
Por Amaury Sánchez G
Si Emiliano Zapata resucitara, no levantaría la carabina ni el machete: levantaría una raqueta para espantar a tanto chapulín político que brinca de partido en partido como si jugara turista mundial, pero en versión legislativa.
Ya ni disimulan. Un día son de izquierda, al siguiente de derecha, y por la tarde se toman una foto con el partido verde, no el ecológico, sino el de billetes. Lo de los chapulines ya no es metáfora: es plaga bíblica con fuero y sueldo de comisión legislativa.
Antes, uno podía ubicar a los políticos por sus ideas. Hoy, si quieres saber de qué partido son, tienes que revisar sus publicaciones de Facebook de los últimos tres meses. Porque cambian de color más seguido que semáforo de crucero.
¿Y por qué brincan tanto?
Por convicción, dirán algunos. ¡Por conveniencia!, gritará el pueblo sabio. Y lo cierto es que muchos saltan no porque hayan cambiado de ideales, sino porque se les acabó el hueso donde estaban roídos. El brinco no es ideológico: es alimenticio.
Tenemos políticos que han pasado por más partidos que la botarga del Dr. Simi en conciertos: PRI, PAN, PRD, Verde, PT, Naranja, Azul clarito, Fucsia con glitter… Si un día se funda el Partido del Pulque Nacional, seguro habrá cola para afiliarse.
Y mientras más brincan, más escalan.
Ya no es raro ver a un político que fue regidor con el PRI, diputado con el PAN, senador con el PRD y luego embajador por el partido en turno. El verdadero curriculum político ya parece juego de dominó: una ficha tras otra, con tal de caer bien parado.
Y lo peor es que, con cada brinco, el discurso se adapta como gelatina en vaso de plástico. Lo mismo defienden la reforma energética que al día siguiente piden que no se toque. ¡Viva la coherencia reversible!
¿Y el electorado? Bien, gracias.
La ciudadanía ve cómo su voto se va con alguien que prometía representar ciertos ideales, y al poco tiempo lo ve jurando lealtad al partido contrario, como si no hubiera pasado nada. Y claro, nadie devuelve el curul, ni las dietas, ni el coche oficial.
¿Qué hacer con tanto chapulín suelto?
Que se exija mínimo una cuarentena ideológica antes de cambiar de partido. Que pasen 40 días en el desierto… sin redes sociales y sin viáticos.
Que se prohiba brincar de bancada sin renunciar al cargo. O mínimo, que se les haga examen sorpresa de ideología política: si no pasan ni el concepto de “izquierda” y “derecha”, al banquillo.
Y sobre todo, que la ciudadanía deje de votar por el que más brinca. Porque si seguimos premiando a los saltarines, terminaremos gobernados por un zoológico con curules.
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Conclusión saltarina:
En este país, el que no salta no es del pueblo, ¡es del presupuesto! Y mientras no se castigue el brinco sin consecuencia, seguiremos viendo políticos que más que representantes, parecen atletas de salto triple.
Así que, estimado lector, cuando vea a un político cambiar de partido como quien cambia de calcetines… no le diga chapulín. Dígale saltimbanqui del erario.
Porque en la política nacional, el que no brinca… ¡es porque ya le dieron hueso!
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