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Indicador Político

El principal problema de las propuestas del presidente electo López Obrador sobre seguridad no radica sólo en no saber lo que se quiere, sino en cómo se va a llegar a donde no se sabe. Y se agrava cuando el debate al interior del lopezobradorismo no se da en la lucha autoridad-criminales, sino entre los radicales que quieren disolver al ejercito y un López Obrador indeciso que un día dice que no y otro que si.
Mientras el presidente electo ya aceptó la doctrina de seguridad interior de las fuerzas armadas y por tanto avaló la permanencia temporal de militares y marinos en tareas de seguridad interior derivadas de una seguridad pública controlada por las bandas criminales, el morenismo duro ha emprendido una campaña contra las fuerzas armadas exigiendo inclusive su disolución.
El desencuentro radica en la caracterización de la delincuencia: una expresión pesimista del subdesarrollo y la falta de bienestar o una conciencia del mal por sí mismo. Por lo pronto, el enfoque de seguridad de López Obrador y su equipo encargado de restaurar la Secretaría de Seguridad Pública se encuentran en la indefinición de los papeles de las tres formas de la seguridad: pública, interior, nacional.
El equipo de seguridad pública del próximo gobierno necesita de manera urgente definir su diagnóstico sobre la inseguridad y presentar su estrategia. Una cosa es que los grupos políticos pacifistas y anti autoritarios de Morena vean en las fuerzas armadas una preocupación para los derechos civiles y otras cosa que a lo largo de la historia de las fuerzas armadas nunca hubo –con excepción de la traición de Huerta encarada con decisión por jóvenes del Heroico Colegio Militar– ninguna iniciativa propia para enfrentarse a la población civil, sino que obedeció con disciplina las órdenes de los mandos constitucionales civiles.
Por tanto, el problema de las fuerzas armadas no radica en los mandos militares, sino en los civiles.
Las oscilaciones de López Obrador sobre el papel de las fuerzas armadas y su percepción sobre las razones de la inseguridad y la delincuencia están introduciendo inestabilidad en el cuerpo castrense, toda vez que el presidente electo es virtualmente el comandante en jefe de las fuerzas ramadas y lo será de manera formal el 1 de diciembre. Pero ven con preocupación que López Obrador carece de una definición clara sobre las fuerzas armadas.
La función de las fuerzas armadas no fue determinada por capricho sino por cuando menos tres sucesos históricos: la apropiación de territorio mexicano, el acoso y la invasión estadunidense del siglo XIX hoy potenciada con los documentos del Pentágono que tienen en la mira la protección de los pozos petroleros mexicanos; el carácter transnacional del crimen organizado, la protección de la soberanía interna –esencia de la seguridad interior como doctrina de seguridad nacional– ante la apropiación por los cárteles de zonas territoriales de la soberanía del Estado nacional y las intenciones del ejército de los EE.UU. de tomar el control en territorio mexicano de la lucha contra los delincuentes definen la seguridad nacional castrense.
Hasta ahora López Obrador no ha demostrado ser un político revolucionario y ha dado más que evidencias para consolidar su imagen de político institucional priísta. Sin embargo, parece haber quedado atrapado en la doctrina Solalinde que considera a los narcos como víctimas del Estado y por ello se ha referido al hermano Zeta para exonerar de pecados a uno de los grupos criminales más crueles en la delincuencia actual, formado no por pobreza sino por opción delincuencial definida.
La principal definición pospuesta por el presidente electo, su equipo de seguridad pública y los grupos de derechos humanos es la clave para saber la política estratégica de seguridad del próximo gobierno: la delincuencia y la criminalidad son un derecho humano o una forma del mal social. Y ello llevaría a la más importante precisión del nuevo gobierno: la delincuencia se va a combatir con bendiciones, indulgencias y perdones o con la aplicación estricta de la ley.
A menos de cincuenta días de arranque formal del próximo gobierno, el programa de seguridad se percibe en tres imágenes que contrastan con el aumento en las acciones criminales: el desorden en los foros, la percepción del lopezobradorismo de que las víctimas no darán perdón sin justicia penal y los datos de que el sistema de seguridad pública en realidad no sirve.
Pero es la hora en que el nuevo equipo de seguridad carece de una propuesta real.
Política para dummies: La política consiste en decidir, no en posponer.
@carlosramirezh
Las opiniones expresadas por los columnistas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Expedientes Afondo

Nacido en la ciudad de Oaxaca en 1951, Carlos Ramírez comenzó su vida profesional en el periodismo en 1972. Y desde entonces ha estado ininterrumpidamente en el periodismo mexicano. Además de la práctica periodística, ha sido profesor de periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad Iberoamericana, además de ser un conferencista cotidiano en universidades de todo el país. Autor de la columna; Indicador Político Twitter: @carlosramirezh Página Web: http://indicadorpolitico.mx

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Segundo tercio sexenal, de banderillas, con la agenda de AMLO o de Morena

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Carlos Ramírez*

 Con seguridad en Palacio Nacional están extrañados que nadie haya preguntado, cuando menos en público, quéquiere el presidente López Obrador de Morena para su proyecto sexenal. Y eso que todos ya saben que las definiciones y gestiones de gobierno se deciden en las conferencias de prensa matutinas, no en los espacios tradicionales del poder.

El primer tercio del sexenio se fue en el planteamiento de las estrategias presidenciales, la definición de los nuevos estilos de gobernar y la lidia con una pandemia inesperada. El segundo tercio, el de banderillas en los toros, es el de los jaloneos entre los grupos de poder presidencial por el relevo legislativo, las gubernaturas y los alineamientos para la sucesión presidencial de 2024. Los grandes toreros se hacen cargo de poner en persona las banderillas a los toros para fijar la autoridad que manda en la plaza.

Salinas de Gortari, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto perdieron sus sucesiones y las elecciones de sus sucesores por colapsos en sus partidos, fracturas en sus coaliciones y permisividades democráticas. Y todos ellos salieron fracturados en sus coaliciones y partidos en las elecciones de medio sexenio con el cambio de diputados federales que implica, de suyo, un nuevo reacomodo de grupos de poder con miras al sexenio siguiente.

A favor de la estrategia lopezobradorista corre el hecho de que nunca ha pensado en Morena como un partido tradicional, sino como estructura administradora de cargos públicos. PRI, PAN y PRD han sido partidos de proyectos, el primero de corporaciones, el segundo de creencias y el tercero de tribus. Morena no tiene un proyecto ideológico porque ese proyecto es el presidente López Obrador. Y para evitar que Morena pudiera ser otro PRI corporativo, la estrategia radicará en dividir las posiciones de poder con el PES 2.0, el Partido Verde y el PT, además de los grupos lopezobradoristas –como el de Pedro Haces– que no lograron registro como partidos, pero que van a funcionar como hilos de poder fuera de Morena. En este sentido, las candidaturas se van a gestionar en Palacio Nacional, no en Morena.

La clave para resolver el enigma Morena se localiza en la agenda presidencial. Lo que menos quisiera el presidente sería tener que lidiar con Morena como –para citar un ejemplo histórico sólo en parecidos de coyuntura partidista– Díaz Ordaz tuvo que bregar con Carlos A. Madrazo y su PRI autónomo, militante y equidistante a Los Pinos o como Salinas cuando la sucesión se le salió de control por la fuerza personal de Manuel Camacho Solís operando por la libre.

Morena va a ser el pivote lopezobradorista para consolidar su proyecto, vencer las presiones que quieren tumbarle sus puntos clave –apoyos sociales, obras y nuevas relaciones políticas– y encarar la alianza opositora previsible de partidos y formaciones sociales hoy confrontadas con la presidencia. El bloque de poder lopezobradorista nova a pasar por Morena y menos si llega al partido algún líder político que quiera quitarle liderazgo político al presidente. Hasta ahora han bastado el gabinete y las dos cámaras para ir desinflando apasionamientos y arrinconando a la oposición en una derecha conservadora sin destino histórico.

La tarea fundamental del segundo tercio del sexenio será la de administrar la crisis para impedir confrontaciones innecesarias. La polarización ayuda a decantar posicionamientos, como ahora, por ejemplo, muchos intelectuales han comenzado a replegarse porque no quieren estar en la misma lista con Héctor Aguilar Camín –¿colegas enemigos 2.0?– y sus negocios de poder con Carlos Salinas de Gortari o aliados al Gabriel Lozano desbocado de FRENAAA.

En este sentido, lo peor que le puede pasar al gobierno actual es que Morena se convierta en un dolor de cabeza con un dirigente que busca un Guinness record y no entender el juego de poder presidencial.

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Por si a algún morenista le interesa: las opciones de Morena como partido

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Carlos Ramírez*

Aunque nadie parece asumirlo así, la elección de la próxima dirigencia del partido Morena va a definir lo que hasta ahora no se ha querido decidir: qué es Morena como partido político.

Las opciones de Morena están a la vista:

1.- Una restauración de un PRI como partido-sistema en cuyo seno se controlaba (versión de José Revueltas) la totalidad de las relaciones sociales.

2.- Un partido de la inexistente izquierda basado en una clase obrera inexistente para dotar al Estado de una columna vertebral orgánica en cuanto a definiciones de clase.

3.- Un partido lombardista izquierdista por fuera y conservador-empresarial por dentro.

4.- Un movimiento social de apoyo sólo al líder social López Obrador.

5.- Un micro partido que cambie el sistema político de un partido dominante a una alianza de varios partidos para impedir la partidocracia.

6.- Una agencia electoral para distribuir el poder entre lealtades y rifas-sorteos y no entre representantes de grupos, corrientes, ideas o tendencias.

Los morenistas no están discutiendo ideas o proyectos, sino personalidades construidas en torno a suposicionespartidistas personales. Y los candidatos a dirigir a Morena se representan, antes que otra cosa, a mismos, sin entender, además, de que López Obrador no tiene interés en un partido fuerte porque ya lo hubiera consolidado, sino que quiere un partido achicado para ceñir al ámbito de la presidencia de la república la administración de las relaciones de poder, de las relaciones sociales y de las relaciones de producción. Por lo tanto, parece que sólo Yeidckol Polevnsky y Mario Delgado han entendido el modo lopezobradorista de partido y por ello podrían ganar la contienda. En el otro extremo, Porfirio Muñoz Ledo crearía un partido contra el presidente de la república.

López Obrador está dejando sueltos a los morenistas para ir midiendo las corrientes dentro del partido y la distancia leal/desleal con el jefe del movimiento, sobre todo ante la expectativa de que el proceso normal –salvo sorpresas– no llevará a la reelección presidencial, pero alguien tendrá que ser el candidato de Morena y habrá de hacerse cargo del partido. Al final de cuentas, el verdadero legado de López Obrador se conocerá después de que haya dejado la presidencia.

Pero a todos se le ha escapado que Morena se encuentra en el escenario de una sociedad política en reorganización casi total. Morena nació del PRD y éste salió del Partido Comunista Mexicano y existe dentro de Morena una corriente especial comunista —pasiva hasta ahora, pero podría despertar– que sabe de política de partidos que tiene la idea de un partido leninista y que considera al partido como la organización de la clase obrera –hoy inexistente– para definir un proyecto socialista.

Morena va a definir su rumbo 2020-2024 en la elección de dirigente, si acaso se completa el proceso legal para hacerlo o se regresan a las argucias leguleyas para ir posponiendo la renovación. Si López Obrador pierde el control del proceso y la encuesta organizada por el INE escoge al menos indicado, entonces el presidente de la república podría cumplir su amenaza de salirse del partido para construir otra corriente que sea la que opere las candidaturas de sus piezas legislativas para el 2021 y la de su candidato presidencial en el 2024.

Hasta ahora el más desbocado –en velocidad y en verborrea– es Muñoz Ledo, quien ya amenazó a Marcelo Ebrard con echarlo del partido y expulsar al mismo tiempo nada menos que al jefe legislativo de los diputados Mario Delgado, dos piezas clave del primer círculo de poder lopezobradorista, como para enviar el mensaje de que Muñoz Ledo quiere aislar al presidente de la república para que el poder presidencial real lo tenga él como jefe de Morena…, finalmente, después de su fracaso de 1975 y 2000.

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Carlos Ramírez

Seguridad y Defensa- 1975-2020: y sin embargo se mueve El Estado y el crimen organizado

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Por Carlos Ramírez*

Asentado como problema a mediados de los setenta, el Estado mexicano ha lidiado casi medio siglo con el crimen organizado alrededor de las drogas y no ha podido conseguir alguna estrategia exitosa: la pasividad total, la complicidad para controlar bandas, la construcción de estructuras armadas y violentas, la integración de alianzas y la transnacionalización.

El saldo lo dio la semana pasada el director de la Unidad de Inteligencia Financiera de Hacienda, Santiago Nieto, con dos cifras: diecinueve organizaciones criminales dominan la delincuencia en México y dos grandes corporaciones se han transnacionalizado.

El problema no es el diagnóstico, sino la realidad: la delincuencia organizada ha ido venciendo al Estado nacional y le ha ido quitando espacios de soberanía territorial, criminal, política, de soberanía, geográfica y social. La estrategia del gobierno federal actual de no perseguir capos ni combatir organizaciones delictivas ha llevado al fortalecimiento de dos organizaciones con intereses, sobre todo, en los EE. UU. para convertir en un problema bilateral de seguridad nacional: el Cártel Jalisco Nueva Generación y el Cártel de Sinaloa.

El problema del crimen organizado no es de seguridad pública, sino de seguridad interior en tanto que atentan contra la estabilidad y partes territoriales de la soberanía del Estado y rompen la gobernabilidad democrática y de seguridad nacional porque han llevado a los EE. UU. a meterse en México a perseguir a los dirigentes de esos dos cárteles, arrestar a algunos capos y sentenciarlos en prisiones estadunidenses. La estrategia de seguridad nacional de los EE. UU. hacia México ha pasado del comercio y la geopolítica ideológica, a la invasión de grupos delictivos de esos cárteles para contrabandear, vender droga y lavar dinero dentro del territorio estadunidense.

El Estado ha carecido de congruencia, continuidad y firmeza en sus estrategias de seguridad para combatir a las organizaciones criminales. Las políticas han sido sexenales, no han tenido congruencia en la formación de cuadros y las autoridades no han tenido controles ni supervisiones suficientes. Lo vimos con la creación de la Secretaría de Seguridad en el 2000, su desaparición en el 2012 y su reinstalación en el 2018. Y no hay formación de cuadros, por lo que se ha dependido de las fuerzas armadas.

La policía federal se formó apenas en 1999, luego de medio siglo de haber echado mano a las fuerzas armadas para asuntos de seguridad pública. Pero se dejó al garete y se perdió el ritmo de perfeccionamiento. En el 2019 se disolvió para crear la Guardia Nacional, a cuya organización le garantizan existencia solo hasta 2024 porque podría no dar los resultados esperados. En este sexenio se decidió, por fin, profesionalizar las policías locales, pero gobernadores y alcaldes se han negado y entonces el gobierno federal les ha cortado fondos junto en un nuevo repunte de la inseguridad.

La UIF de Hacienda reveló la existencia de dos supercárteles de presencia transnacional –el Jalisco de El Menchoy el de Sinaloa de los hijos de El Chapo— con actividades en tráfico y sobre todo lavado de dinero. En la presentación de su mapa del crimen organizado, Nieto habló de diecinueve grupos delictivos en toda la república, pero una revisión hemerográfica llevaría a muchos más:

1. Cártel de Sinaloa.

2. Los Ántrax.

3. Cártel de Jalisco Nueva Generación.

4. Los Cuinis.

5. Cártel del Milenio.

6. Los Zetas, ya desarticulado, pero con células vigentes.

7. Cartel del Noreste y su Tropas del Infierno

8. Cártel del Golfo.

9. Los Metros.

10. Grupo Tiburón.

11. Los Ciclones o 900

12. Los Deltas.

13. Cártel de Tijuana.

14. Cártel de Juárez

15. La Línea.

16. La Familia Michoacana.

17. La Nueva Familia Michoacana.

18. Guerreros Unidos.

19. Los Mazatlecos o Limpia Mazatleca.

20. La Hermandad o Cártel de los Ferrón-Carranza.

21. Cártel de la Mochomera.

22. Cártel del Pacífico Sur.

23. Los Caballeros Templarios.

24. Guardia Morolense.

25. Cártel de los H3 o la Tercera hermandad.

26. Cártel Independiente de Acapulco

27. Cártel de Santa Rosa de Lima

28. Cártel de La Unión Tepito.

29. Cártel de Tláhuac.

30. Cartel de los Rojos.

 

Ley de la Omertá

A la lista de cárteles como organizaciones con autonomía de funcionamiento, recursos para compra de armas y contratación de personal se han sumado pequeñas bandas dedicadas más a delitos contra los ciudadanos, como asaltos a casas, transporte colectivo y en calles, además de extorsiones, cobro de derecho de piso y venta de seguridad. Estos pequeños grupos están formados por delincuentes tradicionales, pero muchos de ellos están controlados por miembros de cárteles en extinción.

Ante la proliferación de la delincuencia por razones de vida fácil o de pobreza y marginación han correspondido cuando menos dos grandes estrategias: el combate frontal con alianza de fuerzas de seguridad con fuerzas armadas y la construcción de la paz a partir de la no persecución de capos ni combate de bandas. La primera arrojó las primeras cifras impresionantes de delitos y muertes violentas y las segundadas siguieron aumentando las muertes y se sumó la expansión territorial de bandas.

La Guardia Nacional siempre fue una necesidad y una buena idea porque se perfilaba como un cuerpo especial de formación policiaca con experiencias de capacitación militar. Sin embargo, el gobierno lopezobradorista ha invertido tiempo y esfuerzo en la Guardia, pero le ha reducido sus tareas a vigilancia de circunstancias y a disuasión no activa de movilizaciones sociales sin objetivos delictivos. Al carecer de autorización para usar la fuerza, la Guardia ha sido agredida de manera violenta sin instrucciones para responder.

En este contexto, la presentación del mapa de inseguridad por parte de la Unidad de Inteligencia Financiera de Hacienda reveló una estructura de seguridad muy fortalecida, una capacidad de respuesta no usada por el Estado y una sociedad víctima de las oscilaciones gubernamentales, frente a organizaciones criminales cada días más fuertes.

El autor es director del Centro de Estudios Económicos, Políticos y de Seguridad.

seguridadydefensa@gmail.com

www.seguridadydefensa.mx

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