
Por Amaury Sánchez G.
Imagínese usted que lo invitan a una boda. Le mandan la invitación en sobre dorado, con letra elegante, promesas de futuro, y hasta música de fondo patriótica. Le dicen que su presencia es importante, que es parte de la construcción del país, que sin usted no hay fiesta.
Y usted llega con toda la actitud…
Y no hay nadie.
Ni pastel, ni vals, ni novio, ni cura. Solo una mesa de plástico, una urna solitaria y dos funcionarios con cara de “¿y tú por qué viniste?”.
Así fue la elección judicial en Guadalajara. Una jornada que parecía más bien un simulacro del apocalipsis cívico: casillas vacías, cero ambiente electoral, total desconocimiento sobre quiénes eran los candidatos, y un INE más interesado en contar el tiempo que en contar votos.
Porque seamos claros: la desinformación fue el verdadero candidato ganador. Esa estrategia nacional de hacer como que se invita, pero en realidad se esconde la fiesta.
Anuncios insípidos, sin contenido, sin rostro humano, sin propuestas ni contexto.
Una publicidad tan inútil como poner espectaculares de un concurso de física cuántica en una carretera rural. Nadie entendió nada.
Pero eso sí, bien caros los spots, eh.
Y en medio de este desierto democrático, surgieron las flores más tercas, más valientes, más necesarias: los ciudadanos comprometidos.
Los que sí votaron
No fueron mayoría, pero fueron titanes. Se levantaron temprano sin necesidad de acarreo, sin torta, sin promesas, sin influencers pagados.
Votaron no porque alguien les dijera qué hacer, sino porque entienden que la democracia no se construye sola, ni desde el celular, ni con indignación dominguera en redes sociales.
Votaron porque les importa. Porque saben que si no participan, otros deciden por ellos.
Votaron como quien riega una planta en tierra seca: sabiendo que tal vez no florezca hoy, pero es la única forma de que algo crezca mañana.
Los que cuidaron las casillas
Y ahí estaban también ellos: los observadores ciudadanos, los voluntarios, los que llegaron con su gafete y su termo, con sus listas impresas y sus ganas de hacer valer la ley.
Los que no cobran, pero trabajan.
Los que no mandan, pero vigilan.
Los que no se les ve, pero sin ellos no hay confianza.
Pero, ¡ay!, qué manera tan triste de tratarlos. Muchos fueron recibidos con desdén, con sospecha, con mala cara.
Personal del INE que ya se sienten secretarios de Estado los recibieron como si vinieran a vender biblias:
—“¿Tú quién eres?”,
—“Ponte allá en la esquina, donde no estorbes la vista”,
—“No puedes anotar eso”,
—“Ya va a empezar a molestar este también”…
Como si observar fuera pecado. Como si cuidar el voto fuera meterse donde no se debe. Como si la legalidad fuera un estorbo para el orden burocrático.
Y aún así, los observadores se quedaron.
Anotaron. Escucharon. Soportaron el calor, la indiferencia, las miradas incómodas y las sillas de kínder.
Pero ahí estuvieron. Porque la democracia no solo se defiende votando, sino también observando.
Lo que no salió en la tele
Los titulares dijeron “casillas vacías”, “fracaso”, “apatía”.
Pero lo que no dijeron es que hubo una minoría heroica que resistió el apagón institucional.
Que aún con toda la confusión, con el abandono informativo, con la frialdad de las autoridades, hubo quienes cuidaron este proceso como si valiera oro, aunque el país entero actuara como si no valiera ni un centavo.
Porque sí, fue una elección mal planeada, mal difundida, mal ejecutada.
Pero no fue un fracaso total.
Fue una lección.
Una de esas donde descubres que, aunque todo esté diseñado para que la gente no participe, hay quienes van contra corriente, por pura convicción.
Y eso —aunque no llene urnas ni gane trending topics—, vale más que mil campañas vacías.
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