Por: Amaury Sánchez G.
En los pasillos del Palacio de Gobierno de Tabasco, donde los abanicos giran sin esperanza y el bochorno es crónico, se susurraba hace décadas un apellido: Bermúdez. Para entonces, aún no existía la Cuarta Transformación ni los templos de la esperanza obradorista. Pero ya estaban ahí los expedientes, las sospechas, las hemerotecas empolvadas que hablaban de un hombre, Hernán Bermúdez Requena, ligado al saqueo estatal con el tacto fino de quien sabe robar sin dejar rastro… o con el respaldo del patrón.
En 1995 y 1998, dos voces que después serían columnas vertebrales de la autodenominada regeneración nacional —Andrés Manuel López Obrador y Layda Sansores—, señalaron con dedo firme al entonces funcionario estatal. No era un pleito menor. El señalamiento apuntaba hacia una red de desvío de recursos vinculada al entonces gobernador priista Roberto Madrazo Pintado, ese émulo tropical del delfín salinista que luego quiso ser presidente con pechera de demócrata y los bolsillos llenos.
El dato está ahí, frío e inocente, como suelen ser los datos hasta que alguien los despierta.
Dos décadas después, ya con la banda presidencial ajustada al pecho y la retórica de la honestidad por decreto, aquel hombre denunciado reaparece, flamante, como secretario de Seguridad en el gabinete de Adán Augusto López Hernández en Tabasco. La escena es grotesca: el señalado de ayer, con uniforme de mando, dictando estrategias de seguridad en un estado devorado por el crimen organizado y los huachicoleros.
¿Quién autorizó el perdón? ¿Quién mandó al archivo aquellas denuncias? ¿Quién, sabiendo, calló?
El silencio también delinque, sobre todo cuando se institucionaliza. Y en este caso, no hablamos de un olvido piadoso o de una inocencia sobrevenida, sino de una omisión de Estado.
Porque si Andrés Manuel y Layda sabían quién era Bermúdez, si tenían los expedientes, los artículos, las pruebas —como ahora lo recuerda el Diario de Yucatán—, entonces la pregunta no es por qué está prófugo hoy, sino por qué estuvo libre durante todo el sexenio. Libre, investido y bien pagado.
El círculo cierra de manera casi poética: enero de 2025, Bermúdez Requena escapa del país mientras lo señalan por presuntos vínculos con el grupo criminal La Barredora, dedicado al robo y venta de combustible, extorsión y trasiego de droga. La Interpol lo busca. Los mismos que lo encumbraron, hoy lo desconocen. Y los que antes lo denunciaron, ahora callan con una mudez que huele a complicidad.
¿Dónde están las explicaciones?
¿Y Adán Augusto? Murmurando en las sombras de su ambición presidencial frustrada. Se dice que todo lo firmó otro, que él solo saludaba. Pero hay una firma invisible —la del consentimiento tácito— que es más peligrosa que la del burócrata imprudente. Porque si no lo sabía, es negligente; si lo sabía, es corresponsable.
¿Y Layda Sansores? La misma que lo denunció en los noventa, ¿cómo se explica su silencio cuando su partido lo premió con la Secretaría de Seguridad? La indignación no tiene fecha de caducidad. O no debería.
¿Y el presidente López Obrador? ¿No le pareció sospechoso que un viejo conocido de los años oscuros de Tabasco dirigiera la seguridad en su tierra natal? ¿O es que las reglas cambian cuando los tuyos están involucrados?
El daño ya está hecho.
Hoy, mientras Bermúdez se pasea por algún aeropuerto internacional con nombre falso y pasaporte de sombras, el gobierno que prometió limpiar las escaleras de arriba hacia abajo empieza a resbalar en sus propias contradicciones. No por la existencia del crimen, sino por la tolerancia hacia él cuando se disfraza de estructura política leal.
Este no es solo el caso de un prófugo. Es el retrato de una claudicación ética.
Porque la Cuarta Transformación podrá jactarse de no robar, no mentir, no traicionar, pero los hechos —fríos, tozudos, implacables— demuestran que a veces, también se omite. Y la omisión, cuando protege al crimen, es una forma refinada de traición.
Luis Spota habría dicho que todo esto no es una novela, sino una maldición cíclica: los mismos nombres, los mismos pecados, los mismos pactos invisibles… solo que ahora con discurso progresista.
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