La opinión de Horacio Villaseñor.
En 1980 Guadalajara era la ciudad mejor iluminada de Latinoamérica. Hoy no logramos que pase el camión de la basura a una hora previsible. Entre un hecho y otro no hubo un accidente: hubo una decisión administrativa que se repite, terca, cada vez que algo se rompe: centralizar más. Esa es la ortodoxia que nos gobierna desde hace décadas: un organigrama piramidal donde un centro de mando planea y el resto de la ciudad obedece o espera. Funcionó mientras Guadalajara fue una ciudad pequeña y previsible. Dejó de funcionar cuando la ciudad se volvió lo que es hoy: millones de personas con ritmos distintos, en miles de manzanas que ningún escritorio central puede vigilar en tiempo real. La respuesta de la autoridad ante ese agotamiento no fue repensar el diseño: fue crear el Instituto de Planeacion y Gestion del Desarrollo del Área Metropolitana de Guadalajara (IMEPLAN), una instancia más, con el mismo vicio de origen que ya había fallado. Más control desde el centro no es orden: es la misma enfermedad con otro nombre. Y ahí está el problema de fondo, no uno de intenciones: el IMEPLAN se diseñó mal desde el papel. Se pudo construir como una interfase ligera de coordinación técnica, sincronizar rutas y destrabar trámites entre municipios, con una fracción del gasto actual. En cambio se le dieron funciones de gran coordinador metropolitano, el mismo rol que ya había fracasado. Más de una década y varios cientos de millones de pesos después, el resultado es el mismo organigrama de siempre, con logotipo nuevo y un problema de mayor escala: fusionamos varios problemas municipales en uno solo, metropolitano, y lo llamamos solución. Ese error de diseño no es casualidad, es consecuencia directa de quién se ha sentado a dirigirlo. Ni un solo titular del IMEPLAN, en sus doce años de existencia, ha llegado al cargo con formación real en administración pública. Ha habido activistas de movilidad, abogados litigantes, urbanistas de escritorio y, sobre todo, operadores políticos colocados por cuotas partidistas y enroques de gabinete. No hay un solo titular con oficio de gobernar, de diseñar instituciones que funcionen, de entender que coordinar una metrópoli no es una simpatía ni una lealtad, sino una disciplina técnica. Así, no sorprende que el organismo lleve más de una década cambiando de titular cada vez que cambia el viento político, sin dejar una arquitectura capaz de sobrevivirlo: cuando el criterio para dirigir la planeación de nueve municipios es el favor debido y no la competencia profesional, lo único que se planea, con precisión implacable, es el próximo relevo. Un organismo diseñado para fallar, además, dirigido por quien no sabe, o no le conviene, corregir el diseño. La heterodoxia frente a esta ortodoxia agotada no es más control desde arriba, es justamente lo contrario: devolver la capacidad de resolución a la escala donde la vida ocurre. Una delegación, una colonia, una manzana, no son oficinas satélite que esperan instrucciones; pueden ser unidades que resuelven su propia complejidad si tienen presupuesto y autoridad real, sin escalar cada bache o cada tambo desbordado hasta un escritorio metropolitano. El rompimiento que hace falta no es una reforma más al mismo organigrama, ni otra instancia metropolitana con un director y un consejo elegido a modo. Es aceptar que “más coordinación centralizada” es la respuesta equivocada a una pregunta que llevamos años formulando mal. La pregunta correcta no es cómo controlar mejor la ciudad desde el centro, sino qué tan chica se puede volver esa unidad de gobierno para que resuelva sola, ahí donde la basura se acumula, donde el bache se convierte en socavón, donde el vecino ya sabe la solución antes que cualquier consultor metropolitano. Guadalajara sí necesita un IMEPLAN, pero no el que tiene. Necesita uno mínimo: un puñado de expertos en función pública, no más de cinco en nómina, cuya única tarea sea orientar a los ayuntamientos sobre dónde falla el sistema, dejando que cada barrio resuelva, a su escala, lo que le corresponde. Eso, y no un puesto más para repartir entre aliados, es lo que una metrópoli de millones de personas se merece. No necesita más IMEPLAN: necesita menos escritorio y más manzana. ¡No sean mensos!
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