron muchos fundamentos de historia, de geografía, de lenguaje, y aritmética, geometría, la medición de la tierra, las figuras, las ciencias exactas; se exaltaba a los mayas, a los aztecas y a otras tribus prehispánicas, pero siempre tuvieron claro que éramos otra cosa, una nueva raza, que el buen Vasconcelos describió como “Raza Cósmica”. Todo tenía continuidad, enlazaba una era con otra, te explicaba cómo habíamos llegado al hoy.
Sí, recordamos la Consumación de la Independencia con Agustín de Iturbide como padre de la patria, con los Libros de Texto Gratuito, esos que terminaron en el olvido, pero que para los lectores profundos siguen frescos en la estimación y la memoria.
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