La opinión del experto y Maestro Horacio Villaseñor
La protección civil en Guadalajara nació con una vocación intrínsecamente preventiva. Su razón de ser era anteponerse al riesgo. Sin embargo, en el devenir burocrático del ayuntamiento, el concepto se pervirtió: la convirtieron en un apéndice de reacción y, peor aún, la subordinaron a la lógica de los cuerpos de bomberos.Para muestra basta revisar la historia institucional de nuestra propia ciudad. En 1995, con la llegada del primer presidente municipal panista en Guadalajara, dolidos todos por la tragedia de las explosiones del colector del Sector Reforma el 22 de abril de 1992 y el alcalde preocupado porque el presidente municipal que gobernaba entonces se encontraba encarcelado, el Ayuntamiento decidió crear la Unidad Municipal de Protección Civil, un área que simplemente no existía. En aquel entonces, me consultaron para asesorar en su diseño y creación, expliqué con rigor técnico por qué debía nacer adscrita a la Dirección General de Obras Públicas, que es exactamente el lugar donde siempre debió estar por su naturaleza preventiva. Así se hizo: el alcalde nombró a un amigo suyo como director y a mí como subdirector porque su “conocido” nunca había estado en la función pública. Lamentablemente, tiempo después, el director de Bomberos convenció al presidente de fusionar la Unidad con la corporación que él dirigía, con el argumento de que en todo el país se estaban formando las Unidades de Protección Civil y Bomberos. La realidad era otra, la prevención con obra pública era costosa y resultaba más barato “hacerle al cuento”. El tiempo demostró la ruta fácil de la simulación política. Como resulta mucho más vistoso y redituable para la demagogia oficial ganar tiempo comprando camioncitos, lanchas y equipos de rescate, la utilería perfecta para la foto oficial, que planear y ejecutar la obra pública necesaria para evitar de raíz los desastres urbanos, el municipio terminó por arrancarla de Obras Públicas y juntarla con los apagafuegos. Obviamente en congruencia, renunciéinmediatamente. Hoy, la realidad nos golpea con una verdad lapidaria: los desastres urbanos (derrumbes, inundaciones, desbordamientos, colapsos y socavones), no se resuelven con equipos de rescate, sino con obra preventiva. Reducir la seguridad civil a una agenda de simulacros anuales con desalojos cronometrados, mientras se omite la inversión en reforzamiento de estructuras, infraestructura hidráulica y adquisición de manzanas para convertirlas en áreas de filtración y bosques urbanos alrededor de las nuevas torres departamentales, es, lisa y llanamente, una vacilada institucional, simulacros de simulación. Hacer un simulacro sin obra preventiva es un ejercicio de autoengaño. De nada sirve ensayar cómo evacuar un edificio si colapsará. Los bomberos terminan siendo los héroes cotidianos que pagan con su esfuerzo y su vida los platos rotos de la ineptitud gubernamental. La tragedia presupuestal y política de Guadalajara radica en que se prefiere la obra visible y de relumbrón, la que luce en los folletos de campaña, por encima de la infraestructura gris y verde que no se ve, pero que salva vidas. Mientras la seguridad civil siga divorciada de la obra pública y de la ordenación territorial, seguiremos administrando catástrofes en lugar de construir ciudades seguras. Apostarle a la reacción es el refugio de los gobiernos“chafa”; administrar extraordinariamente y anticiparse con obra es la marca indiscutible del buen gobierno. ¡No sean mensos!
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