Por Laura Gutiérrez Franco
Ah, la nostalgia de los noventa. Cuando el mundo apenas descubría el internet de módem ruidoso, en las selvas de Chiapas emergía una figura mítica: pipa en boca, pasamontañas calado hasta las cejas, prosa poético-filosófica y un halo de misterio que encandilaba a la intelectualidad. Tres décadas después, el espectáculo debe continuar.
Para sorpresa de nadie y cansancio de varios, el hombre de la pipa ha vuelto a asomarse a los reflectores. Pero alto ahí, porque ya no se llama Subcomandante Marcos. Tampoco Galeano, que fue el seudónimo que adoptó tras su muerte simbólica en 2014. Ahora exige ser llamado Capitán Insurgente Marcos, un insólito descenso de rango militar para quien lleva décadas dirigiendo comunicados desde la comodidad de la tinta y el papel.
Las marcas del tiempo: La radiografía de Gil Gamés
La reaparición del antiguo subcomandante en diversos medios, con entregas en La Jornada y la atención de la prensa nacional, no ha pasado desapercibida para la crítica afilada. En su conocida columna El Tintero, publicada en Milenio, Gil Gamés no dejó pasar el detalle estético del revolucionario.
Gil describe a un Marcos al que irremisiblemente le pasaron los años por encima. Lejos de la estampa del guerrillero grácil de los noventa, la pluma de Gamés retrata a un personaje visiblemente pasado de peso, con bolsas pronunciadas bajo los ojos y una figura que delata que los años no han estado precisamente marcados por la hambruna. Un capitán bien comido, en palabras del columnista, cuyo deterioro físico hace dudar a más de uno sobre si es de verdad el mismo tipo que fascinaba en 1994 o estamos ante un actor de reparto interpretando la caricatura de sí mismo, o si es que el tiempo y la buena mesa simplemente no perdonan ni a las vanguardias insurgentes.
¿A qué volvió y por qué ahora?
Tras años de un silencio interrumpido solo por comunicados esporádicos y foros de escasa convocatoria, Marcos ha decidido reactivar su máquina de escribir. Según sus propios manifiestos, las razones para regresar a la opinión pública responden a varios puntos clave.
Primero, la reestructuración de la autonomía zapatista, buscando explicar la disolución de los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas y las Juntas de Buen Gobierno para dar paso a los llamados Gobiernos Autónomos Locales, en un intento de atrincherarse ante la violencia que azota la región.
Segundo, la reiterada crítica al sistema y a los megaproyectos, cargando nuevamente contra el modelo económico, el extractivismo y la militarización en el país. Y tercero, el abanderamiento de causas sociales y solidaridad, sumándose al discurso de apoyo a las madres buscadoras en México y fijando postura sobre conflictos internacionales como el de Palestina.
¿Qué quiere de México?
La gran pregunta que flota en el aire es qué busca el rebautizado Capitán con estas apariciones intermitentes. Para muchos, no es más que la búsqueda de relevancia mediática de una figura cuyo peso político se diluyó hace tiempo. Para otros, es el desesperado intento de mantener con vida la atención sobre su movimiento ante la compleja realidad que se vive en los territorios del sur.
Entre el mito del guerrillero de los noventa y la imagen actual de un señor cansado, con kilos de más y bolsas en los ojos, el Capitán Marcos vuelve a intentar dictar cátedra. La diferencia es que, treinta años después, México ha cambiado y la audiencia ya no se desvela por sus comunicados. Antes sí que tenía club de fans.
Hoy, la autollamada Cuarta Transformación no solo ignora al capitán insurgente Marcos; sencillamente lo ha dejado fuera de la foto y de sus prioridades. En el palacio gubernamental no hay espacio para la agenda del zapatismo ni interés en financiar sus propósitos. El poder actual ya no necesita del mito chiapaneco para legitimarse, y esa indiferencia es la peor condena para una causa que solía acaparar las portadas de todo el mundo.
Es momento de que el movimiento entienda que el halo romántico del guerrillero de la selva ya venció. Si de verdad aspiran a incidir en el futuro del país, deben quitarse el pasamontañas, abandonar las armas de utilería y constituirse en un movimiento político de oposición serio, crítico y respetable. La vía armada y los comunicados poéticos dejaron de ser útiles hace tres décadas; aferrarse a ellos solo los mantiene atrapados en la irrelevancia. Los fervientes seguidores que en los noventa abarrotaban foros internacionales simplemente desaparecieron.
Tal como lo documenta con precisión el célebre libro de investigación Marcos: la genial impostura —cuya mirada rigurosa desmontó el mito desnudando el aparato de propaganda detrás del personaje—, todo ese «embalaje zapatista» de la pipa, el pasamontañas y las proclamas poéticas siempre fue más un fenómeno de mercadotecnia mediática y de consumo exterior que un proyecto con verdadera utilidad e impacto real para el desarrollo del país. Sin reflectores y sin la complacencia del oficialismo, el show se terminó; ahora solo queda decidir si se convierten en política formal o en una pieza más del museo de las nostalgias.
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