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Indicador Político:

La larga agonía de la CTM como sindicato proletario y su conversión en una holding política y económica de líderes sindicales está creando una crisis transicional. Detrás de la disputa por los espacios de contratación vía outsourcing se localiza la disputa por reconstruir los sindicatos como poder intermediario de negociación contractual con los empresarios.

Lo que debe debatirse en el Senado es el canal de contratación que prefieren los trabajadores: el sindicalismo que los esclaviza con líderes sindicales que los venden a partidos y patrones o el outsourcing que lleva el beneficio directo al salario. Y el Estado debe decidir entre el sindicalismo anti productivo tipo CTM-PRI o la contratación para la productividad.

El modelo de poder obrero lo inventó el PRI desde el Pacto de la Casa del Obrero Mundial en febrero de 1915 y con ese acuerdo ocurrieron tres cosas: se fundaron los batallones rojos carrancistas como columnas de lucha política, el Estado asumió la intermediación tutelar de los derechos obreros para liberar a los patrones de la lucha de clases y la CTM la fundó Lázaro Cárdenas para convertir a los trabajadores en el poder social masivo de los gobiernos revolucionarios por meterse en la producción y la lucha de clases.

La clave del poder obrero priísta la dieron dos historiadores políticos: Arnaldo Córdova afirmó que Cárdenas organizó a los trabajadores como masa y no como clase y Enrique Krauze encontró el poder de Fidel Velázquez en su condición de líder controlador que no aspiraba a la presidencia de la república como en su momento lo hicieron Luis N. Morones y Vicente Lombardo Toledano: la organización de los obreros era sólo para apoyar al Estado.

En la actualidad no existe ninguna de esas condiciones. Por lo tanto, la disputa contra las empresas outsourcing para regresar a la contratación laboral vía sindicatos es sólo un campo de batalla de dos liderazgos sindicales de expriístas en Morena: el senador canadiense-mexicano Napoleón Gómez Urrutia y el senador Pedro Haces Barba. De consolidarse este nuevo poder obrero, México seguirá cayendo en los niveles de productividad y competitividad porque los líderes sindicales negociarán contratos sólo para beneficio propio y no para aumentar la productividad de los trabajadores que se pudiera ver cristalizada en mejoras salariales. Este modelo lo consolidó Porfirio Muñoz Ledo como secretario del Trabajo del gobierno de Luis Echeverría: los trabajadores organizados para votar por el PRI y defender al gobierno y al Estado, no para producir.

En los hechos, Napito y Haces se están jaloneando los despojos sindicales de la CTM, una organización abandonada hasta por el PRI desde los tiempos del presidente Salinas de Gortari porque dejó de ser instrumento de negociación productiva con los empresarios y ya no servía ni para acarrear votos. Sin embargo, el Tratado de Comercio Libre 2.0 negociado por Trump, la reforma laboral impuesta por los EE. UU. y el desinterés del Estado lopezobradorista por organizar y controlar a los trabajadores entorpecerán la restauración del viejo sindicalismo cetemista sólo parta beneficio de sus líderes y afectando la productividad de los trabajadores.

El problema con el sindicalismo mexicano radica en un efecto negativo del modelo: los líderes sindicales usaban y usan el sindicato para enriquecerse personalmente y para ganar cargos legislativos. En el pasado priista la cuota de poder en cargos públicos al sector obrero –diputados, alcaldes, senadores y gobernadores– radicaba en que Fidel Velázquez había estructurado a la CTM para votar y esos votos –10 millones, entre trabajadores y sus familias– garantizaban victorias presidenciales tricolores. Desde 1988 los sindicatos dejaron de producir votos y su cuota de poder priísta ha ido languideciendo.

Ahora Napito quiere regresar a esos tiempos de Fidel Velázquez, pero ya sin las garantías de que los trabajadores de los sindicatos controlados vayan a votar por Morena. De los 50 millones de trabajadores contratados y por cuenta propia sólo está sindicalizado menos del 10% y los trabajadores ya no obedecen las ordenes electorales de sus líderes; eso sí, como estructura de movilización los sindicatos sí pueden ser un ejército electoral, pero de todos los sindicatos sólo el SNTE ha quedado como una maquinaria electoral que la maestra Elba Esther Gordillo vendió al mejor postor: PRI, PAN, PRD y Morena, aunque con el plan con maña de colocarse en los liderazgos con ambiciones de ser presidenta de la república.

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Las opiniones expresadas por los columnistas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Expedientes Afondo

Nacido en la ciudad de Oaxaca en 1951, Carlos Ramírez comenzó su vida profesional en el periodismo en 1972. Y desde entonces ha estado ininterrumpidamente en el periodismo mexicano. Además de la práctica periodística, ha sido profesor de periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad Iberoamericana, además de ser un conferencista cotidiano en universidades de todo el país. Autor de la columna; Indicador Político Twitter: @carlosramirezh Página Web: http://indicadorpolitico.mx

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Carlos Ramírez

Indicador Político: Después de la pandemia no habrá normalidad alguna a la cual regresar

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Por Carlos Ramírez.-

Si en Palacio Nacional existe una estrategia –criticada, pero existente– para superar la pandemia del COVID-19, el gran desafío será el regreso a la normalidad. A la crisis del H1N1 le ayudó la crisis financiera provocada por la quiebra de la financiera Lehman Brothers de 2008 para distraer a la sociedad.

Las tres grandes catástrofes naturales anteriores –los terremotos de 1985, la pandemia del H1N1 en 2009 y los terremotos del 19 de septiembre de 2017– tuvieron impactos en el PIB: -3.8% en 1986 y -5-3% en 2009, pues los terremotos de 2017 ocurrieron en una economía cuando menos sólida.

Los efectos económicos del COVID-19 están siendo calculados hasta ahora con tasas de -2% a -7%, con la circunstancia agravante del -0.1% de 2019. En el peor escenario de -7% para 2020, el PIB necesitaría crecer en los cuatro años restantes del sexenio en 8% para mantener la meta presidencial de 4% promedio anual sexenal; y si el PIB de 2020 llega a -4%, entonces los cuatro años restantes tendría que crecer al 6% promedio anual. En la realidad no existe ninguna razón racional para esperar PIB de 6% u 8%

Lo malo de la crisis actual radica en tres hechos que siguen impidiendo que la economía pueda crecer más de 2.5%:

1.- No existe un proyecto de crecimiento económico como objetivo, pues la política económica ha privilegiado la política social de asignación directa de subsidios con fondos quitados a la producción.

2.- No existe un pacto productivo con el sector privado para regresar a la economía mixta que en el pasado fue uno de los motores del crecimiento económico de 6% en el largo periodo 1934-1983.

3.- Y no existe la propuesta de un nuevo modelo de desarrollo con reformas estructurales productivas que permitan regresar a crecimientos de PIB arriba de 4% sin generar presiones inflacionarias y devaluatorias.

En este contexto y con estas limitaciones, el regreso de México a la normalidad anterior a la pandemia de este año estará acotado por las descalificaciones de los organismos financieros privados y públicos contra la política económica del gobierno lopezobradorista. Y si bien el gobierno mexicano tiene todo el derecho de cuestionar las descalificaciones, de todos modos, dependerá de los informes de las calificadoras en tanto México siga siendo parte del sistema financiero internacional, tenga deuda-lastre y mantenga la necesidad de inversiones extranjeras que determinan llegadas en función de los reportes de las calificadoras.

Dos crisis anteriores –terremoto de 2017 y pandemia H1N1– no necesitaron de golpes de timón en la política económica ni el modelo de desarrollo porque estallaron en medio del control de la política económica. Los terremotos de 1985 atraparon al gobierno de De la Madrid en el centro de la reforma de mercado que le redujo fondos y movilidad al Estado.

En todas las crisis de la naturaleza anteriores e inclusive en las crisis financieras, la salida fue la configuración de acuerdos productivos, políticos y sociales para potenciar la política económica con el sector empresarial, lograr el apoyo político con concesiones a los partidos en el Congreso donde se discutían las estrategias de emergencia y el liderazgo presidencial para acotar los márgenes críticos del círculo rojo.

En todos los casos, los presidentes de la república operaron para cohesionar a la sociedad y liderar a los sectores bajo la hegemonía del Estado: De la Madrid llegó tarde, pero le ayudó el enfoque estratégico sociopolítico de Manuel Camacho como operador; Calderón se adelantó para distraer la atención de los efectos recesivos del crack de Lehman Brothers; y Peña Nieto cedió el manejo de la crisis a las autoridades capitalinas.

El colapso económico provocado por el COVID-19 atrapó a la economía en una fase recesiva determinada por el desinterés presidencial en el PIB y la prioridad en la política social asistencialista directa, propia una economía tipo Europa del norte. Por ello, el PIB previsto para 2020 antes de la pandemia estaba ya en 0.5% en enero y habría de seguir bajando hasta una tasa similar a la de 2019 de -0.1%, sin que hubiera en los planes de Palacio Nacional alguna estrategia para pactar un repunte del crecimiento vía –como ha sido siempre y tendría que seguir siendo en tanto prevalezca el mismo modelo de desarrollo estatista– un acuerdo productivo con los empresarios.

En este sentido, el regreso de México a la normalidad económica, política y social carecerá de expectativas para salir del hoyo recesivo de -4% a -7% de PIB y no tendrá los fondos fiscales necesarios para una reactivación inmediata. Los primeros cálculos de los analistas refieren que el PIB estará debajo de 0% –es decir: negativo– hasta finales de 2021 y podría comenzar un crecimiento lento no mayor a 2% para lo que resta del sexenio.

Es posible que la normalidad esperada sea peor a la existente antes de la pandemia.

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Carlos Ramírez

Indicador Político: Camus, coronavirus y la metáfora de la peste

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Por Carlos Ramírez.-

Susan Sontag emprendió una indagación sobre uno de los temas centrales de la vida cotidiana: usar las enfermedades como metáforas de la realidad; es decir, apelar a los significados de las enfermedades como irrupción de la vida sana para caracterizar rupturas políticas. El cáncer de la corrupción, la tuberculosis de la maldad.

Ahora hay que agregar una tercera: la peste como la forma de expansión social de alguna enfermedad infecciosa que se trasmite por el aire y que hace, en los simbolismos literarios, que las personas caminen sin problemas y de pronto caigan muertas.

Nada define mejor el pánico que la reacción de las personas a las enfermedades, a veces las más sencillas y otras casi siempre las mortales. El Dr. Bernard Rieux funciona como el hilo narrador de La Peste (1947), de Albert Camus. A través de su paciencia, bonhomía, sentido del deber comienza la inquietud por el primer mensaje de la tragedia que se cierne sobre una comunidad humana: aparecen ratas muertas, un inició que aparecería como pájaros muertos en el cuento Un día después del sábado (1954) de Gabriel García Márquez; en el primero las ratas fueron el aviso de que estaba llegando la peste; en el segundo los pájaros avisan de la llegada del Judío Errante.

Si Sontag aborda el uso de enfermedades para retratar situaciones políticas. ahora la metáfora del coronavirus puede iniciar la reflexión sobre una sociedad desconcertada ante la enfermedad. Aún en su cifra más escandalosa, las muertes por el nuevo virus no alcanzarían ninguna de las pestes del pasado. En este sentido, el coronavirus podría funcionar como la metáfora del miedo a la muerte: las ciudades despobladas no sólo por orden gubernamental, sino por decisión de los ciudadanos, el miedo a morir como metáfora de la vida.

Nacemos, dice Sontag, con una “doble ciudadanía”: la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos, la maldición binaria de nuestra existencia. El Dr. Rieux combate la peste y llega hasta el final para descubrir que después de la peste sigue la vida y que la vida necesita olvidarse de las enfermedades. La dialéctica vida-muerte puede ser el dinamo que nos hace mover; luchar contra la muerte y sus enfermedades como enviadas a la tierra para vivir siempre luchando contra la muerte. De manera paradójica, la muerte define a la vida.

La pandemia del coronavirus en México ha escalado tensiones sociales y políticas que parecen olvidar lo ocurrido en 2009 con la pandemia H1N1 de fiebre aviar: más de 70 mil infectados y más de mil 100 muertos. La reacción gubernamental fue intensa, al grado de que se llegó a criticar como sobrerreacción. Hoy que el presidente López Obrador ha desdeñado los avisos de peligrosidad del coronavirus y sigue sus giras de contacto con la población, la reacción social y política ha escalado niveles de crítica.

Lo que queda en el fondo de la inestabilidad social es la certeza de que el hombre sigue siendo víctima de enfermedades conocidas o desconocidas. La enfermedad nos hace humanos. Mientras más se avanza en la búsqueda de alguna medicina contra el cáncer, otras enfermedades más volátiles revelan la fragilidad del cuerpo humano ante su entorno. El pánico de los habitantes de la ciudad de Camus se explica en función de la incapacidad de la ciencia humana para entender las enfermedades mortales individuales –cáncer o tuberculosis– y las enfermedades masivas como la peste.

El final de La Peste parecería ser la maldición Camus: la gente baila de alegría cuando el vacilo de la enfermedad se diluye como llegó: en el aire, pero sin entender –saber, quizá sí– que “el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer decenios dormido entre los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que l peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

El coronavirus no extinguirá a la raza humana, pero la hará más humilde…, o al menos ojalá que así sea, y que sus efectos vuelvan a despertar el sentido de la solidaridad humana que se ha perdido en el boato de la posmodernidad. La gran metáfora de la enfermedad tipo peste radica en el redescubrimiento de que el ser humano es él y no sus riquezas o vestimentas y que las enfermedades prueban que todos nacimos iguales para morir iguales.

La única certeza que queda es que la peste del coronavirus pasará, que se llevará a muchas personas entre las patas de los caballos de enfermedades apocalípticas, que después todo regresará a la normalidad y que los hombres y mujeres hibernarán hasta el regreso de la próxima peste que profetizó Camus.

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Carlos Ramírez

Indicador Político: Peña renovó adelanto de concesión de Telmex para ganarle a AMLO

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Por Carlos Ramírez.-

Una lucha sorda se da entre dos poderes: el del Estado de López Obrador y el del empresario Carlos Slim Helú. En el centro se localiza la concesión de Telmex que Carlos Salinas le dio en 1990 a Slim.

Los datos son claros: en Palacio Nacional revisan con lupa esa concesión porque Slim adelantó su renovación para tener la empresa hasta 2056, cuando el trato con Salinas era 2026. Slim pactó con el presidente Peña Nieto el adelanto de renovación la concesión previendo el triunfo de López Obrador. Y Telmex es el eje del poder económico del Grupo Carso.

El biógrafo de Slim, el periodista José Martínez Mendoza, ha escrito dos libros sobre el magnate: Carlos Slim: retrato inédito y Los secretos del hombre mas rico del mundo: Slim(ambos en Océano) y prepara otro. Sobre el caso Telmex el periodista publicó un texto que se resume a continuación:

No es fortuito que Obrador haya puesto a Slim en el primer lugar de la lista de la mafia del poder como se constata en el libro escrito por el tabasqueño bajo el título de La mafia que se adueñó de México.

Veinte años atrás (1990), el presidente Carlos Salinas de Gortari le había entregado a Slim la concesión de Teléfonos de México.

Obrador apoyó desde el principio al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas en las denuncias que éste presentó tanto en la PGR, la Suprema Corte y el Congreso de la Unión en contra de Salinas y sus beneficiarios por lucrar ilícitamente con el patrimonio nacional por lo que se exigía que el entonces presidente de México debía ser sometido a juicio político por el delito de traición a la patria.

Quienes consideran que la relación actual entre Obrador y Slim está ‘a partir un piñón’ y que las críticas a su falsa “reconciliación” son simples ‘pelillos a la mar’, están equivocados. En el fondo, ambos se odian y se repelen, pero se necesitan.

Slim hizo todo lo posible por apoyar al PRI en las elecciones presidenciales de 2018, la pregunta es ¿a cambio de qué?

La respuesta es muy simple: Slim y Peña Nieto negociaron en lo ‘oscurito’. Peña ordenó en 2016 que se le renovara a Slim la Concesión de Telmex por otros 30 años, es decir se amplió hasta el año 2056. Salinas la autorizó hasta 2026.

 Slim se la jugó apoyando al candidato del PRI, José Antonio Meade, pero ya tenía en la bolsa la renovación de la concesión de Telmex. Así que perdiera el PRI o ganara el candidato de Morena, Slim por cualquier lado resultaría vencedor bajo el principio de ‘ganar perdiendo, perder ganando’.

Una vez en el poder Obrador y Slim comenzaron a jugar a las vencidas. El reto es demostrar quién tiene más fuerzas. Uno representa el poder político, el otro el poder económico.

Personalmente Slim y Obrador se conocieron en el año 2000, cuando el escritor Héctor Aguilar Camín los presentó. Obrador emprendía sus primeros pasos como jefe de Gobierno de la Ciudad de México.

A partir de entonces llevaron una relación más o menos complicada. Pero en 2010, Obrador en su libro La mafia que se adueñó de México, se refirió a Slim y a los principales empresarios del país como unos pillos.

Para Obrador los empresarios eran unos vándalos, unos saqueadores sin principios, cuya única motivación es la codicia desmedida, que con tal de acumular riquezas han conducido al pueblo de México al sufrimiento.

La pugna Obrador-Slim se resume hasta ahora en tres puntos: el pleito por la cancelación del aeropuerto de Texcoco, la construcción de los gasoductos y el sistema de Internet.

En cuanto al Internet ambos personajes volvieron a chocar. Slim desdeñó la oferta presidencial y López Obrador respondió con la iniciativa de una empresa estatal para internet.

 

Obrador tiene una carta fuerte bajo la manga y la puede usar cuando se le pegue su regalada gana para atacar Slim en caso de que fuese necesario: la expropiación del Título de Concesión de Telmex porque la compañía de Slim ha incumplido con los acuerdos establecidos en dicho título de concesión al haberse negado a participar en la ampliación del servicio de Internet para comunicar al restante 80 por ciento de la población que acrece de ese elemental servicio, que ahora el Estado brindará a través de la CFE.

En el año 2023 deberá hacerse una revisión al Título de la Concesión de Telmex y López Obrador tendrá la oportunidad de seguir los mismos pasos de Salinas o pasar a la historia como el presidente que desafió a uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo que hizo su mega fortuna a partir de la explotación comercial de Telmex.

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Ahora González Anaya. En el sector judicial parece haberse terminado un expediente que estallará otra bomba contra el gobierno de Peña Nieto: la falsificación de documentos para quitarle la empresa petrolera privada Oro Negro a sus dueños. El responsable que aparece como operador de esa maniobra es José Antonio González Anaya como secretario de Hacienda de Peña Nieto en el último año del sexenio, una vez que el titular José Antonio Meade Kuribreña se fue de candidato priísta. Los datos de falsificación estarían probados por la autoridad y fueron realizados en complicidad con el SAT. Será, sin duda, un gran escándalo…, otro más de la corrupción en el sexenio de Peña Nieto.

Política para dummies: La política es el arte del engaño.

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