Por Laura Gutiérrez Franco
El panorama en Jalisco ha alcanzado un nivel de desfachatez política que supera cualquier límite de convivencia democrática. Tras el humo de los petardos, el fuego en las puertas y las fachadas destrozadas tras la última manifestación en el Centro Histórico de Guadalajara, la cortina de humo se disipa para dejar ver el verdadero rostro de la jugada: la oposición jalisciense, con Morena a la cabeza y con un PAN que tampoco canta mal las rancheras, no busca hacer política, busca sacar a trancazos a Pablo Lemus de la gubernatura y desestabilizar a la alcaldesa de Guadalajara.
Quieren gobernar a huevo, sin importar que para lograrlo tengan que pisotear el patrimonio de la ciudad y dinamitar la paz social.
La narrativa del “hartazgo ciudadano” se desmorona en cuanto se escuchan las consignas reales de los porros y agitadores foráneos de la marcha. Entre el caos, los embozados traídos para sembrar la violencia ni siquiera disimularon gritando por “agua limpia”; su consigna explícita era que no se iban a ir hasta tumbar a Lemus. El reclamo legítimo de la ciudadanía por el agua contaminada fue vilmente secuestrado para operar un intento de golpe de mesa.
El costo de esta ambición desmedida es monumental. Los destrozos a la propiedad privada, comercios y hoteles del Centro ya suman por lo menos 15 millones de pesos en pérdidas. Y lo que es peor: atacaron y vandalizaron joyas del patrimonio histórico como la Catedral y el Palacio de Gobierno, inmuebles que pertenecen a todos los jaliscienses y cuya reparación saldrá, paradójicamente, de la bolsa de los mismos contribuyentes que ellos dicen “defender”.
Por más que Morena emita comunicados lavándose las manos y haciéndose la santa, sus huellas digitales en el conflicto quedaron más que en evidencia. La estrategia de la Cuarta Transformación en Jalisco es transparente: ante su incapacidad para ganar la simpatía popular, le apuestan a la ingobernabilidad.
Pero se equivocan en su cálculo. La mayoría de los jaliscienses no quiere a Morena.
La ciudadanía sabe que Morena no ayuda a Jalisco; lo pisotea todos los días desde el centro del país y solo viene a sembrar odio y confrontación.
¿Y el PAN? El PAN no canta mal las rancheras y navega en el cinismo de la hipocresía. Sus actores políticos no están haciendo nada constructivo ni aportan soluciones para resolver la crisis hídrica; su única chamba es subirse al tren de la tragedia, ir casa por casa a ver cómo sale el agua turbia solo para grabar el video, rasgarse las vestiduras y tirar trancazos mediáticos. Desde la comodidad de sus curules, varios de sus diputados —pedantes, soberbios y con la cabeza llena de sueños para amarrar otros cargos en el próximo proceso electoral— han demostrado que la ciudadanía les importa un comino. Con esa actitud oportunista, la sociedad tampoco les va a regalar su voto.
Jalisco está atrapado en la voracidad de una oposición carroñera que prefiere ver arder la Catedral, el Palacio de Gobierno y los negocios del centro con tal de arrebatar el poder a golpes. Si creen que a punta de petardos, videos oportunistas y violencia van a convencer a los jaliscienses, están muy equivocados: la ciudadanía ya les tomó la medida.
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