Por Amaury Sánchez G.
Hay decisiones del Estado que no anuncian un futuro, sino que lo cimbran. No lo prometen: lo exigen.
La elección de Ernestina Godoy como nueva titular de la Fiscalía General de la República pertenece a esa estirpe de acontecimientos que obligan a un país, cansado de sí mismo, a mirarse al espejo sin la posibilidad de apartar la vista.
Porque el Senado no solo votó: 97 voluntades coincidieron en que México no podía permitirse continuar su tránsito hacia la indiferencia jurídica, ese territorio silencioso donde la injusticia se normaliza como si fuese parte del clima. Y, al mismo tiempo, 19 votos y 11 nulos recordaron que la resistencia a la regeneración se aferra a la vida como un animal herido.
El país y su silencio: un escenario digno de novela
En este México nuestro, donde la verdad rara vez camina sola y suele necesitar escolta, la llegada de una fiscal no es un simple relevo. Es una declaración.
Un país que ha visto desfilar procuradores y fiscales como si fueran sombras sin biografía necesita, quizá por última vez, una figura pública capaz de reclamar para sí la obligación de hablar cuando los demás callan.
Ernestina Godoy es esa figura.
No porque haya nacido para ello, nadie nace para cargar con los errores acumulados de una nación entera, sino porque su trayectoria, construida en los márgenes más ásperos del derecho y la defensa de los vulnerados, la fue moldeando hasta convertirla en lo que hoy es: una mujer que conoce no solo la letra, sino la historia humana detrás de cada delito, cada expediente, cada cifra.
Una mujer frente a la maquinaria que devora nombres
La Fiscalía General de la República no es una oficina: es una maquinaria pesada, lenta, obstinada. Una estructura que, durante años, trituró nombres, honras y destinos con una indiferencia casi burocrática.
La pregunta, la verdadera pregunta, no es si Ernestina podrá con la institución.
Es si la institución permitirá que alguien, por primera vez en décadas, la dirija con propósito.
Ella misma fijó el tono.
“No se fabricarán culpables.”
“No habrá persecución política.”
“No habrá impunidad.”
En otro tiempo, esas frases hubieran sido pronunciadas con el mismo automatismo con el que se dictan oficios. Pero hoy, dichas en voz de una mujer que ha recorrido ministerios públicos, cárceles, refugios, foros legislativos y despachos de justicia, producen un efecto distinto: no son promesas; son advertencias.
Los votos como metáfora del país
Los 97 votos a favor no son un número. Son el reconocimiento tácito de que el país no puede seguir girando en el mismo remolino.
Los 19 en contra, en cambio, representan esa zona oscura donde la justicia se interpreta como instrumento personal y no como derecho colectivo.
Y los 11 nulos, esos silencios políticos, son la prueba de que algunos prefieren la omisión antes que la definición.
México siempre ha sido un país dividido en sus certezas, pero unido en sus miedos. Godoy representa la posibilidad de invertir esa ecuación.
La mujer que mira de frente lo que otros desvían
Como fiscal de la Ciudad de México, Ernestina Godoy enfrentó redes inmobiliarias que crecieron en silencio como un tumor.
Enfrentó la violencia de género, donde la estadística oculta más de lo que revela.
Enfrentó delitos de alto impacto sin convertirlos en espectáculo mediático.
Su experiencia no es la del funcionario de alfombra.
Es la del caminante solitario que sabe que cada expediente tiene una vida detrás… o una muerte.
Claudia Sheinbaum y el tipo de país que quiere construir
No se puede entender este nombramiento sin mirar el rostro político que lo sostiene.
La presidenta Claudia Sheinbaum eligió una terna, sí, pero eligió también un rumbo.
Y al respaldar la carrera de una mujer formada en derechos humanos, investigación científica y disciplina jurídica, la mandataria está enviando un mensaje inequívoco:
no busca un fiscal que sirva al poder, sino un poder capaz de rendir cuentas a la justicia.
¿Y qué gana México?
Gana, si todo sale bien, algo que ha perdido sin darse cuenta: confianza.
Confianza en que la ley no será un arma.
Confianza en que las víctimas serán escuchadas, no archivadas.
Confianza en que el Estado no será cómplice de sus verdugos.
Confianza, al fin, en que la justicia no será un lujo, sino un servicio.
El desenlace está lejos
En las novelas de Luis Spota, los personajes cargan siempre con un destino que no eligieron, pero del cual no pueden escapar.
Ernestina Godoy recibe hoy un cargo que no es premio, ni botín, ni reconocimiento.
Es una responsabilidad que lleva el peso de una nación que ya no soporta más decepciones.
Su nombramiento no resuelve nada por sí mismo.
Pero abre una puerta.
Y en la historia de México, cada vez que una puerta se ha abierto en medio de la oscuridad, la esperanza ha encontrado un resquicio para colarse.
No es poca cosa.
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