Por Amaury Sánchez G.
En el salón, con sus luces blancas y su aire de solemnidad burocrática, todos los presentes parecían fingir que allí no pasaba nada extraordinario. Era, decían, una sesión más de Infonavit. Pero algo distinto flotaba en el ambiente: un dirigente sindical se levantaba, no para rendir pleitesías ni para enhebrar alabanzas huecas, sino para pedir cuentas.
Juan Huerta, hombre curtido en los pasillos del sindicalismo y ahora dirigente de la CTM Jalisco, no levantó la voz por demagogia, ni golpeó la mesa para teatralizar una indignación impostada. Sus palabras fueron de otra naturaleza: la exigencia serena, la claridad que incomoda porque pide lo que muchos callan.
Habló de prestaciones sociales, ese derecho que suele marchitarse en los discursos pero rara vez se cultiva en la realidad. Habló de recursos transparentados, porque sabe que el dinero del trabajador es sagrado y que, al desviarlo, se roba más que cifras: se roba la esperanza de una vida digna. Habló del Programa de Vivienda para el Bienestar, que debería ser un altar a la justicia social y no una estadística acomodada para los informes de fin de sexenio.
Pidió algo tan simple como temible para los administradores de la opacidad: un informe claro. Quería nombres de empresas, montos asignados, avances reales, fechas concretas. Quería saber cuántas casas, cuántos techos, cuántos hogares palpables verán los trabajadores antes de que el calendario marque el fin de 2025.
Ese gesto lo separa de la vieja escuela sindical, donde las palabras eran tributo al poder y las acciones un pacto silencioso de complicidades. En la CTM, cuyo nombre ha estado tantas veces vinculado a la caricatura de líderes que confundían su vocación con la servidumbre al patrón, el gesto de Huerta irrumpe como algo distinto: la vocación verdadera de representar al trabajador, no al poderoso.
Es cierto: todavía no se puede cantar victoria ni levantar monumentos. El sindicalismo mexicano carga el peso de décadas de simulación, de líderes que cambiaban la lealtad de las masas por una curul, un viaje o un sobre manchado de favores. Pero cada tanto surge una figura que obliga a mirar de nuevo. Y en ese salón de Infonavit, Juan Huerta pareció estar diciéndole a todos, con tono casi brutal en su simpleza: el sindicato no está para callar, sino para vigilar.
Los trabajadores, los que madrugan, los que entregan su cuerpo a la jornada, no escuchan discursos ni leen comunicados oficiales: esperan resultados. Una casa levantada, un crédito que no se convierta en trampa, un derecho que se cumpla. En la medida en que el dirigente logre que esas exigencias se traduzcan en hechos, entonces su nombre pasará de la anécdota sindical al registro de quienes se atrevieron a romper la costra de la complacencia.
Y en la CTM, donde tantos aprendieron a guardar silencio a cambio de migajas, la voz de Huerta resuena como la pregunta incómoda que nadie quería hacer: ¿dónde están los recursos del trabajador, y en qué se han convertido?
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