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Por Carlos Ramírez.-

En la edición de mayo de 1985 de la revista Vuelta, el ingeniero, poeta y ensayista Gabriel Zaid publicó un texto que cimbró al priísmo: “Escenarios sobre el fin del PRI”. Luego de haber sobrevivido el 68 estudiantil, el 76 echeverrista y el colapso lopezportillista de 1982, el PRI parecía hundirse. A 35 años de distancia, la jibarización PRI se resume en cifras: 13.5% del voto presidencial en 2018, 10.9% de senadores y 9.2% de diputados y 34% de gobernadores.

El PRI entró en una debacle en 1982 con el colapso económico y el arribo al poder de los tecnócratas neoliberales, pero pudo sobrevivir disminuyendo posiciones hasta la derrota presidencial en el 2000. De 2000 a 2012 el PAN no pudo construir una alternativa y se ahogó en una alternancia mediocre y el PRI de Peña Nieto logró posicionarse para una victoria presidencial contra tres augurios en contra: el PAN por su tercer sexenio, López Obrador con fuerza creciente y un modelo económico sin expectativas sociales.

El año de 1985 fue el punto de una triple inflexión: pérdida de mayorías políticas y legislativas, desplazamiento de la vieja clase política populista por la élite tecnocrática que impuso el modelo económico neoliberal y fortalecimiento de la oposición del PAN y el PRD. Estas tres características condujeron al fin histórico del PRI en cinco fases: partido absoluto del Estado, partido dominante, partido hegemónico, partido declinante y partido en la oposición.

El escenario del fin del PRI estaba asumido en el texto de Zaid: un ayatola contra la corrupción, crisis económica que no pudiera satisfacer el bienestar social y sobre todo ruptura en la élite priísta. En 1982 arribó la élite tecnocrática que fue desplazando a los políticos tradicionales, en 1986 nació la Corriente Democrática del PRI, en 1988 Cuauhtémoc Cárdenas corrió como candidato independiente contra el PRI y le arrancó en las cifras oficiales el 32% de los votos, en 1988 Salinas ganó apenas con el 50.3% de votos, en 1994 asesinaron al candidato priísta a la presidencia, el relevo Ernesto Zedillo provocó una ruptura al interior del grupo tecnocrático, en 1999 el PRI le quitó al presidente de la república la facultad de designar sucesor y el escogido, Francisco Labastida Ochoa, careció de fuerza y apoyo y en el 2000 se dio la alternancia que le dejó al PAN dos sexenios en la presidencia. En 2012 el priísta Peña Nieto pudo reconstruir una base mínima de priístas y ganó con 38% de los votos y 6 puntos prestados por el Partido Verde.

El PRI perdió en 2000 y 2006 porque no tuvo un candidato priísta de consenso: en el 2000 Labastida no pudo reconstruir el bloque de poder gobernante y en el 2006 Roberto Madrazo Pintado asumió una candidatura excluyente de grupos de poder y sin coalición dominante –el SNTE de Gordillo, los gobernadores, los sectores corporativos y los PRI estatales–. En el 2006 se dio la oportunidad política con un PRI aglutinado alrededor de Peña Nieto y la candidatura de fractura panista de Josefina Vázquez Mota.

El político que liquidó al PRI se llama Andrés Manuel López Obrador, una figura nacida de las bases sociales del PRI. En 1988 renunció al PRI para buscar por dos ocasiones seguidas la gubernatura de Tabasco y fracasó, en el 2000 logró la jefatura de gobierno del DF por el apoyo de Cuauhtémoc cardeñas y Rosario Robles. Luego llegaron dos candidaturas presidenciales sin victoria: en el 2006 quedó a medio punto porcentual del panista Felipe Calderón y en el 2018 a 5.6 puntos abajo de Peña Nieto. Para el 2018 se benefició con la crisis política del PRI: corrupción escandalosa, candidato priísta sin fuerza y un realineamiento de alrededor de 15 millones de votos priístas que se fueron con López Obrador y su discurso social en nada diferenciado del discurso social del viejo PRI.

ESCENARIOS LIMITROFES

Lo que ha salvado al PRI del colapso final ha sido su capacidad de reorganización interna con relevos dinamizadores. Sin embargo, el PRI del 2020 de cara a las legislativas federales del 2021, al relevo de casi todos los gobernadores y a las presidenciales del 2024 carece de una propuesta propia y sólo estará esperanzado a que la coalición de López Obrador se quiebre desde dentro y las cuentas económicas y sociales en 2024 sean de colapso similar, por ejemplo, a 1976 o 1982.

Sin embargo, el PRI carece de expectativas. En el supuesto caso de que el 2024 sea de colapso lopezobradorista tipo 1982 de López Portillo o 1940 de Cárdenas, de todos modos el PRI logrará poco porque ha perdido su estructura de poder nacional. En 2019 y en 2020 se irá desgranando más rápidamente con la renuncia al PRI de figuras no de liderazgo, pero sí de alianzas locales e internas. En el 2012 el papel político de Peña y los recursos económicos del gobierno del Estado de México le permitieron cohesionar a todos los grupos priístas. La figura de López Obrador en ese 2012 estaba diluida en las protestas callejeras del 2006.

El PRI nació para tres objetivos: cohesionar a la clase política dominante, operar elecciones vía reparto de posiciones de poder y garantizar una propuesta social de gobierno. Esas tres características estaban liquidadas en 2012, pero el discurso electoral de Peña Nieto supo vender el regreso al bienestar con su propuesta de modernización de las estructuras productivas. Para 2018, el PRI carece de fuerza institucional y de posiciones de gobierno para restaurar esas metas, en tanto que López Obrador desde la presidencia está operando esos tres objetivos.

Lo que salvó al PRI en crisis pasadas fue la regla de oro de la autoridad presidencial: el presidente en turno tenia el control total del PRI y de las candidaturas, además de que contaba con la Comisión Federal Electoral para operar votos y manejaba a discreción el presupuesto público para distribuirlo entre priístas. Con once gubernaturas sin liderazgo local y con el gobernador priísta del Estado de México subordinado al presidente López Obrador, el PRI no tiene cuadros, carece de dinero y no tienen suficientes posiciones de elección para reconstruir alianzas.

Pero lo más grave es que hoy, de cara a las elecciones del 2021 y 2024, el PRI carece de cuadros, está dominado por la red de poder del expresidente Peña Nieto y su operador Luis Videgaray y buena parte de los priístas están buscando acomodo en el gobierno de López Obrador. De las 15 gubernaturas que se votarán en 2021, 8 son del PRI y de todas el tricolor tendría posibilidades de mantener el poder sólo en un par de ellas.

El escenario del fin del PRI se conocerá en 2021: sin posibilidades de subir su 9.2% de diputados y con riesgos de perder 6 gubernaturas; la razón está a la vista: el PRI carece de liderazgo, de dirigencia, de discurso, de simpatías y de figuras militantes que garanticen la victoria.

Política para dummies: Así que el 2021 puede ser el fin definitivo del PRI.

indicadorpolitico.mx

carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

Las opiniones expresadas por los columnistas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Expedientes Afondo

Nacido en la ciudad de Oaxaca en 1951, Carlos Ramírez comenzó su vida profesional en el periodismo en 1972. Y desde entonces ha estado ininterrumpidamente en el periodismo mexicano. Además de la práctica periodística, ha sido profesor de periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad Iberoamericana, además de ser un conferencista cotidiano en universidades de todo el país. Autor de la columna; Indicador Político Twitter: @carlosramirezh Página Web: http://indicadorpolitico.mx

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Felicidad, engaño de Venezuela; Padilla: distribución del ingreso

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Por Carlos Ramírez*
El populismo región 4 de Venezuela con Hugo Chávez y Nicolás Maduro ha sido una venta de expectativas demagógicas; en octubre del 2013 Maduro anunció la creación de un Viceministerio para la Suprema Felicidad del Pueblo, pero al final esa oficina quedó en una instancia burocrática sólo para atender solicitudes ciudadanas de ayudas.

De las seis funciones de ese Viceministerio, dos son de ventanilla de informes: “atender, gestionar y solucionar los casos que sean remitidos al viceministro” y “atender y orientar a los ciudadanos y ciudadanas que acuden al Ministerio del Poder Popular del Despacho de la Presidencia y Seguimiento a la Gestión del Gobierno en busca de ayuda en áreas como salud, discapacidad, asesoría legal, asignación de becas, ayudas por abandono, desalojo o cualquier otro ámbito de sus competencias”.

Otra función es la de desahogar expedientes sin resolver. También tiene la función de “procurar solucionar (sin asegurarlo del todo) los problemas planteados al presidente de la república o al Ministerio”, pero apegadas esas gestiones “a los principios de legalidad, igualdad imparcialidad y celeridad”. Y: “coordinar los operativos de carácter social”. Además, llevar registro de casos.

En este sentido, el Viceministerio venezolano para la Suprema Felicidad del Pueblo es una oficina burocrática sólo de gestiones de gestiones y para mantener bajo su dominio veintiséis oficinas de fundaciones y organismos que tienen que ver con la cultura, todos ellos bajo la consigna oficial en su página web de “aquí amamos a Chávez”. En este sentido, el papel de Viceministerio con labores de organización política de estructuras de movilización social para el chavismo con recursos públicos busca promover “sedes socio-políticas”, así como el “seguimiento a actores nacionales e internacionales de interés para la gestión del gobierno”.

La felicidad, por lo tanto, no es una condición de clase social ni de nivel de bienestar. El diccionario de la Real Academia Española señala tres acepciones a felicidad:

  • Estado de grata satisfacción espiritual y física.

  • Persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz. Mi familia es mi felicidad.

  • Ausencia de inconvenientes o tropiezos. Viajar con felicidad.

Las sociedades de los países subdesarrollados o con niveles de pobreza y marginación mayoritaria en realidad no son infelices, sino que padecen desigualdad en la distribución de la riqueza producida. El mito del milagro económico del desarrollo estabilizador 1958-1970 logró tasas de PIB de 6%, pero la distribución de la riqueza fue concentradora en los sectores sociales altos: de 1958 a 1970 el ingreso del 10% de las familias más pobres bajó de 2.2% a 1.3%, en tanto que el 10% más rico bajó de 49.3% a 41.9%, lo que reveló acción redistribuidora del Estado a favor de las clases medias.

Pero aún así, en términos oficiales, en 2018 el 80% de las familias pobres a desarrollo medio se repartían el 50% del ingreso, en tanto que el otro 50% se quedaba en el 20% de las familias ricas.

En este sentido, el populismo y el neoliberalismo no modificaron la estructura desigual de la concentración de la riqueza y del ingreso.

En 1981 el economista Enrique Padilla Aragón publicó su libro México: hacia el crecimiento con distribución del ingreso (Siglo XXI Editores) y ahí dejó claro que los años del “milagro económico mexicano” sólo profundizaron la desigualdad y beneficiaron la riqueza, Pero afirmó que sí era posible el crecimiento con distribución del ingreso y delineó cinco sugerencias que deben estar en el centro de cualquier nueva política económica para la justicia social:

  • Dominio del gobierno en la economía.

  • No utilizar el ingreso como medida de crecimiento, sino hacer estimaciones físicas de los insumos necesarios para alcanzar niveles mínimos de nutrición, salubridad, vivienda, educación y otros que son esenciales indicadores de necesidades básicas.

  • Elevar la productividad y terminar con la pobreza.

  • Atender la función del bienestar.

  • Abandonar el modelo del tipo de mayor intensidad de capital seguido por México y Brasil por el de mayor intensidad de trabajo.

Para Padilla Aragón el nuevo modelo daría resultados en diez años.

En este sentido, el debate debe ser sobre la redistribución de la riqueza y no la felicidad.

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Política para dummies: La política marca la diferencia entre demagogia y realidad.

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Carlos Ramírez

Indicador Político- La felicidad sólo es producto de la redistribución de la riqueza

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Por Carlos Ramírez*
La fórmula de la felicidad del pueblo sería la siguiente:

Felicidad= PIB+impuestos+gasto social-corrupción

80% población

El problema de la desigualdad social no tiene que ver con su medición, sobre todo si en México hay datos certeros sobre la concentración de la riqueza, el ingreso, el bienestar en el 20% de las personas más ricas.

En diferentes ensayos sobre la distribución del ingreso se tienen registro de la distribución del ingreso en 10 grupos de familias conocidos como deciles. Esta distribución del ingreso ha sido retomada por la Encuesta Ingreso-Gasto que realiza el INEGI con bastante precisión.

La cifra oficial de concentración del ingreso en la encuesta de 2018 es muy explícita: el 20% de las familias más ricas tiene el 49.4% del ingreso, en tanto que el 80% restante se reparte el 50.6% restante del ingreso. Como dato comparativo: en 1958, hace 60 años, el 10% de las familias más ricas acaparaba el 49.3% del ingreso nacional, contra 50.3% del 80% de la población.

Los mecanismos de distribución de la riqueza fueron de 1934 a 2018, populistas, aún en el largo ciclo del neoliberalismo 1083-2018; el decir, el Estado y su política fiscal asumieron la tarea de dotar a las personas de bienestar asistencialista. Pero la disminución de ingresos fiscales, la burocratización y la corrupción fueron disminuyendo la disponibilidad de recursos para las políticas sociales.

En economía se cuantifica el bienestar o la situación de necesidades satisfechas aún de manera mínima en cinco indicadores básicos: vivienda, salud, educación, alimentación y salarios. Pero el gobierno castigaba salarios en aras de bajar presiones inflacionarias y convertía subsidios básicos en salario no-monetario atado a los intereses de los funcionarios sexenales del Estado que buscaban la dependencia social.

La clave del bienestar está en control inflacionario, salarios remuneradores sin subsidios y posibilidades de ascenso social. Las políticas asistencialistas cubren necesidades muy-muy indispensables, otorgan como subsidios algunos beneficios también mínimos y no garantizan el escalafón social.

La felicidad es un estado de ánimo no cuantificable, porque hay pobres muy felices y ricos muy infelices. Y las condiciones de felicidad no tienen más que una forma de resumirse: políticas de bienestar del Estado financiadas con impuestos. El Estado acota la riqueza acumulada y aumenta el bienestar en los pobres.

Más que infeliz, México es un país con polarización social: 80% de mexicanos viviendo con una a cinco carencias sociales y 12 personas con una riqueza de más del 12% del PIB. Esta concentración de la riqueza ha sido aprobada y estimulada por el Estado con una política fiscal que no graba la riqueza.

El país más feliz del mundo es Finlandia. Una nota del sitio web El Confidencial revela que los finlandeses más ricos llegan a pagar el 53% de impuestos sobre su riqueza, lo que permite que el Estado tenga los servicios sociales más amplios del mundo. La fórmula es sencilla: el Estado es la única instancia que puede equilibrar el bienestar y requiere de tres condiciones: impuestos cobrados a los ricos y a los productores, infraestructura social integral e ingresos fiscales suficientes, todo ello garantizada por la tasa mas baja de corrupción. La carga fiscal en Finlandia es de 42.3% en tanto que en México es de 17%; y Finlandia tiene apenas 5.5 millones de habitantes y México se acerca a 130 millones.

El estado económico de la felicidad –en caso de existir– sería producto del modelo Pareto: 80% de personas sin restricciones sociales y 20% de marginados; hoy México está el revés. El modelo de PIF –Producto Interno de Felicidad– dependerá de los mecanismos de distribución de la riqueza para evitar la concentración de la riqueza en el 20% de las familias y para modular la riqueza excesiva vía políticas fiscales.

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Minería. Con acuerdos firmes de atención a la emergencia sanitaria, la minería regresa a la producción, luego de un acuerdo del subsecretario federal de Minería con las principales agrupaciones de trabajadores mineros. La minería proporciona casi tres millones de empleos directos e indirectos, representa casi el 4% del PIB nacional y el 8% del PIB industrial. Los lideres sindicales Ismael Leija, Javier Villarreal y Carlos Pavón pivotearon el compromiso y la urgencia de regresar a la producción con normas estrictas de seguridad sanitaria.

Política para dummies: La política es el lenguaje que dice una cosa y quiere decir otra.

 

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Carlos Ramírez

Indicador Político- El hombre, el peor enemigo del hombre; a regresar a nuestro caos

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Las personas fueron confinadas en semanas anteriores para evitar el contagio con el virus COVID-19 que ha estado matando por miles, con las e videncias de que la infección tenía su propia lógica, pero en un escenario de colapso de medio ambiente deteriorado por la convivencia humana cotidiana. La presencia de animales en ciudades sin gente en las calles fue un mensaje ecológico: los seres humanos, en su confort y pobreza, estaban destruyendo el planeta.

Si el confinamiento debió de haber sido la oportunidad para la reflexión, la urgencia por salir de las casas y regresar a las calles no dejó ver ningún indicio de arrepentimiento, Las primeras personas que salieron a las calles después del confinamiento aglomeraron las ciudades sin orden, regresaron a sus viejas prácticas comodinas y llenaron bares, cantinas y terrazas,

No, no hemos entendido el mensaje del COVID-19. Y nadie está reflexionando sobre el contenido de esos mensajes. Nadie está respetando el medio ambiente al salir de sus casas. El ecosistema del ser humano es el de la depredación del medio ambiente. Ni gobiernos, ni personas, ni sociedad organizada van a aprender la lección del virus. Seguiremos el camino hacia nuestra autodestrucción.

El mundo del discurso político es el de la racionalidad de las ideas. Sí, es cierto. Inclusive, ya ha adquirido rango de categoría de ciencia política. Sin embargo, el discurso muchas veces se mueve detrás del espejo de Alicia. Lo que refleja el cristal es la realidad, aunque detrás del espejo pueda existir cualquier cosa.

El discurso presidencial de los gobernantes afectados por el coronavirus tiene claridad: crea un ambiente de optimismo, inyecta ánimos a una población desorientada, anuncia acciones verbales que tratan de modificar expectativas y se convierte en instrumento de gobierno; sin embargo, la ciudadanía contrasta de modo automático el discurso con la realidad y ve con claridad dos mundos.

Ahora el discurso oficial inserta en el debate el concepto de “nueva normalidad”, un escenario que se utilizó después de los terribles ataques terroristas contra la población civil el 9/11 del 2001 en Nueva York. Nadie, por sí mismo, quiere regresar a la normalidad anterior, cuyas contradicciones llevaron en ése y otro caso, como en el coronavirus, a crisis mucho mayores que rayaron en la ruptura civilizatoria.

Lo malo radica en los hechos: la realidad anterior era tan crítica que llevó o dio escenario a las rupturas ingobernables. Salir de una gran crisis exige iniciativas monumentales: la primera guerra mundial, la gran depresión de 1929-1933, la seguida guerra mundial, la guerra fría que mantuvo al mundo en la orilla de la hecatombe mundial, los ataques del 9/11 y las muchas crisis económicas en el camino lograron cambiar los sentidos de la historia, aunque a veces se llegara a nuevas crisis,

El colapso sanitario del COVID-19 está obligando al mundo a una nueva etapa de conciencia y de enajenación. Pero los líderes nacionales y mundiales, las clases productivas y los grupos disidentes carecen de visión prospectiva. Y la peor parte se localiza en la sociedad: las fotografías de las primeras escenas del desconfinamiento y la salida a las calles mostraron a personas sin respetar las reglas de sanidad y, peor aun, casi todas con vasos de licor en las manos, exactamente lo que vimos antes de la llegada de la pandemia.

La nueva normalidad no es más que la misma…, y ni siquiera disfrazada. Todos vimos con grata sorpresa que el confinamiento sacó a los animales de sus cuevas y refugios para invadir las calles de las ciudades: el mundo originario recuperaba su territorio, después de siglos en que la humanidad estuvo destruyendo el medio ambiente. Pero el regreso a la vida abierta repuso los anteriores parámetros de convivencia: la destrucción de nueva cuenta del medio ambiente, como si la pandemia y el confinamiento hubieran sido una mala pesadilla.

Los seres humanos son los únicos animales vivientes que se tropiezan siempre con las mismas piedras. No existe una reflexión de las razones que llevaron a la pandemia y el confinamiento, no se aprendió la lección de que el aviso más importante fue saber que se está destruyendo el medio ambiente y el equilibrio ecológico, se volvió a cerrar los ojos ante la realidad para brindar por el regreso a una normalidad que ignora la destrucción del ecosistema de equilibrio natural.

A pesar de que la crisis del coronavirus puso en el tapete del debate mundial la existencia de la civilización actual a través de la llamada agenda verde, las personas salieron de su confinamiento para volver al modelo social de destrucción del medio ambiente. Y, otra vez, los animales desalojaron sus territorios recuperados de manera momentánea ante la llegada del hombre-destructor. Las personas reflexionaron el confinamiento no en el escenario del equilibrio ecológico destruido, sino de la pérdida del confort que destruye el medio ambiente.

Los tiempos del confinamiento fueron una pequeña ventana para que los filósofos, la única tabla de salvación de la destrucción civilizatoria, salieran de sus cuevas platónicas para lanzar advertencias de que estábamos autodestruyéndonos, pero esas claraboyas se volvieron a cerrar más temprano de lo esperado. No, la gente no quiere oír de catástrofes autoprovocadas, sino de estados de ánimo correlativos a la comodidad moderna: los restaurantes, los bares, las terrazas, los cafés, todos esos lugares en donde se reúnen para evadir la realidad que va a destruir, de manera inevitable, el planeta, antes que una guerra nuclear cumpla su objetivo histórico.

Bienvenidos, pues, a la nueva normalidad que es la misma de antes.

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