Por Laura Gutiérrez Franco
El dinamismo que traía el gasto en las familias mexicanas ya se frenó y ahora lo que manda en las casas es la cautela. No es que la gente haya dejado de comprar de la noche a la mañana, pero sí hay un enfriamiento claro y sostenido: los presupuestos se están apretando en serio y cada peso se piensa dos o tres veces antes de sacarlo de la bolsa. Ya no se trata de salir a comprar por gusto, darse un capricho o cambiar las cosas del hogar solo porque sí, sino de estirar el dinero lo más que se pueda para librar lo básico.
Este freno se nota con muchísima fuerza en todo aquello que no es de primera necesidad. Las familias mexicanas pusieron en pausa la renovación de muebles, la compra de aparatos electrónicos, la ropa cara, las remodelaciones pequeñas en casa y las salidas a comer fuera. La prioridad absoluta de hoy es asegurar que el gasto alcance para la comida de la quincena, los recibos de la luz, el agua, el gas y los compromisos que ya se tienen encima.
¿Qué dicen las cifras oficiales?
Esto no es solo una sensación que se platica en el mercado o en la plática de café; los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) lo confirman claramente a través del Indicador Mensual del Consumo Privado. Mientras en años pasados el gasto de los hogares crecía a ritmos fuertes y constantes, con tasas de más del cuatro o cinco por ciento al año —impulsado por la recuperación tras la pandemia, el aumento a los salarios mínimos y el gran flujo de remesas—, en los reportes más recientes ese ritmo se cayó a niveles de apenas entre el uno y el dos por ciento.
Lo que más se ha estancado de manera drástica es la compra de bienes duraderos de origen nacional. En ese rubro, los números están prácticamente en cero. Esto significa en palabras sencillas que las familias cerraron la cartera por completo para todo aquello que implique endeudarse, comprometer los ingresos a futuro o meterse en pagos a mediano y largo plazo.
Las razones del apretón en el bolsillo
Hay cuatro factores muy claros que se juntaron y le pegaron directo a la capacidad de compra de la gente:
El impacto acumulado de los precios: Aunque los especialistas y el gobierno digan a diario que la inflación ya bajó y que los números se están regulando, la realidad que vive la ama de casa o el jefe de familia es otra. El súper, las verduras, las carnes, los abarrotes y los servicios básicos se quedaron en un nivel muy alto. El dinero rinde mucho menos que hace dos años y la mayor parte del ingreso familiar se va directo y sin escalas a la cocina.
El crédito está carísimo: Las tarjetas de crédito, los préstamos personales y los créditos de nómina siguen teniendo tasas de interés muy altas. La gente ya aprendió la lección y le dio miedo tarjetear para comprarse una pantalla, una computadora o un celular nuevo, porque sabe perfectamente que los intereses se la van a comer viva al cabo de unos meses.
Menor fuerza en el empleo y las remesas: Aunque no hay un desempleo masivo, la creación de nuevos puestos de trabajo formales se ha vuelto bastante más lenta. A esto se le suma que el dinero que envían los paisanos desde Estados Unidos, al momento de cambiarlo a pesos y enfrentarse a los precios locales, ya no rinde ni rinde el mismo poder de compra que tenía antes.
El cobro de deudas viejas: Muchas familias venían arrastrando compromisos financieros de los años anteriores. Al llegar el momento de pagar la tarjeta o las mensualidades fijas, el margen de dinero libre para gastar en el día a día se redujo al mínimo.
La causa de este atorón es clara: la economía del país se estacionó porque se frenó la inversión. El Gobierno Federal creyó que el gasto se podía sostener solo repartiendo apoyos sociales y subiendo el salario por decreto, pero se le olvidó lo principal: dar confianza para que las empresas inviertan y pongan a trabajar el dinero.
Los apoyos ayudan a salir del paso un par de días, pero no crean empleos de verdad ni generan riqueza a largo plazo. Al espantar a los inversionistas con incertidumbre y reglas cambiantes, las autoridades le quitaron la pila a la máquina que mueve al país.
El resultado de esa mala decisión lo estamos pagando todos en el día a día. Nos dejan una economía frenada donde el dinero rinde cada vez menos y las familias tienen que hacer milagros para que la quincena no se les acabe a media semana. El señalamiento es directo a una política económica que prefirió regalar dinero antes que generar condiciones para que la gente trabaje, gane bien y viva tranquila; hoy las consecuencias no están en los discursos, sino en los bolsillos vacíos y en las cuentas que ya no salen.
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