Por Amaury Sánchez
En tiempos recientes, el gobierno federal ha recibido muchas cartas. Cartas para pedir recursos, cartas para pedir disculpas, cartas para pedir la cabeza de algún funcionario o, en casos más extremos, cartas de amor entre gobernadores y superdelegados. Pero la que llegó el pasado 2 de julio a las manos del secretario Julio Berdegué Sacristán no era ninguna de esas: era una carta que olía a agave maduro… pero no del bueno, sino del que ya se está pudriendo.
Firmada por más de 50 organizaciones de agaveros de Jalisco, el escrito es un lamento campirano, una súplica desesperada y, si se lee entre líneas, una patada con bota de trabajo directo a las costillas de la SADER, el Consejo Regulador del Tequila (CRT), la Cámara Nacional de la Industria Tequilera (CNIT) y hasta al mismísimo sistema de “tequila para exportación y miseria para el productor”.
De 3,800 a 30,000 sembradores: el milagro económico que salió peor que el Fobaproa
Antes del llamado “boom tequilero”, allá por los tiempos en que el dólar no estaba tan inflado como los egos de algunos presidentes municipales, en Jalisco había unos 3,800 sembradores de agave. Gente que sabía del oficio, del tiempo de maduración, del momento exacto de jimar y del arte de resistir al coyotaje con dignidad.
Pero llegó el furor. El tequila se volvió estrella en el extranjero. George Clooney vendía su marca por millones de dólares. Las Kardashian lo usaban como tónico facial. Los juniors tapatíos brindaban con 100% agave como si fuera agua bendita.
Y entonces pasó lo que siempre pasa en México cuando algo se pone de moda: la fiebre. De pronto, cualquiera con un terrenito, un rancho heredado o un crédito aprobado decidió sembrar agave. En cerros, en parcelas de maíz, entre nopales y hasta en las glorietas. Lo importante era sembrar, porque el agave, decían, era el nuevo oro azul.
Hoy ya no son 3,800… son más de 30,000 sembradores. ¿Y cuál fue el resultado? Pues exactamente lo que pasa cuando 30 mil personas se lanzan a sembrar lo mismo, al mismo tiempo y sin ninguna planeación: una avalancha de agave que ahora nadie quiere comprar.
El agave que nadie quiere y el “programa fantasma” del tequila responsable
Los agaveros no están pidiendo milagros. En su carta son muy claros:
—O nos compran el agave maduro que se está pudriendo,
—o nos vamos todos juntos a sembrar enojo.
Y no lo dicen en sentido figurado. Ya hay plantaciones enteras del ciclo 2017-2019 pudriéndose en el campo. Mientras tanto, las tequileras compran selectivamente, muchas veces solo a sus introductores de confianza, y el tan cacareado programa de “Agave Responsable Social” no pasa de ser un eslogan con logo bonito y cero impacto real.
Los productores acusan que ese programa —creado por el Consejo Regulador y la CNIT— es solo un mecanismo de control y distracción. Una especie de “traje institucional” para disfrazar la realidad: los grandes se están haciendo aún más grandes, y los pequeños… pues están dejando que el agave se pudra como sus esperanzas de venderlo.
La NOM-006 y el tequila mixto: 51% agave, 49% coraje
Pero lo más jugoso de la carta no es solo la queja por la falta de compras. Es el golpe directo a la NOM-006, esa norma oficial mexicana que permite que un tequila sea llamado “tequila” aunque tenga sólo 51% de agave y 49% de otras mieles (azúcar, caña, jarabe de maíz, quién sabe qué más).
Es como si te vendieran un mariachi que solo toca el 51% de las canciones y el otro 49% solo hace playback.
Los productores piden que se acabe con esa trampa legal. Que se obligue a que todo tequila sea 100% de agave azul tequilana Weber, como Dios, Cuervo y Herradura mandan. Pero claro, eso pondría en aprietos a las grandes casas, que producen en masa y venden como si todo fuera premium.
¿Y las guías de traslado? ¡Más control que el SAT!
Otra joya que denuncian los agaveros es que las guías de traslado del agave —es decir, los permisos para moverlo— no las controla el gobierno, sino el propio Consejo Regulador del Tequila, ese mismo que certifica, fiscaliza, autoriza, promueve… y muchas veces sirve al interés de las grandes tequileras.
O sea, son juez, parte, notario y hasta policía de tránsito en la carretera del agave.
Por eso, los productores piden que la SADER tome el control de esas guías. Que el Estado vuelva a ser árbitro y no solo espectador de lujo en la fiesta del tequila.
Berdegué: tienes una papa caliente (y no es al horno)
A estas alturas, el secretario Julio Berdegué ya debe saber que esta carta no es solo un papelito con sellos y firmas. Es una advertencia política, una señal de alarma que viene desde el corazón agrario del occidente mexicano.
Si la SADER no responde, si el gobierno federal no interviene con programas de compra social, regulación del mercado y freno al agave chatarra, la rebelión rural puede escalar. No con machetes ni marchas (todavía), pero sí con hartazgo, con bloqueos, con pérdida de votos… y con tequila que sabrá más a miseria que a fiesta.
¿Y ahora qué? ¿A brindar con agua de jamaica?
El agave está en crisis. Pero no por culpa del clima ni del mercado internacional. Está en crisis porque dejamos que el mercado fuera jungla, que el tequila fuera negocio de unos cuantos, y que los campesinos fueran usados como escenografía folclórica en spots de exportación.
Aún hay tiempo. Se puede salvar parte de la cosecha, y también parte del prestigio institucional. Pero hay que actuar ya: con decisión, con compras directas, con freno al abuso y con políticas que protejan al que siembra, no solo al que exporta.
Porque si no lo hacemos… entonces sí, amigos míos: el tequila ya no nos va a hacer llorar por amor, sino por hambre.
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