Para quienes pensaban —algunos de mala fe— que La Luz del Mundo se estaba apagando, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”, dice el refrán popular. El evento más importante de la Iglesia de mayor crecimiento en México no se celebró en su totalidad en Hermosa Provincia, Guadalajara —sede internacional de la congregación—, sino que fue regionalizado.

Solo asistieron delegados de siete estados del país debido a que el recinto resulta ya insuficiente para albergar a todos los creyentes del territorio nacional.
Desde hace algunos años, incluso la numerosa membresía de Estados Unidos dejó de acudir a Guadalajara por esta misma razón.

Antes del mes de agosto pasado se llevaron a cabo Santas Cenas en Guerrero, Monterrey, Ciudad de México, Guadalajara y otras entidades, también de manera regional. Recientemente, se celebraron en Tijuana y ahora en Veracruz. En todas ellas, la asistencia y la magnitud de los aforos han sido impactantes: cientos de miles de creyentes reunidos con fervor, fe y organización ejemplar.

Pese a lo que digan o escriban —de manera tendenciosa— algunos articulistas o supuestos “especialistas” en movimientos religiosos, la Iglesia La Luz del Mundo no se desvanece ni se divide.
Quienes dedican sus columnas a sembrar odio, prejuicio o discriminación solo evidencian su incapacidad de comprender una realidad que los rebasa: la Iglesia sigue creciendo, más viva, más unida y más firme que nunca.

La enseñanza permanece inalterable: ser buenos cristianos para Dios y mejores ciudadanos para el mundo. Esa es la luz que guía a cada miembro de esta comunidad de fe.
Y como siempre, ante los desastres naturales ocurridos en distintos lugares, la Iglesia La Luz del Mundo volvió a demostrar su espíritu solidario, enviando ayuda a los afectados e incluso participando en tareas de protección civil, fiel a su compromiso de servir con amor y humanidad.

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