Por Amaury Sánchez G.
Durante 36 años, el neoliberalismo desmontó pieza por pieza el engranaje del Estado productor y distribuidor. Privatizó, concesionó, y donde no pudo vender, dejó morir por inanición presupuestal. El resultado: un país rehén de intermediarios y corporativos que cobran por respirar.
Pero en Naucalpan, en las oficinas centrales de Leche para el Bienestar, algo distinto ocurrió: se abrió una tienda SUPERISSSTE Toreo que no es solo comercio; es un acto de insumisión política frente al dogma privatizador. Y al frente de esa contraofensiva, tres nombres que conviene memorizar: Leonel Efraín Cota Montaño, Antonio Talamantes Geraldo y Víctor Hugo Pérez Rojas.
Leonel Cota: el estratega que devuelve la palanca al Estado
Cota Montaño no se conforma con discursos: plantea infraestructura productiva concreta —planta pasteurizadora en Campeche, planta de secado en Michoacán— para que la leche que se consume en México se produzca y procese aquí, sin pedir permiso a las importaciones. Su hoja de ruta es una bofetada a la “eficiencia” neoliberal que entregó el abasto a oligopolios.
Bajo su visión, el Estado no es árbitro pasivo, es jugador principal: compra, procesa, distribuye y vende. Y lo hace con la autoridad de quien sabe que la soberanía alimentaria no se decreta: se fabrica, litro a litro.
Antonio Talamantes: el conductor que rompe la lógica del privilegio
Desde la Dirección General de Leche para el Bienestar, Antonio Talamantes ha transformado un organismo asistencial en empresa pública competitiva. Su lógica es simple y subversiva: cualquier persona, derechohabiente o no, puede comprar productos de calidad avalada por Profeco, a precios que no dependen de la voracidad de un supermercado.

Talamantes no dirige para dar limosnas, sino para democratizar el acceso: que la leche buena no sea lujo de clase media, sino alimento de todos. Y para eso ha hecho crecer la red de distribución, colocar la marca en las 43 tiendas de SUPERISSSTE y garantizar que el precio justo no sea propaganda, sino práctica diaria.
Víctor Hugo Pérez: el operador que convierte discurso en anaquel
El Gerente Nacional de Abasto Social, Víctor Hugo Pérez Rojas, es el que lidia con la trinchera diaria: inventarios, surtido, rotación, clientes reales. No presume; entrega cifras: 135,530 productos vendidos en seis meses a través de SUPERISSSTE y casi 7 millones de derechohabientes atendidos.
Mientras otros programas se agotan en spots y ceremonias, Pérez se asegura de que la leche esté en la estantería. Su trabajo es recordarnos que la política de abasto no se valida en el discurso, sino en el refrigerador de cada familia.
Naucalpan: plaza política, laboratorio de soberanía
Abrir aquí, en territorio clave del Estado de México, es poner un pie firme en un terreno electoralmente estratégico. Pero más que cálculo político, es declaración de presencia estatal: 1,660 productos, descuentos para sectores vulnerables, pagos de más de 90 servicios y hasta retiro de efectivo con la Tarjeta del Bienestar.
En esta tienda se cruzan la economía popular y la política territorial. Aquí se siente que el Estado no se limita a regular precios: los ofrece.
La tríada anti-neoliberal en acción
Con Cota diseñando, Talamantes conduciendo y Pérez operando, el abasto social se convierte en arma económica para enfrentar al modelo que dejó a millones a merced del mercado. Esta tríada no habla de “modernizar” para privatizar, sino de modernizar para recuperar.
Si logran sostener la cadena —producción, transporte, distribución y venta—, no solo habrán abierto una tienda: habrán reactivado un músculo que el neoliberalismo quiso atrofiar.
Veredicto combativo
Naucalpan es el punto de partida, no la meta. El enemigo es claro: la dependencia importadora, el abuso de precios, el desmantelamiento institucional. La respuesta también: un Estado que produce, vende y garantiza.
En este contexto, Cota, Talamantes y Pérez no son solo funcionarios; son operadores de soberanía. Porque el pueblo no se alimenta de discursos ni de nostalgias: se alimenta de que la leche llegue, todos los días, y que el precio no lo decida la bolsa de Nueva York.
Y hoy, con esta tríada al frente, ese objetivo empieza a dejar de ser utopía para convertirse en política viva.
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