
Por Amaury Sánchez
En el corazón de México, allí donde la tierra se agrieta con nobleza bajo el peso del sol y el tiempo, crece una planta de silueta mística y nombre sonoro: el agave. No hay otro cultivo que resuma con tanto orgullo la identidad de una nación. De sus pencas brota más que tequila: brota historia, resistencia, sangre indígena, poesía campesina.
Durante años, sin embargo, esa planta sagrada fue víctima del desorden. El auge desmesurado de la demanda global convirtió al agave en objeto de deseo, sí, pero también de explotación. Surgieron intereses que nada saben del tiempo que requiere la planta para madurar. Se impusieron ciclos comerciales por encima de los biológicos, y los pequeños productores —los mismos que han sabido mirar al cielo para pedir la lluvia y a la tierra para agradecer la cosecha— se vieron atrapados entre la urgencia del mercado y el olvido de las instituciones.
Pero la historia, como el agave, también sabe renacer.
Este 8 de abril de 2025, la agroindustria tequilera ha dado un paso decisivo hacia la justicia agrícola y la sostenibilidad del campo. Mediante un acuerdo firme, la Cámara Nacional de la Industria Tequilera (CNIT), bajo el liderazgo de Roberto Ciprés Cruces, ha anunciado su compromiso de intensificar las compras de agave a través de la certificación Agave Responsable Social (ARS), evitando intermediarios y priorizando las cosechas de 2017, 2018 y 2019. Esta decisión, lejos de ser un simple ajuste administrativo, representa una reivindicación histórica de quienes han vivido con los pies en la tierra y los ojos puestos en la esperanza.
Y este avance no habría sido posible sin la visión clara y el acompañamiento decidido de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER) del gobierno federal. En especial, destaca la labor del Lic. Alfredo Porras Domínguez, quien jugó un papel determinante en la consolidación de este acuerdo. Su intervención no fue de escritorio, sino de territorio. Supo escuchar a los agaveros, entender el trasfondo de sus necesidades, y tender puentes entre los intereses industriales y las urgencias del campo. Porque para sanar la tierra, primero hay que saber escucharla.
Gracias a ese trabajo de articulación, la agroindustria tequilera ha hecho una pausa para corregir el rumbo. Se ha acordado la no expedición de pasaportes de traslado para agaves sembrados a partir del año 2020, y se suspenderán, salvo en casos excepcionales, los mecanismos de traspasos que venían debilitando la posición de los pequeños productores. Esta medida busca reordenar el mercado, pero sobre todo, devolver la dignidad al surco.
La marca ARS no es un simple logotipo. Es un gesto de justicia. Una herramienta que permite vincular de forma directa al productor con el comprador industrial, reconociendo no sólo la calidad del agave, sino la trayectoria de quien lo cultiva. Es también un escudo protector para más de 5 mil 900 agaveros tradicionales, muchos de los cuales heredaron esta vocación de sus padres y abuelos, como quien hereda una lengua sagrada.
Hoy, la CNIT asume con valentía este desafío. “Como agroindustria asumimos este compromiso. Estamos optimistas ante las situaciones que juntos estamos resolviendo de manera integral y en coordinación con las autoridades”, ha dicho Ciprés Cruces. No es una frase hueca: es la muestra de un sector que ha decidido mirar más allá del corto plazo, reconociendo que no hay crecimiento posible si no se planta sobre raíces justas.
Este esfuerzo no está solo. La SADER, en coordinación con el Consejo Regulador del Tequila (CRT) y gobiernos estatales y municipales, está sumando acciones para proteger al productor tradicional, fortalecer la trazabilidad del agave, fomentar la conservación ambiental y garantizar un desarrollo económico con rostro humano.
Porque en el fondo, este no es solo un tema agrícola ni económico. Es un asunto de identidad nacional.
El agave es la planta que nos mira desde los campos azules de Jalisco, de Nayarit, de Guanajuato, de Tamaulipas… como un testigo paciente de nuestras contradicciones y nuestras promesas. Y hoy, por fin, podemos decir que la promesa va camino de cumplirse.
Este editorial es más que un reconocimiento: es una invitación a continuar en esta ruta. A que cada botella de tequila lleve, no solo el sabor de nuestra tierra, sino la historia de un país que supo, al fin, mirar con respeto al campesino que la cultiva. Porque solo cuando el agave se honra desde su raíz, México florece entero.
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