Por Manuel Gutiérrez
Anacleto González Flores es como el sol, pero tan radiante que no deja ver otras figuras de gran mérito que florecieron junto a él.
Hoy ensayaremos el beato de acción con Miguel Gómez Loza; el beato contemplativo, Luis Padilla Gómez (no hay parentesco); y, finalmente, el no beato, el que se dedicó a sobrevivir cargando la cruz de una lucha derrotada, René Capistrán Garza, con la incomprensión y la posterior marginación que afecta a los que no ganan, al margen del valor de su lucha.
BEATO DE ACCIÓN
Miguel Gómez Loza, nacido en Paredones, El Refugio, en Acatic, Jalisco, fue el brazo derecho de Anacleto y soporte en las horas difíciles. Quedó huérfano de joven y mantuvo a su madre mientras estudiaba; su hermano Elías fue asesinado por defender la libertad religiosa en 1926. Estudió en la Escuela de Jurisprudencia de la U. de G. y en la Escuela Libre de Derecho. Impulsó la doctrina social de la Iglesia, sindicatos, cajas de ahorro de obreros, fomentó las escuelas católicas y fue promotor de la prensa católica, sobre todo de la Unión Popular, Gladium, La Palabra y La Época.
Como defensor, adoptó la defensa de los derechos humanos de los trabajadores frente a caciques obreros y campesinos. Fue encarcelado 59 veces —de puños rápidos—, la mayoría por promover la libertad religiosa.
Cuando todos los católicos, y eran miles, pasmados vieron ondear la bandera rojinegra del anarquismo sindical y comunista en la Catedral, él solo reaccionó, rompió vallas, ascendió hasta llegar a la bandera extraña y la hizo jirones. La masa no se atrevía.
Obviamente le propinaron una golpiza mayor por la hazaña. Se dice que participó en la batalla civil del Santuario en los prólogos de la tormenta en los tiempos de Carranza. De hecho, estuvo en todas y caminó junto a Anacleto en la entrega de la vida por sus ideales.
Como abogado atendía gratis a los pobres; recibió la condecoración del Papa Pío XI, Pro Ecclesia et Pontifice (que también obtuvo Anacleto, obvio).
La muerte de Anacleto le confiere deberes mayores: su duelo de más acción, más entrega a la causa de la libertad. La Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa lo convierte en gobernador civil de Jalisco, acatado en las zonas cristeras, lo mismo que en Guanajuato.
No disparaba armas, no participó en combates formales, solo de ideas; era un organizador natural, pendiente del abasto de comida y parque para los alzados, del apoyo a familias de cristeros y de la red de información; animó la creación de capellanes castrenses que, sin tomar las armas, asistieron espiritualmente a los cristeros.
En 1922 se había casado con María Guadalupe Sánchez Barragán y tuvo tres hijas.
De muchas luces, pero no tan fulgurante como Anacleto o René, tenía su carisma y su valor era proverbial; enfrentó riesgos, pero la ocasión llegó el 21 de marzo de 1928 en el rancho El Lindero, cerca de San Francisco de Asís, cuando iba a encontrarse con el General Enrique Gorostieta.
Cada año los charros de Atotonilco y los vaqueros lo conmemoran con una cabalgata al lugar de su captura y sacrificio; es una fecha solemne.
Intentó quemar papeles que comprometían a los alzados; lo lazaron, lo arrastraron tras de un caballo a todo galope y lo acribillaron por la espalda al pie de un encino, una muerte infamante porque no fue traidor a nada.
Muerto, lo arrastraron en Atotonilco, Jalisco, como escarmiento; luego, en Guadalajara, lo exhibieron con la idea de que la muerte de los jefes desanimara a las multitudes. Por fin, su esposa y su madre lograron rescatarlo y sepultarlo en el Panteón de Mezquitán, con una multitud enorme que desafió la prohibición del gobierno de Plutarco Elías Calles. Desde entonces forma parte de los mártires cristeros.
Fue beatificado el 20 de noviembre de 2005 por Benedicto XVI, junto con su hermano del alma, Anacleto.
BEATO CONTEMPLATIVO: LUIS PADILLA GÓMEZ
Tal vez el concepto contemplativo no sea el adecuado, o tal vez sí.
Contemplativo es el que logra la salvación o santidad mediante la reflexión, la introspección y la comunicación con Dios, en una vida dedicada al ascetismo, activa, pero muy marcadamente religiosa, disfrutando de comprender lo que es Dios y mortificando los deseos mundanos.
Luis Padilla nació el 9 de diciembre de 1889, un año posterior a Anacleto, con quien muere. Fue acomodado, de familia pudiente, con excelente educación jesuita en el Instituto San José. Comulgó el 24 de septiembre de 1908, fecha a la que él en lo personal le daba gran relevancia y siempre señaló como su encuentro definitivo.
Conducta intachable, practica todo el manual de perfección cristiana: caridad, templanza, todo el repertorio. Todos estos mártires eran asiduos a las prácticas devotas, pero no se centraban en ellas; salían a la calle a cambiar el mundo. Deja el seminario porque sintió que no era llamado al sacerdocio.
Devoto mariano, afecto al rosario, se vuelve maestro gratuito de niños pobres. Funda la ACJM en Guadalajara junto a Anacleto, pasa a ser presidente local de la ACJM y luego de la Unión Popular; su campo era lo administrativo. Su crianza fina y su noble actitud le valían la aceptación; dirigió con humildad, pero con efectividad.
Cuando llega el 1 de abril de 1927 lo detienen; se llevan también a su hermano, a su madre enferma y a su hermana. Lo golpean en el camino.
Junto a los hermanos Vargas González, Luis Padilla pide preocupado la confesión: temía más al otro lado de la vida y a ser encontrado sin los auxilios sacramentales para el viaje definitivo que al peligro real en que se encontraba.
Anacleto lo tranquiliza: “No, hermano, ya no es hora de confesarse, sino de pedir perdón y de perdonar. Es un Padre y no un juez el que te espera. Tu misma sangre te purificará”. Luego fue llevado a enfrentar siete fusiles Máuser que hicieron fuego. Luis Padilla nunca tomó las armas; era organizador urbano, de escritorio, de propaganda y de enseñanza en las escuelas. En cambio, Gómez Loza se la rifa en el monte, pero tampoco fue directamente beligerante.
La multitud algo percibió; tuvo también un cortejo triunfal al Panteón de Mezquitán, que es por mucho un recinto histórico de ilustres personalidades de Jalisco.
La policía, aunque le ordenaron hacerlo, no se atrevió a parar el cortejo.
Jorge Vargas, otro de los fusilados, tiene una historia similar. El gobierno intentó justificar sus muertes relacionándolas con el secuestro de un cónsul de Estados Unidos, Wilkins, junto a su hermano Ramón y, principalmente, Anacleto, muerto por el marracete (espadín militar) de Ferreira en la espalda. Luego Ferreira llegó a ser gobernador de Nayarit; en la desgracia… fue socorrido por la viuda de Anacleto, que no le guardó rencor pese a su violencia, y todavía Anacleto le había ofrecido abogar por él en el Supremo Tribunal Eterno.
NO BEATO, CON UNA VIDA DIFÍCIL: RENÉ CAPISTRÁN GARZA
Si René Capistrán Garza hubiera usado su oratoria al servicio de la causa del gobierno, del liberalismo y del socialismo, hubiera tenido una carrera política descollante; pero prefirió ser presidente nacional de la ACJM en 1918-1923.
Bajo su influjo convierte la asociación en algo nacional. Abogado de la Escuela Libre de Derecho, era el Demóstenes de la causa (Anacleto estaría más a tono con Cicerón).
Curiosamente compitieron en la tribuna y ganó René. Su material tendía a convencer a las altas capas sociales; sus figuras eran emocionantes pero elegantes.
Así obtuvo la presidencia regional. La Liga Nacional lo envía a los Estados Unidos a gestionar recursos para los alzados; su viaje topa con la incomprensión del clero estadounidense y choca con la oposición de algunos obispos nacionales inconformes con la Cristiada. Su labor fracasa.
Viajó a Roma a gestionar apoyo papal para la causa; oficialmente nada obtuvo.
Luego regresa y sobrevive dedicándose al periodismo; incluso hizo un guion que se llevó a la pantalla, La Virgen que forjó patria, pero me adelanto, eso pasó en 1942.
Su visión no era nacional del conflicto; intentó infructuosamente que los Estados Unidos apoyaran a los cristeros. Regresa a México luego de los arreglos y se convierte en periodista; pasó apuros económicos y muchos se le voltearon.
Esta figura, junto a la de Enrique Gorostieta por ser neoleonés, son favoritas de la UANL, que las estudia a profundidad. De 1940 a 1955 es redactor estrella de Novedades y El Universal; es reconocido como gran polemista.
En 1952 funda su revista Atisbos y una católica llamada Futuro.
Usó los seudónimos de Revulgo-Mingo y Sansón Carrasco, el bachiller de El Quijote.
En 1958 publica Andanzas de un periodista y en 1964 se produce un giro histórico trascendental cuando escribe La Iglesia Católica y la Revolución Mexicana, en el que pasa de considerar satánicas las revoluciones a encontrar coincidencias entre la revolución y la doctrina católica, lo que le valió estar en medio de la polémica: era otra vía.
Los investigadores de la UANL dicen que, durante su prisión y destierro, tuvo oportunidad de analizar las ideas de personas que no eran de sus convicciones, lo que ayudó a flexibilizar sus opiniones y lo llevó a diferenciar causas y efectos de las revoluciones, encontrando elementos rescatables en la Revolución Mexicana, como en los casos de Benjamín Hill, zapatistas como Antonio Díaz Soto y Gama, Luis Cabrera (constitucionalista), Felipe Ángeles y otros pensadores, legisladores y políticos que consideró que no eran divergentes con sus creencias.
Sus años finales fueron polémicos también; siempre mantuvo una actitud combativa en sus escritos.
Fue crítico del Concilio Vaticano II y escribió en 1970 Caos en la Iglesia y Traición al Estado, en el que considera que la nueva iglesia propone una revolución de orden subversivo (la Teología de la Liberación y esas modernidades), lo que lo llevó otra vez a enfrentar polémicas; fue despedido de El Sol de México por presiones, se dice, de jesuitas que lo consideraban antagónico.
Fue capaz de enfrentar en Santo Domingo, a grito pelón, una asamblea revolucionaria de los dominicos y el CNH durante el movimiento del 68 en la Ciudad de México. Era gente de valor, porque lo pudieron violentar, pero eso hizo desde sus tiempos de la ACJM: nunca cambió.
Obviamente, con esta fase jamás será considerado institucionalmente como candidato de algún mérito eclesiástico. Pero nada es más amargo que ver caer a tus amigos y preguntarse si valió la pena el esfuerzo, ver que quizá no sirvió tanto sacrificio; y los participantes de la epopeya pasaron un tiempo largo como apestados: no los querían ni en los templos que defendieron y vino un manto de silencio como tabú del tema.
Dios en ese momento no respondió al asunto histórico, dejando a los mártires caminar el sendero solos hacia la gloria, sustentados en la confianza en sus palabras, porque Dios resuelve a otra velocidad en el tiempo.
Beatos o no, contribuyeron a darnos democracia (fue un efecto) y generaron un orden más justo sin religión de Estado; rescataron la libertad religiosa y evitaron que un pueblo se volviera contra su identidad y su historia.
Dios reconoció a esos beatos cuando luego la Iglesia, siempre a otra velocidad, analizó sus méritos y los puso en la antesala de la santidad; pero sus respuestas no llegan dentro del tiempo normal.
Así ha sido desde los tiempos bíblicos. Ellos dijeron “Hágase tu voluntad”, pero René vivió y no contó sus recuerdos, que supongo eran amargos.
René enfrentó otro tipo de martirio: psicológico, moral, de incertidumbre y de dudar y pelear por sus convicciones; la presión toda su vida fue enorme.
Murió entre el 15 y 16 de septiembre de 1974 en la Ciudad de México, a la edad de 76 años. No alcanzó a ver la modificación del art. 130 constitucional, que repuso toda la libertad religiosa y la personalidad jurídica de todas las iglesias en la era de Carlos Salinas.
Su aportación, que los liberales y los conservadores deben resaltar, es el haber dado aceptación al fenómeno de la Revolución Mexicana como portador de valores en algunos de sus protagonistas y en algunos preceptos constitucionales, y no condenar el fenómeno en forma total por haber luchado contra el orden resultante de ella debido a posturas equivocadas de Calles. Abrió otro camino social y reconcilió El Poder y La Gloria.
Los beatos oficiales son gestores ante Dios. El otro, político y periodista, no alcanzó esa categoría; no todos tuvieron la ventaja de ser fusilados y lavar los pecados —muy relativos, porque eran vidas de virtudes—. Los políticos juegan, en cambio, a las serpientes y escaleras.
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