
Por Laura Gutiérrez Franco
“… Un grito de guerra que enciende de la tierra…”
Hace un siglo, las tierras de mi México se tiñeron de un rojo heroico. Lo que comenzó como una resistencia civil ante leyes que pretendían encadenar la fe, se convirtió en una de las gestas más impresionantes de nuestra historia: La Cristiada. Si bien el conflicto abrazó varios estados, fue en Jalisco, y especialmente en mi región de Los Altos, donde el corazón de este movimiento latió con una fuerza sobrenatural para salvar la religión católica y gritar “¡Viva Cristo Rey!” una y mil veces.
Para nosotros los alteños, la religión no es un accesorio; es la columna vertebral de nuestra identidad. Cuando el culto fue suspendido y los templos cerrados, nuestra gente no se quedó de brazos cruzados. Hombres, mujeres y niños comprendieron que había algo más valioso que la vida misma: la libertad de amar a Dios. Bajo el sol de los campos de Jalisco, surgió un ejército de campesinos, maestros y gente de fe que, sin miedo a la muerte, defendió el sagrario.
Sangre de Mártires y Libros de Honor
Crecí amando esta historia porque en mi casa la memoria se mantuvo viva. Mi papá se encargó de que entendiéramos el valor de esta lucha desde que éramos niñas. Recuerdo que no tenía ni 10 años cuando ya nos había comprado y hacíamos lectura de libros como “Entre las patas de los caballos” y “Por Dios y por la patria”. Estos libros fueron fundamentales en mi vida; a través de sus páginas aprendí a amar esta causa y a entender el sacrificio de tantos mártires que hoy están en el cielo.
Esa formación se completaba con la vivencia: cada año, mi papá nos llevaba a mi hermana y a mí en peregrinación a Cristo Rey para recordar todo lo que se hizo durante la Guerra Cristera. Fue un gran trabajo de la gente alteña, que en verdad vive su religión y demuestra su fe con el ejemplo.
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