
Por: Amaury Sánchez G.
Ya lo dijo Claudia, la presidenta: “La justicia no ha sido pareja en México”. Y uno, que ha vivido en este país más tiempo del que quisiera admitir frente al SAT, no puede más que asentir con la cabeza y gritar desde la grada: ¡Tiene razón, señora presidenta!
Porque aquí la justicia no sólo es ciega, ¡también es convenenciera, sorda, miope y a veces tan lenta que llega cuando el acusado ya está en el rancho de sus sueños, con visa, escolta y un notario que jura que no sabía nada!
Y qué decir de nuestros honorables ministros, esas divinidades con toga de terciopelo y sueldo celestial, que dictan sentencias con la solemnidad de quien recita poesía en sánscrito. No se les puede tocar ni con el pétalo de una crítica, pero sí pueden ellos tocar… presupuestos, fideicomisos, y a veces hasta sentencias que huelen a encargo.
Ahora bien, la propuesta de Sheinbaum de que el pueblo elija a los jueces por votación popular ha hecho que a más de un magistrado se le atragante el corte de rib eye con salsa de impunidad. ¡Cómo! ¿Que ahora el pueblo los va a escoger? ¿Así, sin currículum palanqueado ni méritos hereditarios?
Pues sí, señores de la justicia: el pueblo, ese mismo que no puede pagar un amparo ni medio, quiere participar. ¿Y saben qué? Se lo ha ganado. Porque ha sido el pueblo el que ha visto cómo sus causas se empolvan en los escritorios mientras los expedientes de los poderosos salen en patineta exprés.
Claro, habrá quien diga que esto puede politizar la justicia. ¿Y ahorita qué es? ¿Una muestra de neutralidad suiza? ¡Por favor! Si en este país los jueces de lo penal a veces parecen penalistas de lo cómico, y los de lo electoral juegan más con el INE que un niño con consola nueva.
Mire usted: no es que pensemos que con elecciones mágicamente todos los jueces se volverán honrados y de mirada pura como protagonista de telenovela moralista, pero al menos se abre la ventana para que les entre tantito aire… porque el tufo que sale de algunos juzgados nomás no se quita ni con decreto presidencial.
Además, si elegimos presidentes, diputados, senadores, gobernadores, ¡y hasta reinas del carnaval!, ¿por qué no jueces? Total, a estas alturas, la democracia necesita un poco de sacudida y mucha menos hipocresía.
Así que, con su permiso y sin temor al ridículo: yo, Manuel Ajenjo —bueno, en espíritu—, le doy la razón a la presidenta. Porque ya basta de jueces como muebles viejos: pesados, polvosos y difíciles de mover. Si el pueblo tiene que aguantar sus fallos, también debería tener el derecho de fallarlos en las urnas.
¡Voto por jueces! Pero eso sí, que no hagan campaña en TikTok bailando “la ley del más fuerte”, porque ahí sí me paso a la resistencia civil.
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