La opinión del experto y Mtro Horacio Villaseñor
Abrir la llave en decenas de colonias de la zona metropolitana se ha convertido en un acto de incertidumbre: en el mejor de los casos sale un chorro flaco o turbio; en el peor, no sale o sale agua “cochina”. En contraste, en la superficie, como en la Glorieta Minerva, se presumen pavimentos recién colocados y remozados para la foto. Esta postal resume la brecha entre la época dorada de las grandes transformaciones de fondo y la era actual de la cosmetología electoral y la escasez de obra real.
La memoria tapatía resguarda cuando el gobierno era un ejercicio de rigor técnico y servicio público. A mediados del siglo XX, Jorge Matute Remus sentó las bases de la metrópoli moderna con un volumen masivo de obras: pavimentación científica, ampliación de arterias y la creación del Patronato de Agua Potable, antecedente directo del SIAPA que sí funcionaba. Posteriormente, Arnulfo Villaseñor Saavedra llevó la transformación a un nivel inédito, ejecutando más obra pública que ningún otro alcalde en tres años, sin deuda y con una disciplina financiera que le permitió adquirir reservas territoriales para el Zoológico Guadalajara y el futuro de la ciudad. Logró que Guadalajara fuera, en esos años, la ciudad mejor iluminada de Latinoamérica; además, construyó grandes parques, edificios públicos, el Panteón del Sur y la Avenida Lázaro Cárdenas, entre muchas otras obras relevantes. Lo de Villaseñor fue edificación sustancial y sin comprometer las arcas.
La gran ironía de la política contemporánea es que Movimiento Ciudadano reconoció en 2018 a Don Arnulfo colocando una escultura suya en López Mateos y Lázaro Cárdenas, considerándolo uno de los mejores alcaldes recientes; un homenaje de bronce que hoy contrasta dolorosamente con el abandono de su ejemplo. Por cierto, a esa estatua le robaron su placa hace más de seis años y el Ayuntamiento no ha podido reponerla. El detalle no es menor: un gobierno incapaz de restituir una simple placa difícilmente podrá rehabilitar kilómetros de tuberías colapsadas. Ahí está, mudo y sin nombre, el alcalde que más obra hizo, como monumento involuntario a la negligencia de quienes dicen admirarlo.
El contraste con el presente es alarmante. Con la irrupción de Movimiento Ciudadano, la inversión en infraestructura real colapsó. Bajo Enrique Alfaro, la obra pública se redujo a maquillaje visual en corredores comerciales mientras las redes hídricas morían; se impulsó una densificación inmobiliaria vertiginosa sin servicios subterráneos, heredando tandeos, inundaciones y un SIAPA herido de muerte. Con Pablo Lemus, la fórmula del adorno se profundizó mediante la mercadotecnia, priorizando el relumbrón y la foto para redes sociales mientras se agravaba la crisis hídrica. Y con Verónica Delgadillo, la fórmula alcanza su tercera versión: la estetización de la política, donde la ingeniería civil fue sustituida por campañas de imagen impecables, pero vacías de infraestructura de gran calado.
Y, sin embargo, la simulación paga en las urnas: lo más perverso de este modelo es que premia electoralmente a sus autores. Tanto Alfaro como Lemus usaron la alcaldía como pista de despegue hacia la gubernatura, una dinámica que Delgadillo parece prolongar, priorizando la fachada política mientras los cimientos de la metrópoli se desmoronan. Guadalajara no puede seguir quedando en manos de gente inculta ni siendo la oficina de campaña o set de fotografía del aspirante en turno. La historia demuestra que las ciudades verdaderamente grandes no se construyen con obras cosmetológicas, sino con la visión de enterrar presupuesto e inteligencia donde no hay aplausos inmediatos, pero sí futuro. ¡Pobre Guadalajara!
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