
Por Amaury Sánchez
La política internacional es como una boda de ricos: todos van vestidos de gala, se sonríen en la foto grupal, y cuando alguien se emborracha, nadie quiere hablar del tema… hasta que revienta la piñata. Pues bien, en la más reciente reunión del G7 —ese exclusivo club de potencias donde se discute el futuro del mundo entre canapés sin chile— el que rompió la piñata fue, cómo no, el niño Trump, que decidió irse sin despedirse porque, según él, el mundo estaba en llamas. Y sí, lo está, pero en parte porque él sigue echándole gasolina.
Donald salió corriendo de la Cumbre en Calgary como quien abandona la función escolar al ver que el maestro va a pedir tarea. “¡Hay guerra entre Irán e Israel, me tengo que ir!”, exclamó. Claro, porque si alguien puede apagar un incendio con más gasolina, es él. El problema no es que se haya ido, el problema es que dejó plantada a Claudia Sheinbaum, quien ya traía su reunión planchadita, con agenda bilateral, temas del T-MEC y hasta el PowerPoint con dibujitos de nearshoring listos para proyectar.
Pero ojo, que la presidenta mexicana, como buena científica del lenguaje político, no cayó en el drama ni en la lágrima fácil. Le preguntaron si era comprensible que Trump se largara, y respondió con diplomacia fina:
—“Más bien hacemos votos por la paz”.
O sea, ni sí, ni no, ni todo lo contrario. Le echó flores a la paz, abrazó la neutralidad como quien abraza a una tía incómoda, y se fue a firmar libros entre paisanos que gritaban “¡Viva México!” mientras el G7 se deshilachaba como traje mal cosido.
Eso sí, Sheinbaum no perdió el tiempo: ya tiene reunión con Mark Carney, nuevo primer ministro de Canadá, y con representantes de la India y la Comunidad Europea. Mientras Trump se enreda en su juego de Guerra Fría 2.0 versión TikTok, México se mueve con elegancia de bolero clásico. Lo cortés no quita lo comercial.
Además, hay que decirlo: el show también es parte del arte de gobernar. ¿Que la presidenta salió a firmar libros en medio del G7? Sí. ¿Que gritó “¡Viva México!” en la puerta del Sheraton? También. ¿Y qué? Que se sepa que México no solo está presente, está sonriente, planchado y con propuesta bajo el brazo.
La pregunta que queda es: ¿qué tan útil fue el desplante de Trump? Porque si el G7 es la arena de las grandes decisiones, lo que vimos fue más bien una función de La Rosa de Guadalupe en versión internacional: un personaje principal que abandona la escena, un conflicto en Medio Oriente, una mujer en el centro que guarda la compostura, y una ráfaga de viento que susurra: “Plan México”.
En resumen: mientras unos hacen berrinches, otros hacen política. Y si de algo puede presumir Sheinbaum en este episodio, es de saber estar sin estar de más.
Con Trump fuera de escena, quizá ahora sí haya espacio para hablar en serio.
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