Por Laura Gutiérrez Franco
En política, cuando los números de la realidad no cuadran y la presión del exterior aprieta, la mejor salida siempre ha sido un buen spin: dar un volantazo mediático, cambiar la conversación y, de paso, revivir a los fantasmas favoritos del régimen.
Eso es precisamente lo que acabamos de atestiguar en el discurso de la Presidenta Claudia Sheinbaum. En un giro drástico —que pasó del tono cauteloso y de aparente sometimiento frente a las amagos de Donald Trump a un ataque frontal—, la narrativa oficial ha decidido endurecer la frontera discursiva.
Ante las exigencias de Washington y los reportes sobre las operaciones de agencias como el FBI o la DEA, la respuesta de Palacio Nacional no fue la autocrítica ni el ajuste de tuercas en la estrategia de seguridad actual; la respuesta fue desempolvar el mapa del pasado.
“La relación con el Cártel de Sinaloa se dio con Fox y Calderón; está demostrado con creces”, lanzó la mandataria. Y con esa frase, no solo se intentó frenar el golpe político de las agencias extranjeras acusándolas de usar el narcotráfico como un pretexto histórico para intervenir en América Latina, sino que se activó una amnesia selectiva que merece ser analizada.
Resulta sintomático cómo la línea del tiempo oficial brinca convenientemente según los intereses del día. En este nuevo guion, la culpa del fortalecimiento de los cárteles recae con exclusividad en los sexenios panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón. Sin embargo, en esa ráfaga de adjetivos y señalamientos, el sexenio de Enrique Peña Nieto parece haber sido borrado del mapa de las responsabilidades. ¿Por qué el olvido? ¿Por qué perdonar la memoria de un pasado reciente mientras se ensaña el discurso con el 2006?
La respuesta se lee entre líneas y lleva el sello de la casa. En este volantazo discursivo es imposible no ver la mano del progenitor político del movimiento (López Obrador). Es la clásica fórmula heredada: ante la presión internacional de una Casa Blanca que exige resultados tangibles, se saca la bandera del nacionalismo soberanista, se culpa a la herencia maldita de hace dos décadas y se desvía la mirada de los problemas del presente.
La pregunta de fondo que nos hacemos es: ¿cuánto tiempo más puede sostenerse un país volteando fijamente al retrovisor mientras el camino de enfrente sigue bajo fuego? Al final del día, las presiones de Trump y las investigaciones de las agencias estadounidenses no se van a diluir con discursos sobre el fraude de 2006. El “spin” puede funcionar para controlar la agenda matutina, pero la realidad, esa no sabe de amnesias selectivas.
Mientras en los estados seguimos haciendo cuentas de los verdaderos costos del Mundial, desde el púlpito de Palacio Nacional la narrativa oficial ha dado un giro drástico hacia el discurso de la soberanía para capar dos misiles diplomáticos que le estallaron en las manos a la administración federal. El spin presidencial está operando a marchas forzadas para envolverse en la bandera nacional antes de que las explicaciones reales salgan a la luz.
Por un lado, el conflicto con Washington por la captura de Ismael “El Mayo” Zambada ya escaló a niveles de confrontación abierta. Tras presentar un informe de siete puntos que evidencia las contradicciones de la Casa Blanca, la Presidenta acusó directamente al FBI de una injerencia ilegal en territorio mexicano, amarrando la entrega del capo a un pacto previo y un virtual secuestro operado con la colaboración de Ovidio Guzmán. Al transformar una evidente crisis de seguridad interna y de control territorial en un diferendo por la dignidad patria, el gobierno federal intenta que la opinión pública no se pregunte cómo es que las agencias extranjeras operan a espaldas del Estado, sino que nos concentremos en el reclamo diplomático.
Por el otro, la trágica muerte del connacional Lorenzo Salgado en Houston, abatido por agentes del ICE, le cayó a la narrativa oficial como el argumento perfecto para endurecer el puño. La mandataria ya prometió medidas jurídicas contundentes que irán “más allá de las tradicionales notas diplomáticas”. Una respuesta necesaria ante el abuso, sí, pero que políticamente le sirve al aparato de comunicación para cohesionar el sentimiento nacionalista y desviar el foco de los problemas de fondo. Al final, el libreto del spin es muy viejo pero efectivo: cuando los números internos no cuadran y el control se tambalea, siempre será más redituable culpar al enemigo exterior.
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