Por Amaury Sánchez
La política mexicana es un espejo donde los rostros cambian, pero las mañas se resisten a morir. El debate que ha abierto la presidenta Claudia Sheinbaum al advertir que la ambición personal no puede estar por encima del proyecto de la Cuarta Transformación (4T) es, en realidad, mucho más que un jalón de orejas a los morenistas ansiosos por heredar el poder a sus hijos, hermanos o esposos. Es, en el fondo, una declaración de guerra contra uno de los vicios más arraigados de nuestra política: la construcción de dinastías familiares a costa del erario y de la voluntad popular.
Sheinbaum lo dijo claro, y lo dijo a tiempo. La transformación de la vida pública, ese mantra repetido hasta el cansancio desde 2018, no puede quedarse en discurso mientras en los estados y municipios las mismas familias de siempre se reparten candidaturas como si fueran herencia de familia. No es menor la advertencia de que quien intente brincar de partido en partido para asegurar su pedazo de poder, se topará de frente con un electorado más despierto de lo que creen. En pocas palabras: la gente ya no se deja.
Sin embargo, la propia historia de Morena nos obliga a matizar el discurso presidencial. Porque aunque Sheinbaum habla de ética y servicio, en muchos territorios morenistas la selección de candidaturas ha sido, desde el inicio, un juego de favores, apellidos y complicidades. Ahí está el caso de Guerrero, donde Félix Salgado Macedonio, senador y padre de la gobernadora Evelyn Salgado, sigue creyendo que si el pueblo lo quiere, las reglas sobran. Félix representa esa vieja cultura política que disfrazada de pueblo, insiste en que el apellido puede más que el mérito.
Y sí, Sheinbaum quiere ordenar la casa, pero el reloj corre en su contra. La propuesta para frenar el nepotismo fue suavizada en el Senado para entrar en vigor hasta 2030. Es decir, la transformación ética puede esperar. ¿Por qué? Porque en el fondo, muchos dentro de Morena entienden que el control territorial no depende del proyecto colectivo, sino de los apellidos que garantizan votos, clientelas y estabilidad local. Sheinbaum quiere cambiar esa lógica, pero tendrá que pelear con los mismos cuadros que hoy le aplauden en público y le sabotean en privado.
La advertencia de Sheinbaum también es un mensaje al resto de los partidos. Porque si algo une al PRI, al PAN, al PRD y a no pocos morenistas, es la convicción de que la política es un negocio familiar. Lo hemos visto en municipios, en congresos estatales y en el Senado, donde el apellido cuenta más que la trayectoria. En ese pantano, Sheinbaum intenta construir un puente hacia algo distinto. Falta ver si tiene madera para sostenerlo o si, como tantos otros, terminará atrapada en el pragmatismo de siempre.
La verdadera transformación no estará en los discursos, sino en las decisiones que se tomen cuando los nombres incómodos aparezcan en las boletas. Porque en este país llevamos décadas oyendo promesas de cambio, mientras los mismos apellidos siguen apareciendo en cada elección. Si Sheinbaum quiere pasar a la historia como la presidenta que transformó la política, tendrá que demostrar que puede más que los caciques y sus herederos. Y eso, hasta ahora, nadie lo ha logrado.
El reto está sobre la mesa, y el tiempo apremia. La transformación real o es ética, o no es transformación.
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