
En Jalisco estamos asombrados.
Como que el ver que realmente manda en la entidad es Pablo Lemus el presidente municipal de Zapopan y no Enrique Alfaro el gobernador de Jalisco nos deja con la risita en la boca.
Resulta que el presidente municipal de Zapopan Pablo Lemus Navarro es en política lo que se conoce como un chivo en cristalería; practica a placer el anacrónico estilo de el fin justifica los medios y para nada actúa con lealtad o gratitud hacia sus semejantes. Dos valores imprescindibles para el ejercicio de la buena política.
Así, con sus terribles cargas personales, Lemus se da el frecuente lujo de humillar y desafiar en público al gobernador Enrique Alfaro y este, que se calla todas las que le hace el presidente zapopano, gusta en cambio de enfrentar en ausencia al presidente Andrés Manuel López Obrador.
Como que no es comprensible esta ofensa pública de un menor bien tolerada y su desafío abierto a un mayor, aún entendiendo que hay tres esferas de gobierno, independientes una de otra.
México no ha consolidado su democracia y las leyes todavía son tan frágiles que las desafía cualquiera, entre ellos el presidente de Zapopan.
Yo no soy partidario de que un gobernante use poderes metaconstitucionales para nada, y menos para resolver sus diferencias personales, pero tampoco de que un gobernador se vea humillado frecuentemente por un presidente municipal y que esto sea en público, como ocurre con Pablo Lemus que ha borrado a Alfaro.
Ayer se dio a conocer la postura del presidente municipal Lemus de que en su municipio no jugarán los Mariachis de Guadalajara, como pretendían empresarios deportivos y otros gobernantes. Es más, se informó que los mandó a buscar “casa” porque el Estadio Panamericano no es para ellos.
A Pablo Lemus no le preocupa ni le importa el hecho de que ya habitamos una zona metropolitana; tampoco le interesa saber que habría más ingresos legales para el ayuntamiento de Zapopan; y menos, le preocupa promover el deporte en el municipio que gobierna.
Ya lo mismo ocurrió con la Villa Panamericana donde sus expresiones son aún más lamentables. No le importa, dice, la inversión estatal erogada; tampoco le mortifican los derechohabientes del Instituto de Pensiones; menos le inquieta la legalidad.
Los expertos en liderazgo definen las traiciones como aquellos procesos imputables al superior porque no supieron elegir a inferiores.
Es culpa de Enrique Alfaro todo lo que construyó y dejó de construir. A quienes eligió de aliados y a quienes rechazó tener a su lado. Sumó, restó, y dividió, pero no pudo multiplicar.
Mientras, Pablo Lemus lo exhibe una y otra vez. Se burla de él. Lo desafía y eso va a tener un costo muy alto para lo que ha sido el alfarismo.
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